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domingo, 18 de agosto de 2019

Cinismo y destino

ABC, 22 de Marzo de 2000

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Todas las mayorías absolutas buscan siempre la idolización de sus propios postulados, aunque en el mumdo contemporáneo existe un único postulado, que es el cinismo, con cínicos, eso sí, que son pura peana, cínifes que te zumban a los oídos, todo bulla y nada sustancia. El cinismo clásico significaba el escándalo del rechazo  —Diógenes contra la «globalización» del gran Alejandro—, pero el cinismo contemporáneo sólo significa la disponibilidad permanente del trepa. Y el caso es que, si los «hooligans» del felipismo enterraron a Montesquieu, los «hooligans» del aznarismo parecen  empeñados, no se sabe por qué, en enterrar la Revolución Francesa, siquiera en los términos  «derecha» e «izquierda», esas metáforas espaciales sin las cuales no hay lugar para hablar de polí-tica en el bar. Igual que aquellos librepensadores dieciochescos que, al llegar a la conclusión de que el librepensamiento conducía a la guillotina, se hicieron bienaventurados e inauguraron la era victoriana, nuestros cínicos, al haber concluido que la libre discusión conduce al paro, se vuelven magos para dejar de lado el uso de la razón y, en volandas, como el ex novio de Claudia Schiffer,  darse un garbeo por la era del limbo político, que es el centro, un término que gusta a la nueva clase media: al rechazar el misticismo, asume un aspecto laico; al rechazar el materialismo, condena las movidas como groserías plebeyas.

Lo dijo Giménez Caballero de la Argentinita, que bien podría ser hoy la idolización del postulado centrista: «En la Argentinita nuestra burguesía ve —cada voltereta alegre por el aire que da— como un trozo cancanesco y cañí de sí misma. Ve esta burguesía la danza de su gravedad terrible puesta en loco juego, sin desdoro alguno para esta gravedad. Porque quien la baila es una loca, pero virgen.» Y la Argentinita, azorada: «¡Por Dios! Si yo no tengo cultura...» «No importa. ¿Qué literatos prefiere  usted?» «No le contesto. Es peligroso referirse a vanidades...»  Sí, señor. Vanidades. Es dificil dar con un término más centrista para referirse a lo que los medios de comunicación llaman humanidades. Y que no se diga por decir, que este fin de semana, en un concurso de recaudación de fondos para el reino animal, los besugos de un programa de TV que alcanzó las cumbres de la sátira a base de mortificar a una ministra de Cultura que ignoraba la profesión de Santiago Segura hanhecho  suicida a Atahualpa, geógrafo a Tito Livio y sastre a Bayeu, pasando por alto la sabia recomendación de Groucho de mejor callarse y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.

Una vez más, sin embargo, se nos dirá que lo visible desea comerse a lo relevante, y que lo que se pone en trance de desaparición es la realidad. «Desaparece la realidad, y esto es lo que fascina a la  gente.» Bien, desaparecidos los términos «derecha» e «izquierda», porque «España es de Centro», ¿cómo conseguiría un guía madrileño describirle a un turista marciano las diferencias mentales entre la gente que oye misa en los Jesuítas, la gente que cena en La Ancha y la gente que juega al mus en  Casa Braulio? Por otro lado, uno no entierra la terminología de la Revolución Francesa como quien  entierra la sardina del Carnaval, salvo que, puestos a arrojar lastre, arrojemos por lastrón la lógica. Después de todo, si ya no hay que hablar de derecha ni de izquierda, ¿para qué vamos a hablar de partidos? Y si ya no hay que hablar de partidos, ¿para qué vamos a hablar de democracia liberal?  Al final, resulta que habríamos llegado a donde quería llevarnos un general que hablaba a lo Zaratustra: "Ahora se habla dedemocracia, pero nosotros ya la conocimos. Fueantes de la invasión francesa y de las Cortes de Cádiz. Y aquí no dio resultado. Cuando otros van hacia la democracia,  nosotros ya  estamos de vuelta. Pero estamos dispuestos a sentarnos en la meta para esperar a que regresen.» Delirio y destino, por decirlo como lo dijo María  Zambrano, para quien rara vez en un  pueblo, o en una cultura, coincidieron los que se expresan con los que mandan. «Los que mandan, mientras  lo hacen, ni se expresan, ni miran con simpatía que otros lo hagan por ellos.»

María Zambrano
Rara vez en un  pueblo, o en una cultura,
 coincidieron los que se expresan
 con los que mandan.
 «Los que mandan, mientras lo hacen,
 ni se expresan, ni miran con simpatía
 que otros lo hagan por ellos.»