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martes, 21 de agosto de 2012

Sánchez Gordillo

Hughes
 
Con su alegre combinación de palestina y cuadros, Sánchez Gordillo parece un modelo contrahecho de Missoni. Él es el auténtico descamisao y en su pecho entreabierto Emilia Landaluce ha querido ver (y la verdad, hace falta quererlo ver) “un eucalipto de cuerpo nudoso”. Aunque a veces parece el Risitas de Jesús Quintero, en otras evoca el campesino juanramoniano, seco y escueto, que andaba mudo en el expediente de las peonadas. Esa autenticidad de tipo dota a sus palabras, en labios de otros pura demagogia descacharrada, de cierta vibración y libera a la izquierda de su portavocía de niños pera. A Jaén fue a verlo Willy Toledo, por ejemplo, pero fue sin barba, pues ya no cabía otra barba que la barba decimonónica, tolstoiana y crespa de Sánchez Gordillo. Aunque tiene el talento performativo de un pussy riot español, en sus palabras de maestro de escuela suena el eco de un pedagogismo pedestre y antiguo y el sonido de la cuerda lírica del pobre que, abandonado por la oficialidad al malthusianismo velado del ajuste, conmueve mucho al español. Sánchez Gordillo tiene la obsesión social de los mil doscientos euros, de encontrar el dinero paradisíaco (nuevo oro de Moscú) y repartirlo. Los tertulianos le hablan con paternalismo, como si viniera de las Hurdes y en la liga que empieza la duda está en si acabará en el palco del Bernabéu, que lo acaba sistematizando todo.