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jueves, 21 de mayo de 2015

La de la Prensa. Los toros, como los medios: descaste, blandura y bobaliconería

El predicador de Deadwood

José Ramón Márquez

Corrida de la Prensa, o más bien Tradicional Corrida de la Prensa, metida entre medias de San Isidro a ver si así, y ni por ésas. ¿Quién habrá organizado la corrida de la Prensa por parte de la Prensa? ¿Los revistosos? ¿Sus directores? ¿Los becarios antitaurinos y Disney, que pueblan las redacciones?  ¿Los de las escuelas de negocios que se enseñorean de la vieja prensa? Tratándose de la propia Prensa no es extraño que las cosas se muevan en un magma de opacidad y yo creo que ni con la ayuda de los de PR Noticias sepamos nunca quién organizó la corrida de marras. Y mira que lo tenían fácil. Existiendo ese selecto número de periodistas de alta gama aglutinados bajo el denominador común de la tertulia, teniendo ahí al lado las preclaras mentes de los Tertulianos, que saltan de la más intrincada explicación de arcanos macroeconómicos a la geología o la tectónica de placas, del profundo análisis de las encuestas más dispares a la explicación de los más íntimos pensamientos políticos del presidente del Gobierno o de su ovejina terrera o dan las claves para la comprensión de la secuenciación del ADN, uno no se explica por qué razón no han recurrido a su omnisciente sabiduría para diseñar esta corrida en la que va implícito el prestigio de la Prensa.

No cabe duda, pues, de que la óptima elección habría sido la de nombrar un equipo de Tertulianos, consensuados con los partidos políticos como suelen, que se dedicasen a poner “negro sobre blanco” en su expresión común los merecimientos de tal o cual ganadería, o de tal o cual espada, sabiendo que en su conocimiento del toro desde las castas fundacionales, los Jijones de Villarrubia, los Navarros, los castellanos del Raso, los frailunos de Jerez, así como de la historia del toreo en su integridad, desde el hombre de la cueva de Vilars hasta el Curri de Camas pasando por Jerónimo José Cándido o Vicente Hong se encontrarían los más fecundos argumentos como para seleccionar los toros y los toreros más acordes a la celebración de la fiesta en honor a ese faro de la libertad que es la Prensa, desinteresada institución, garante de todo lo garantizable.

Como no llamaron a la Tertulianería Andante, mucho me temo que dejaron en manos de los Choperón father & Son et alt. la confección del cartel y ellos, mercaderes de productos averiados, colocaron a la inerme Prensa una corrida de saldo que tuvo el efecto de provocar la huida masiva de los abonados de la Plaza, sano ejercicio que hizo posible que los tendidos, las gradas y las andanadas se poblasen de un público festivo y de un delicioso ambiente pueblerino; en cierto modo, diríamos, la Plaza se llenó del público que adquiere el periódico porque dan unos cupones con los que se puede llegar a obtener una plancha o unas modernas gafas de sol rellenando una cartilla.

Los que eligieron la corrida decidieron que, por la hora, lo mejor era poner en el papel de toro a los Jandilla que riman con merendilla, y hasta en eso se les torció la cosa, porque a los anunciados hubo que remendarlos con dos de Vegahermosa, que son lo mismo de Jandilla y de merendilla que los otros, con la salvedad de que estos van herrados a fuego en el anca con la letra T de tonto, para que en lo referente a ellos no haya duda de ningún tipo. Bueno, pues los de la te y los del viejo y profanado hierro de la estrella, el que llevaron los puros saltillos de las señoritas doña Enriqueta y doña Serafina Moreno de la Cova, tuvieron el honor de ostentar la representación del ganado de lidia en la tarde de la Prensa. La representación del toreo estuvo a cargo de los matadores Miguel Abellán, David Fandila “El Fandi” y Manuel Escribano.

Al salir al ruedo el primero ya nos cantó el cariz que tomaba la tarde que, como quien mira el periódico de ayer, nos ofreció las tres gracias del juampedrismo -y estos lo son en grado sumo-: el descaste, la blandura y la bobaliconería. El memo de Entusiasta, número 14, nos recordó al viejo YA en su época terminal y sólo hubiese faltado ver en el ruedo de peones de brega a Guillermo Medina (azul marino y plata), Fernando Ónega (grana y plata) y Ramón Pi (turquesa y azabache) acompañando a Abellán para que la cosa hubiese sido histórica. Lo mismo que aquel viejo diario de la Asociación Católica de Propagandistas perdió el favor de los públicos, así Abellán consiguió que hasta los más acríticos de entre los que se sentaban esta tarde en Las Ventas no hiciesen ni caso a su labor marcada de manera fatal por el ventajismo más ruin, el retorcimiento más doloroso y la vulgaridad más atronadora.

