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viernes, 15 de mayo de 2015

La de Salvador Domecq. Jiménez Fortes en el espectáculo más subversivo que existe

LOS TOROS VISTOS POR EL QUE PAGA

La toalla

El capote


José Ramón Márquez

Ayer se corrieron las voces en la Plaza de que el mejicano, Silveti, no venía a la corrida y que su sustitución la cogía Eugenio de Mora. Luego, al llegar a Las Ventas, de eso nada, que ahí están los tres que se habían anunciado, por lo que automáticamente se esfuma la posibilidad de devolver los puñados de entradas que llevamos en los bolsillos. Antes de entrar en la Plaza contemplamos los compungidos rostros de los de los cajones del 20%, que se las prometían tan felices y que también se han quedado sin el “mete”.

Para no salirnos de la costumbre, hoy la empresa había programado una corrida de toros de Domecq (“de Domecq ni la hija”, le oí decir a uno en El Puerto de Santa María). En este caso, los toros eran de don Salvador Domecq, juampedritis procedente de El Torero, que según el programa oficial hoy tomaba antigüedad, aunque luego explicaban que la última vez que esta ganadería estuvo en Las Ventas fue en mayo de 2010. Trampas que nos ponen, divertimentos en los que se ve la inteligente mano de Abeya, pensados para entretenernos presuponiendo que el juego del ganado va a llevarnos al tedio profundo, tan consustancial al ganado domecqticado. En realidad, por si a alguien le pudiese importar, los salvadordomecq tomaron antigüedad en julio de 2008, en corrida nocturna.

Ya es sabido que la Empresa, imbuida de pura vocación docente, pone una explicación en el programa oficial, bajo el epígrafe de El Encaste, donde en vez de explicar el descaste y la mansedumbre de este ganado, coloca una especie de fábula llena de buenas intenciones donde explican, a quien quiera creerlos, que este ganado suele ir a más y que se arranca pronto y con alegría y fijeza. Allá ellos, que la mentira tiene las patas muy cortas y nada más salir el primero ya se ve que todo eso que ponen es más falso que un billete de 50 de los que te dan en un “Compro Oro” Pero... ¡alto!... el primero lleva divisa azul y roja... ¿Un Victorino que se coló? No. La vieja divisa y la ge del hierro de Hermanos Guardiola Domínguez están ahora puestos en un Fidel San Román que han tenido que meter por delante, que ha habido que parchear la corrida domequera con este Marqués, número 37, propiedad de las Edificaciones Tifán S.L., los mismos constructores del día de ayer, y de sangre Villamarta, según la Unión; toro de trote cochinero, suelto, distraído y saltarín. Y después, ahora sí, los cinco salvadores, divisa negra, verde y blanca, para poner de manifiesto que ni a más, ni prontos, ni alegría, ni fijeza. De todos ellos llamaron la atención del respetable las trazas que mostró Alondro, número 62, en el caballo, pues su forma de empujar en el peto evocaba perfectamente la manera en que caminan los gusanos.

Con estas cinco prendas más una, se anunciaron Uceda Leal, Diego Silveti y Jiménez Fortes.

Uceda Leal está como para irse. Está cerca ya de los cuarenta años y ni por asomo se ve que tenga la más minima intención de hacer otra cosa que pasar la gorra. Falta de motivación, susto, o autodefensa parece que son los mimbres sobre los que se asienta el actual Uceda. Le cuesta una barbaridad confiarse, tal y como se le ha visto en sus últimas actuaciones, y prefiere no arriesgar un alamar por lo que pueda pasar. Cierto que el aire ha molestado lo suyo, pero el hecho de que un estoqueador tan firme como él haya recibido silbos por su labor con el arma toricida explica elocuentemente el momento tan delicado por el que atraviesa el madrileño.

Diego Silveti puede que no estuviese suficientemente recuperado de su percance de Aguascalientes. En ese caso no debería haber venido a Las Ventas. Su labor, en la que no se vio qué planteamiento podía traer en la cabeza frente a sus dos oponentes, fue de tipo desconfiado sin encontrar brillo por parte alguna.

Y Jiménez Fortes puso sobre la arena venteña sus dos señas de identidad: su valor y lo que le cogen los toros. En su primero montó una insulsa faena en la que prácticamente nadie reparaba y en la que, por resaltar algo, diremos que la planteó en el tercio, con el viento molesto, y en la que tiró de valor para quedarse quieto. Muchos pases y casi ninguno bueno fue la tónica dominante en su labor presidida, como se dijo, por el valor. La inteligencia de liarse a bernardinas al final de la faena llevó al paroxismo al amable público y cuando metió todo el estoque dentro del toro, rápidamente se pidió para el matador el apéndice auricular. En su segundo salió disparado a por la segunda oreja, porque pensaría que era difícil encontrar una tarde tan favorable como ésta. En los inicios de la faena, en un pase natural en que el toro viene rápido y sin torear, quedando el torero descubierto, el toro hace por él y le arrolla, propinándole un fuerte trompazo y luego, en el suelo, una fuerte y fea cornada. Retirado de la Plaza el torero, Uceda se hace cargo de mandar a criar malvas al toro sin más convicción o entrega que la que demostró en los dos de su lote.

Tarde con más pena que gloria, sin toros ni toreo, de la que lo que quedará para los anales es el fuerte tabaco de Jiménez Fortes, percance que sin duda servirá para alimentar ese lirismo desaforado que tanto encandila las hispanas plumas.

En los toros, aunque sean de juampedritis, el riesgo está siempre presente. Es algo consustancial a la propia Fiesta y es lo que la hace grande. El día de la malhadada cogida de David Mora escribimos: “La muerte, la herida, el dolor, el peligro son consustanciales al toreo, son lo que hace de la Fiesta un espectáculo único en nuestros días. Ante la anestesia social que representan los espectáculos de masas (el balompié en primer lugar), la ocultación de la muerte (tanatorios al borde de las autopistas), la vida vivida en forma vicaria (la novela, el cine), la idiota percepción de estar viviendo permanentemente momentos históricos o la ilusión de la presencia (la TV), sólo la tauromaquia pone al hombre contemporáneo frente a la verdad eterna de la muerte. Es, en ese sentido, el espectáculo más subversivo que existe.” Vale.





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Lo que quedó de Jiménez Fortes