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miércoles, 29 de agosto de 2012

El bigote, el baile, la alegría

La mirada del perro totémico del Molín de Mingo

Hughes

(A Salmonetes, donde las negritas son pájaros y braman los toros su propia decadencia, con amistad)


En la ida de la supercopa Mourinho y Tito se saludaron, pero fue el ratito que Mou echó con el observer, el señor del bigote, lo que cambió las cosas, porque si el dedo en el ojo con señor mirando era imagen, sello, Mou con el observer era como ver al del fondo de las Meninas del brazo de una de ellas. Desestructurado el cuadro, todos eran libres. Esa es la genialidad de Mou, aunque quizás pulsaba lo nietzscheano del bigotudo observador, que ya dijo Eduardo Mendoza hace unos días que el bigote es una cosa muy seria y muy nietzscheana, abominando del bigote rampante daliniano. ¿El bigote prusiano nuevamente en boga, mostachudo y erecto, no sería la cuadratura del círculo? ¡Qué pesadumbre de doble ceño ese bigote filosófico! Al final,  la seriedad programática del bigote aznarí o de la gauche diví nos deja solos ante la finura alabeada del bigote epicúreo que solo dibuja la línea de los labios. El hombre de bigote fino es siempre sospechoso y no se entiende el capricho que puede haber en un bigote de estambre, su libertad de gato y el éxtasis zumbado de mosca y sol. Como unos buscan a Nietzsche en Mourinho, otros lo han visto en bailarines y si Camba decía que el español es el que quedaba parado ante la farola,  Gene Kelly, que ahora sería centenario, muslo grácil, la agarraba eufórico y dionisíaco saliendo de su límite ciudadano. Si lo nietzscheano en Gene Kelly encierra cierto vandalismo  -la música, dueña de la alegría y la alegría una libertad incesante- y parece mourinhista ¿qué pensará Tito Vilanova, párpado herido de pierrot, que imaginado en mallas parece un Barishnikov desangelado?