El segundo, un castañito que daba asco verle, atendía por Guiñador, número 25. El bicho no tenía precio como mascota. En cuanto a fuerzas digamos que tenía las justas como para pestañear y para sacar la lengua. Lo demás ya era todo un mundo para él. A este no se le puede decir bajo ningún concepto que proviniese de la Prensa del Movimiento, porque el bicho estaba más interesado en la quietud, que es lo que demandaba su palmaria falta de fuelle. Uno se imagina que con un bicho de tales características el torero debería hallarse en el ruedo bien a gusto, sin sobresaltos, sin grandes exclusivas diríamos, como quien lee esa deliciosa prensa de provincias de esquelas con fotografía, el Diario Montañés, por ejemplo. Fandila lo mandó a la sección de necrológicas de una buena estocada.

El tercero, en un registro similar a los anteriores, Feriante, número 98, era uno de aquellos diarios gratuitos, el extinto Metro, ese diario que te ofrecen y que nunca coges, diario de envolver bocadillos en el que nada es interesante. Feriante colocó sus embestiditas de agencia y sus pies de foto de hasta aquí hemos llegado frente a Escribano, que volvió a mostrar su cara más anodina. Escribano (y mañana veremos qué pasa con Urdiales, ese riojano tranquilo al que de pronto le han salido un montón de novios en la Prensa) necesita toro y con estas cuatro hojas que reparten en las esquinas en las que hasta los anuncios parecen de pega, no va a parte alguna ni convence a nadie. En lo de las banderillas digamos que si no confía en sus fuerzas o en su conocimiento, que no las ponga, pero eso de poner a un peón apostado tras la barrera con el capote preparado, como Walter Cronkite cuando se metía entre los cañaverales de Viet-Nam, no es de recibo.

El cuarto si a algo se parecía era al Diario Global en Español, El País. Gestor llevaba el número 76, que es el año de la fundación del diario cuando era Diario Independiente de la Mañana, y lo mismo que ese diario ha ido convenciendo a lo largo de los años a tantos compatriotas de tantas cosas, Gestor llegó a convencer a algunos de que era un buen toro, sólo porque se movió de acá para allá y no trastabilló. Como toro, como bos taurus, era otra birria, como quien dice un texto de Elvira Lindo, pero a los que creen que el toreo consiste en un boyancón yendo y viniendo, como a los que creen que puede ser el adalid de la democracia el jefe de informativos de TVE con Franco, les encantaría la denodada entrega del animalito a la persecución del trapo que le presentaba Abellán de manera similar a la que se describió más arriba.

En quinto lugar y para su muerte a estoque por Fandila salió Ojeador, número 94. Ojeador era como uno de esos columnistas que se mantienen en los periódicos por amistad al editor o porque su despido es extremadamente caro. O de esos a los que contratan como si fuesen Camba y luego son profesionales de pasar la mano por el lomo, que lo mismo le pintan la casa al editor, que componen un himno, que son capaces de decir una cosa y su contraria si conviene. En ese registro Ojeador engañó a Fandila, haciéndole pensar que tenía una exclusiva de campanillas, brindó al público el torero relamiéndose de la entrevista que le iba a hacer a Ojeador y el bicho se le paró, se cerró en banda y no le pudo sacar ni medio titular, tan sólo una montera tirada en la arena y boca abajo, con la suerte que dicen que eso trae.

Y en sexto lugar apareció, como si dijésemos, lo que alguien con pleno acierto definió como una “llama andina”. Un mostrenco y destartalado cinqueño jabonero que atendía por Abate, número 74, feo de cuerpo, de cuerna y de alma, viva añoranza en Madrid del altiplano. Con este toro, Escribano se dedicó a la autocita, a ver cómo se justificaba, y es verdad que estuvo menos vulgar que en su primero, aunque no fuese capaz de medio ponerse donde se torea. Faena de aliño, como cuando Ansón glosa a una de esas artistas del Teatro, que en algún breve momento parece que apuntó a lo bueno en un conjunto que no llega al aprobado. 

Los de la Asociación de la Prensa lo tienen a huevo: cuentan con el talento enciclopédico de los Tertulianos. No dejen pasar la ocasión de usarlos para que ellos compongan la mejor corrida de toros y toreros que verán los siglos. Sólo ellos pueden hacerlo.