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lunes, 4 de mayo de 2015

Félidos y cánidos




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Que “faltan cabezas”, era la eterna queja del Conde-Duque de Olivares ante su Señor, el buen rey (para las artes) Felipe IV.
Que “faltan rapsodas” (¡para tanta hazaña!), es la nueva queja de los vigilantes de la playa del madridismo de escaparate.

    Con las fichas que Florentino Pérez tiene puestas en la ruleta de Ancelotti era para que el Madrid jugara al pleno (qué menos que llevarle a estas alturas entre diez y quince puntos a Luis Enrique), y no a este ir tirando como podamos, a ver qué pasa, la esperanza es lo último que se pierde, con jugada de pobre, es decir, a caballos y vecinos, pendientes de que a Bravo o a Mathieu se les caigan un par de migas, que serían un par de puntos, o sea, la Liga.


    Jugar a caballos y vecinos es jugar con Sergio Ramos de centrocampista (“estilo impropio”, le decían a Mourinho), como jugaron el Madrid, por torpeza, en Sevilla y Mayweather, por vejez, en Las Vegas.

    –¿Dónde están los rapsodas?
    
Pues los rapsodas estaban en el boxeo, donde Mayweather y Pacquiao representarían lo que en el fútbol el Madrid y el Barcelona.

    El Barcelona es cánido, bueno, pobre, de una socialdemocracia ejemplar, con ese Messi que viene, como Pacquiao, de los cuentos de Dickens, hallazgo debido no al periodismo deportivo, perfectamente alejado de Dickens, sino a Terry Venables, el entrenador que trajo el humor inglés y un concepto de “pressing” a los banquillos de España.



    
Mientras Cristiano es un atleta, Messi es rápido, listo, pillo. Para mí es un personaje de Dickens. Es “Oliver Twist”. Un pequeñín inocente que llega a la estación Victoria y se lleva las carteras de todos los que se creen importantes sin llamar la atención y que tiene a un gran grupo de pícaros trabajando a su lado.
    
El Madrid, por el contrario, es félido, malo, rico, de una incorrección política que echa para atrás, con ese Cristiano que viene de un casting de galanes para el cine nacionalista del Indio Fernández.
    El negocio funciona así, pues el público necesita que las cosas estén claras. Malos y buenos. Cabras y ovejas. Como Madrid y Barça. Como Joselito y Belmonte. Como Frazier y Alí, como Tyson y Holyfield y como Mayweather y Pacquiao.



    –Me encanta el boxeo porque estoy habitado por un bárbaro –dice Alberto Salcedo Ramos, cronista de Kid Pambelé en “El oro y la oscuridad”.
    
El boxeo por TV cumple en nuestras madrugadas la misma función recreativa que en su Caribe, según él, cumplían las camorras: convertir en película de acción la vida de las esquinas (“no decíamos que habían peleado, sino que habían ‘alegrado la calle’”).



    La egolatría de Alí le parece a Salcedo Ramos “una puesta en escena del Quijote” (¡nada que ver con el cheque de Goytisolo!), que es lo mismo que al pintor chileno Roberto Matta le oí decir en casa de Bonifacio (madrileña calle de la Cabeza) de los cuadros de Bonifacio, tan barrocos que en ellos hablan a la vez, decía, todos los personajes del Quijote.

    La verdad es que, en la sociedad más idiota que ha logrado el hombre, conservo las malas costumbres del boxeo y los toros, si bien las malas costumbres, tiene dicho Cocteau, son una de las cosas que, sin reflexionar, la gente atribuye a los demás.



CUENTAS
    Como en el poema “If” de Kipling, “si” Casillas no hubiera desviado con la mirada el gol del empate del Sevilla, se habría terminado la Liga. “Si” Willy Caballero no hubiera salvado el empate con el Málaga en el Manzanares parando el tiro de Adrián (¡minuto 93!), Simeone no habría tenido que quemar al equipo para ganar la Liga en Barcelona, el Atlético habría viajado a Lisboa curado y descansado y Tiago Mendes habría podido defender el remate de Sergio Ramos (¡minuto 93!) que le dio la Décima al Madrid. “Con esa ‘parada’ de Casillas, el Madrid ha ganado la Liga en Nervión”. Son las cuentas de bruja Adelina que me echa un supersticioso sobre el mostrador de un colmado con la tiza de contar las cañas.