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lunes, 18 de mayo de 2015

La de Montecillo. Primera corrida de seis toros negros (bobos, pero negros)

LOS TOROS VISTOS POR EL QUE PAGA

California dreaming


José Ramón Márquez

En la subferia de los -illos y para dejar sentado que no hay dos sin tres -extraño refrán cuyo significado ignoro, pero que nos viene de perlas- , hoy asomaron por la puerta que guarda tan celosamente don Manuel Pérez Moreno los illos del Montecillo, acreditada firma ganadera afincada en Orgaz, donde el Conde, y propiedad de ese hombre hecho a sí mismo llamado don Francisco “Paco” Medina. Decir Montecillo es decir domecquillo, que en eso don Paco lo tiene claro, pues él es hombre de muleteos y, por ende, de fijamientos, de acometidas raudas, de ir a más y de lo de la alegría, ¡por Dios!, ¡que nunca falte la alegría! O sea, de todas esas gateras en que la gente se mete para no decir bobaliconería, estupidez supina o, simplemente, toros que no molesten. Lo que trajo don Paco es lo mismo de todos los días, vamos, pero con la salvedad de que hoy eran los seis de capa predominantemente negra, primera corrida de la feria con seis toros negros, tras diez días de toros.

La mayoría de los toros se taparon por las fundas, especialmente el anovillado cuarto, Espantador I, número 42; fueron tirando a mansos y, como tales, se enfrascaron muy poco en la cosa de los caballos. En realidad ¿para qué importa eso del caballo, dirán don Paco y su mayoral? Si lo que les toca a los Montecillo es lo de la fijeza, lo de ir a más y, sobre todo,  lo de la alegría... ¿cómo permitir que un tío malaje armado con una lanza subido a un penco forrado de kevlar les quite la alegría? ¿Quién puede ser tan desalmado de desear que les quiten la alegría a estos toros, que era verlos por la Plaza y te entraba una alegría contagiosa y unas ganas de reír sólo con verlos?

El culmen de la alegría llegó a las nueve de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, cuando las mulas de Equigarce 2010 S.L. arrastraban al sexto, que hubo algunos que se pusieron a batirle palmas; algunos aficionados, de los pocos que hoy había, se mesaban los cabellos pensando que aplaudían al bobalicón del toro (q.D.g), aunque yo creo que lo que de verdad había era la sincera manifestación del agrado de las gentes porque la corrida había durado dos horas exactamente y ya podían irse a sus casas o bien irse a tomar cañas a los habituales abrevaderos de las inmediaciones de la Monumental.

El cartel de hoy no había por dónde agarrarlo. Con esta facilidad que dio la Empresa de que se pudiesen dejar de adquirir las entradas de algunas corridas, ésta es una de las más abandonadas por el abonado común. Y claro, este cartel inútil, insulso y sin el más mínimo interés hizo que, salvo cuatro recalcitrantes, los tendidos, gradas y andanadas estuviesen llenos de un público ávido de conocer  qué es esto de los toros y el misterio que los rodea.

A las siete y doce minutos parecía que ya llevábamos en la Plaza dos horas y cuarto. En el lugar donde tiene su abono un grave aficionado de muchos lustros de toros hoy había aposentada una encantadora señorita:

-Disculpe ¿me podría decir por qué dan esas palmas como de protesta?

-Es que en el primer tercio hay que picar, y ese picador no ha picado...

O bien:

-Ahora que ya han toreado los tres, ¿ya se acaba esto?

-No. Ahora torean los tres a su segundo toro...

-Como les he visto levantarse a ustedes...

-Es que nosotros nos levantamos en el tercero a estirar las piernas. En los pueblos ahora es cuando sacan los bocadillos y las botas de vino... etcétera

Con público de ese jaez hasta el más lerdo puede darse cuenta de que la cosa estaba de perlas para el rollo orejero, que al final es lo que cuenta para no sé qué. El caso es que la tarde, teniendo todo a favor, no terminó en festival de orejas, en primer lugar porque los Montecillo, salvo lo de la risa que se dijo antes, anduvieron cicateando lo de prontos y lo de con fijeza y, esto es lo más importante, porque no demostraron el ansia perruna, de ese perro amaestrado en perseguir una pelota, en perseguir bobamente y sin pararse las muletas que se les presenten, base de la tauromaquia contemporánea que encandila a los públicos ansiosos de movimiento.

Quien diga que Juan Bautista, Alberto Aguilar o Joselito Adame hicieron algo distinto los unos de los otros, miente como un bellaco. Los tres pusieron sobre la arena de Las Ventas los mismos, idénticos, argumentos basados en citar de la forma más alevosa y descarada con el pico de la muleta, no cruzarse con el toro, no cargar -más bien descargar- la suerte, andar dando carreritas entre pase y pase y sacarse al toro bien lejos en la mayoría de los pases. Es verdad que además hubo unos banderazos, de esos que te duelen en el alma, perpetrados por Juan Bautista y unos telonazos como los de Cantinflas en Chinchón propinados por su paisano el hidrocálido. Y luego hubo unos rugidos de pública satisfacción en el sexto cada vez que Adame daba una trincherilla, saliese como saliese.

La amarga moneda de la incomprensión se la llevó Juan Bautista, en cuya faena a su segundo no escuchó ni un sólo “ole”, ni un solo “bieeeen”. Tristísimo trasteo el suyo puntuado por las mecánicas palmas de esos trescientos bondadosos seres que todo lo aplauden. Por contra, Sergio Aguilar agavilló ciertas simpatías populares a costa de su cogida y de la sensación de que su situación no es muy boyante, extremo éste siempre respetado en Madrid. No quiero ni imaginarme que dos de los toros que lleva Cuadri criando desde hace años le vayan a tocar a él, aunque lo mismo con ganado de más altura, se crece.

Y para acabar, el hidrocálido. Se trajo una buena representación de paisanos repartidos por toda la Plaza con la firme idea de sacarle en triunfo, cosa que no consiguieron totalmente al partirse una mano su primero y tener que cortar la faena casi en sus inicios. En su segundo, toro correveidile, perro de pelota, le dio un puñado de trapazos desde afuera sin aprovechar ni las condiciones bobas y trotonas del perritoro, le cantaron las trincherillas como oro molido y le jalearon como si estuviese dando una lección de tauromaquia cuando lo único que trajo a Madrid fue ventaja, destoreo y halago de las bajas pasiones del público menos exigente. Mató a recibir a la suerte natural en el tercio del 9 y dejó una buena estocada, que es -junto a un vistoso quite por zapopinas- lo único realmente reseñable de su actuación en esta prescindible y ya olvidada tarde.

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