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martes, 24 de noviembre de 2015

Los bastones Hussein-Gala

Gala de Brazatortas y Morante de la Puebla sin bastones

Hughes
Abc


Si ayer era el perro detector de fachas de Manuel Vicent, hoy debo escribir de la columna de Antonio Gala. Creo que no debería hablar de los demás, no acostumbro a hacerlo, pero ocurre que es, en conjunto, en fondo y forma, fascinante.

Gala describe a Saddam Hussein como “un buen gobernante”. Esto yo no lo voy a discutir, ni siquiera es lo que más me importa. Se conocían, por lo visto, se abrazaron. Yo jamás me imaginé un vínculo así. Es como si ahora me dicen que Nacho Cano, el de Mecano, era amigo de Ceaucescu.

Pero por lo visto, a Saddam le gustaban los poemas de Antonio Gala. Esto es asombroso aunque… ¿puede extrañarnos?

Hay un punto de cursilería que es… dictatorial.

Cuando se dice: cursi no, lo siguiente… ¿Saben que es lo siguiente? Lo dictatorial.

He encontrado estas palabras del escritor no-andaluz sobre el asunto:

“Yo le llamaba Manolo, por su aspecto entre albañil y camionero, con esos ojos negros y ese bigotazo, que parecía de Chamberí. Y mientras leía los versos, él daba un grito: “¡Guahyá!”, yo asustado: Éste me gasea. Y la intérprete decía que eso era el equivalente de ¡Olé!: (que viene de Alá), y era como decir: “Dios te bendiga”. Que quería que yo repitiera los últimos versos para retenerlos”.

Lo de que olé venga de Alá es la primera vez que lo leo, pero también podría venir Allez, y entonces a ver si los yihadistas van a llevar razón.

Esto es muy de aquí. Hay gente para lo que todo viene de los árabes. Hay gente que a los visigodos no les hace ningún caso. Ni a los íberos, ni a los fenicios.

En un momento de su columna, Gala cuenta además que conserva los bastones de Saddam.

Los bastones de Saddam-Gala, o sea, la existencia de unos objetos que primero fueran del dictador Hussein y luego de Antonio Gala, me resulta irresistible.

Pagaría por esos bastones en una subasta lo que no tengo.

Los bastones fueron primeramente varas de Saddam con las que bien podía haber arreado un bastonazo a cualquiera. Pero luego, por si fuera poco, fueron los bastones de Antonio Gala, los bastones alrededor de los cuales correteó su perro Troilo.

Garrota de sátrapa primero, báculo de poeta después.

La morería iraquí sobria y funesta, y luego lo neomudéjar y afectadísimo de Gala, presente todo en esos bastones es algo que me maravilla y a la vez me espanta.

Yo me imagino que con esos bastones me torturan al estilo de Saddam. Que esos bastones fueran blandidos por manos torturadoras. ¡Morir a bastonazos Hussein-Gala! Mitad de Saddam, mitad de Antonio Gala. La brutalidad del general y la cursilería del poeta, una detrás de otra. Zas, zas, sin parar. O sea, imaginar un régimen iraquí-andalusí, un gobierno en el que se intersectaran las visiones del mundo de Saddam y de Gala, y que aplicara una justicia de bastonazos.

Morir a bastonazos, como antiguamente, recibirlos como un Valle Inclán, por un quítame allá esas pajas, pero bastonazos de esos bastones, no de otros, directamente de esos bastones. Ser torturado, sacrificado, molido a golpes por los bastones de Saddam-Gala. 

La guerra saca lo peor de nosotros. Las peores imaginaciones.