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sábado, 31 de agosto de 2019

Septiembre

Mural de Hidalgo de Caviedes en La Ballena Alegre


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    A toque de septiembre, que decía Ruano, volvemos (“de la tierra de nadie que es agosto”) a septiembre, que es el hogar, aunque de lo que sea el hogar sabemos cada vez menos.

    –Te llamaré Agosto, llama que así me quema.

    Habrá que hacerlo todo, suspiraba en el periódico el escritor, que era un “vagancio”; poner en pie “esta alma que dormía en agosto”. Septiembre se nos viene con cara de Greta Thunberg, ese pastiche nórdico que no nublará en la Onu el pastiche español de Vela Zanetti, en cuyo pueblo, Milagros, comen cordero de Burgos los camioneros de Francia.
    
Víctor de la Serna, magnífico escritor falangista (hijo de Concha Espina), dio cuenta en “El Diario Vasco” del primer pastiche nórdico que se hizo en España y que luego fue abundantemente imitado: estaba en “La Ballena Alegre” y era una fina decoración de Hidalgo de Caviedes (tertuliano de Pombo) en los muros, “escenas de marineros pescadores de bacalao en Groenlandia”, detalle, por cierto, que se les ha escapado a los cronistas de lo cotidiano a la hora de apuntar en el haber del fascismo la idea trumpiana de comprar la isla dinamarquesa. Trump-Groenlandia-La Ballena Alegre
    
Reclutador septiembre, al tambor de tu lluvia, al clarín de tus vientos, me alistaré en el Tercio de tus milanesados –insiste el escritor que como un soldado vuelve la primera mañana… a toque de septiembre. A sabiendas de que nos espera una vida distinta, que es la vida, medio vida, de siempre.
    
Tres meses de ella le quedaban: por eso dice “¡Adiós atardeceres, olor a pino, a mano, a ‘¡qué ilusión me haces!’ y a ‘¡cierra bien los ojos para que puedas verme!’”

    –Y así todos y todas.

    Lo que son las cosas: en el 65 ya se llevaba el consenso (lo pone en circulación intlectual Fernández de la Mora) y el lenguaje inclusivo a lo Perico Sánchez (lo usa, si bien con retranca lírica, Ruano).

    –Hay que entrar de repente en estas aguas frías de ganar la existencia para perder la vida.
    
Los psicólogos de la Seguridad Social lo llaman “Síndrome Postvacacional”.