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martes, 21 de agosto de 2012

El culto al diosecillo filtrador

Jesulín, cuya erótica remeda Assange, el día que toreó sólo para mujeres
Aranjuez, 1994
  
Esa legión de fans y groupies que adoran a Assange, según dicen, por "dar a conocer la verdad", le protege de la acusación de delitos sexuales por la que quiere interrogarle la justicia sueca


Cristina Losada
Libertad Digital

El fenómeno Assange, como indicio del tipo de delirios más o menos colectivos y dudosamente polí­ticos que despierta nuestro tiempo, resulta de mayor interés que el personaje del hacker australiano, y a mí­, en concreto, me intriga más el secreto de su éxito como celebridad que los secretos que ha filtrado. Bill Keller, que era director del New York Times cuando publicó los documentos, escribió que en el curso de una presentación en Berkeley, en la que Assange se hizo presente en una pantalla gigante –como el gran Mago de Oz–, tuvo la impresión de que la mitad del público parecí­a a punto de tirar su ropa interior a la pantalla, el ritual erótico que se reserva para los rockeros. Keller, desde luego, no cayó fascinado, pero hay que ver cuántos, incluidos periodistas, catedráticos, intelectuales, se han rendido a sus encantos misteriosos y le lanzan sus paños menores en forma de admiración y agradecimiento infinitos.

Esa legión de fans y groupies que adoran a Assange, según dicen, por "dar a conocer la verdad", esto es, que en las guerras se cometen crímenes, algo que nadie sospechaba, le protege de la acusación de delitos sexuales por la que quiere interrogarle la justicia sueca. Así que tenemos a un presunto violador convertido en un héroe, y en un héroe de la libertad de expresión, cosas veredes, al que se persigue no por abusar de Anna Ardin y Sofí­a Wilem, sino por revelar secretos oficiales, que también, por cierto, es un delito. Sus incondicionales, así mismo, han difundido la especie de que Ardin, una mujer vinculada a la socialdemocracia sueca, es agente de la CIA y que todo es un sucio truco para trasladarle a Suecia y de ahí a los Estados Unidos, donde aseguran que le darían finiquito. "¡No hay garantí­as!", proclaman. Resulta que no hay garantí­as en Estados de Derecho como Suecia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Bien. Pasen al estrado los protectores del personaje: el Ecuador de Correa, la Venezuela de Chávez, la Rusia de Putin. Y llévenselos, que da vergüenza.

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