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sábado, 14 de noviembre de 2015

Maldad absoluta




Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Es durante la infancia cuando los individuos solemos atemperar el egoísmo que nos adjudica la ley natural escuchando y haciendo caso a nuestros padres y educadores porque los respetamos y aceptamos su autoridad. En las sociedades en las que tanto los padres antes de serlo, y lo que es peor, los educadores, han dedicado toda su vida a cocerse los sesos en las marmitas del odio, no han de faltar psicópatas dispuestos al asesinato.

        La maldad tiene muchas categorías, pero la verdaderamente absoluta es la que practican los que odian por deporte y consideran sanísimo eliminar a “los otros”. Al malo absoluto suelen bautizarle canallas enloquecidos con sangre de otras razas y lágrimas de desconocidos. Su más destacada característica es la total ausencia de remordimiento tras ejecutar inocentes y debemos destacar como absolutamente satánicos aquellos que se extasían amontonando muertos a los que nunca habían visto en vida.

    Hace tiempo que en el mundo se ha declarado una epidemia -ya metástasis- de una lepra indeseable, pero entre los pensadores de Occidente, con abundancia de psicólogos, impera la teoría de que conviene rociar  las pústulas con perfumes solidarios y canciones pacifistas. La estupidez occidental es de tal magnitud que  los indeseables, aún siendo más fieras que humanos, no paran de reír y banquetear cada vez que los sabios de Europa buscan culpables de sus degollaciones:  Bush, Aznar, Cameron.

      Dicen que uno de los asesinos de ayer en París gritaba mientras mataba que la culpa era de Hollande y en la radio, de madrugada, un ceporro que dice que tiene estudios eximía de culpa a sirios, islamistas y los marginados de París. Dice el tío que “la culpa” es de América por no intervenir y de Hollande por intervenir en “la guerra de Siria”. Los terroristas, al parecer son inimputables. Me han entrado ganas de atizarle dos tortas, colgarle un crucifijo al cuello y enviarle una semana con los musulmanes de Nigeria.

      En Córdoba -donde ha de venir este rebaño repartidor de muerte- la señora alcaldesa por el partido socialista y el mozo que  de todos los asuntos municipales entiende y  manda a la comunista manera, Pedro García, están empeñados en ceder la mezquita a la fe de omeyas y bereberes. Pedro “el laico”, como se dice a sí mismo, incomoda cuanto puede a las cofradías de la ciudad e intenta impedir que las imágenes católicas visiten la Mezquita en Semana Santa. El Primer Teniente de Alcalde lo que de verdad desea y así lo manifiesta es oír la llamada del muecín al preceptivo rezo musulmán. No va a parar hasta conseguirlo. Don Pedro también sabe quien es el culpable de los 128 “tuées et plus de 250 blessées” que anoche en París cayeron en “una acte de guerre”, según titula Le Figaro que tengo abierto en el ordenador. Se lo ha contado Willy Toledo.