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jueves, 22 de agosto de 2019

El factor Boris



Hughes
Abc

En una viñeta gráfica inglesa, el Brexit era visto esta semana como un naufragio. Pero no británico, sino europeo. La Unión Europea era un viejo barco que se acercaba a un maremoto y del que se alejaba en dirección contraria un bote con bandera británica. Remeros disciplinados huían en dirección al sol mientras el viejo bajel europeo se acercaba a lo desconocido rodeado de tiburones llamados «Corrección Política», enormes olas de inmigración y tornados de recesión, con unos burócratas bruselenses al timón y Merkel en el palo mayor pidiendo más inmigrantes.

Otra visión del Brexit (duro) menos divertida lo observa como un innegable riesgo múltiple para el Reino Unido: un perjuicio económico seguro, grietas internas en Irlanda del Norte y Escocia y un horizonte de debilidad institucional ante gigantes como China en Hong Kong.

Entre estas dos visiones está Boris Johnson, un interlocutor por fin a la altura de la «euroironía».

Siendo el Brexit inevitable, tendrá que perfilar la forma que adopta, pues lo que nació binario seguirá binario hasta el final: acuerdo (aún posible para todos ayer) o no acuerdo.

Y una de las pocas formas que tenemos de conocer a Johnson es observar lo que deslizó como reflejo propio en su libro sobre Churchill.

En «El Factor Churchill» se preguntó por el origen de su sobrenatural energía psíquica, una fuerza a la que en cierto modo aspira. Churchill, explicaba, era hijo de un tiempo victoriano en que los ingleses sabían que prolongar su Imperio exigiría esfuerzos colosales.

Al estudiar si era eurófilo o euroescéptico, Johnson no resuelve el misterio, pero deja claro que Churchill no consideraba a su país como uno más, como un país federable. «Su idea de Gran Bretaña trascendía Europa». Su visión era triple: una nación europea, el origen de un Imperio y un socio angloparlante. «El Imperio se fue hace mucho tiempo», reconoce Johnson, que rescata sin embargo para hoy el «promiscuo internacionalismo de ese enfoque». Las tres funciones que Churchill daba a lo británico: nación europea, Imperio y lengua, «siguen siendo una razonable forma de ver el lugar de Gran Bretaña hoy día».

De modo que esa huella de lo imperial aún haría posible exigir sacrificios.