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martes, 17 de noviembre de 2015

El carnero



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

También en el terrorismo hay clases: la Internacional Cursi no gastó con la matanza de Madrid ni un solo confeti de frases-fetiche de las derramadas con la matanza de París. A cambio, nuestro mejor filósofo retrató como nadie a la sociedad que cultiva aquel “internacionalismo”: se llama George Santayana (apellido que viene de la corrupción fonética de Santillana, antes Santa Juliana) y lo hizo en “La vida de la razón”. Es la fábula del carnero castrado.

Un salvaje con hambre y frío baja del bosque a la pradera donde pasta un rebaño de ovejas y mata a un cordero y se viste con su piel. Esto no es una acción emprendida en interés de las ovejas, aunque a la larga conduzca a su beneficio. El salvaje, de nuevo con hambre y frío, ataca por segunda vez al rebaño, y así hasta acostumbrarse, lo mismo que su complacida familia, a mejores ropas y alimentos. Pero una manada de lobos ataca un día a las infelices ovejas. ¿No las defiende entonces su primitivo enemigo? ¿No se identifica con sus intereses al punto que su total extinción o su padecimiento lo alarman también a él? Y en la medida en que procura su bienestar, ¿no se ha convertido en un buen pastor? Y si algún carnero castrado, que ama a su especie, razona junto con sus compañeros sobre el cambio de su condición, se estremece al recordar aquellos primeros episodios, y la contribución de ovejas y vellones que exige el nuevo gobierno. Pero le parece insignificante en comparación con lo exigido por lobos, enfermedades, heladas y asaltantes casuales. Y brota en él la admiración por la sabiduría y belleza del pastor, y hasta recuerda con agrado alguna caricia ocasional que le prodiga. No está lejos de sostener no sólo el origen racional, sino el derecho divino del pastor. Un enemigo salvaje de esta índole, convertido incidentalmente en útil amo, recibe el nombre de “Conquistador” o “Rey”.

Quizá el universo –dijo Santayana una vez– no sea más que un equilibrio de imbecilidades.