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martes, 10 de noviembre de 2015

Fe de errores sobre René Girard. De conflictos sangrientos y sacrificios rituales



Jean Palette-Cazajus

Malas son siempre las prisas. René Girard no se merecía que despachase mi esquela homenaje a galope sostenido.

Al revés de lo que se me escapó descerebradamente, los «conflictos sangrientos» son evidentemente anteriores a los «sacrificios rituales». Si no, hablaríamos del mundo al revés.

El libro del Génesis, seguramente poco anterior al siglo V AC, resume en el episodio de Abel y Caín decenas de miles de años de vida social. Caín desagrada a Yahvé, primero porque no realiza el sacrificio, después porque mata a Abel.

Si Yahvé preserva de la muerte a Caín es porque lo destina a fundar la primera ciudad. La que deberá regirse por la Ley, por los mandamientos/prohibiciones y por la institucionalización del sacrificio de Abel. El sacrificio conjurará el crimen.

Yahvé y Girard coincidían: el crimen es fundacional. Es anterior a la sociedad y contribuye a fundarla. El sacrificio aparece cuando el Hombre -y Yahvé mediante el Hombre- empieza a vislumbrar la solución.

Los grupos humanos primigenios se quedaban anonadados, aplacados y apaciguados frente a la sangre de las primeras víctimas emisarias. De ese modo fueron intuyendo el poder preventivo y profiláctico del sacrificio, expiatorio o propiciatorio, contra la violencia de las «crisis miméticas».

Así, en la Atenas arcaica, «pharmakos» era palabra que designaba aquél «al que se inmola para expiar las culpas de otro». Literalmente. La polis antigua mantenía en sus ergástulas un hato de infelices dispuestos para servir de «pharmakos» en caso de desgracia colectiva.

Al principio se los mataba, más tarde se les fue expulsando fuera de las murallas. Pero la sangre es la identidad del sacrificio, su memoria y su enseñanza. La víctima -ya animal- tiene que sangrar si quiere vacunarnos. El atún era el único pez sacrificado en los altares griegos. Porque sangra.

Tradicionalmente no hubo sacrificio sin deidad mediadora. Porque la religiosidad siempre es violencia y solución de la violencia. El neutro de «pharmakos» es «pharmakón», remedio y veneno a un tiempo entendían los griegos.

El sacrificio a la mediación divina es el «pharmakón» que atestigua la dependencia tradicional del Hombre.

En cambio, el Sacrificio Taurino no es solamente una supervivencia sobrecogedora del sacrificio tradicional. Es, sobre todo, la máxima oblación a la lucidez humana. Es el sacrificio del Hombre autónomo, sin mediación ni andaderas.

El Hombre libre es el que asume su precariedad y la del mundo. Por eso el torero es a la vez el sacrificador y el sacrificado potencial. Por eso el toro no es tanto el objeto del sacrificio como su peligroso agente.