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jueves, 23 de agosto de 2012

El amor inverosímil

 Hughes

Cuando Ferlosio dijo que el desplante taurino era el alma-hecha-gesto de la españolez no había reparado en el gesto de quedarse de una pieza, con cara de ecce homo restaurado, que es como nos hemos quedado al enterarnos por Lecturas de que Bar Rafaeli nos engaña con Alves, el carrilero que pasa a ser ya el Frank Sinatra de los carrileros. Alves era la callosidad, el espolón del tiquitaca, pero con su barba de yihadista y sus orejas recompuestas de soplillo herido de favela ha enamorado a la retop,  el más-allá-genético, flor de kibbutz, de la inolvidable Valeria Mazza. Pena que Curiosity se haya desperdiciado en Marte en lugar de aprovecharse en sondear los misterios del romance. A Bar el único defecto que le encuentra uno es el nombre, pues cuando Alves la llame parecerá que está llamando a Burt Reynolds, aunque claro, con ese cuerpo como si la muchacha se llama Baldomero. Bar ha pasado de Di Caprio a Dani Alves y eso es como meter nuestro romanticismo en el CERN, como si nuestro romanticismo lo hubieran ocupado también Sánchez Gordillo y su panda, que son ya los Ángeles del Infierno del verano, por mucho que su barba pacifista blanquee apuntando a Rabindranath Tagore de españolada (¡Sánchez Gordillo, pope de secta de amor libre piscinero!). Hoy se juega la Supercopa y a Alves deberían hacerle el pasillo porque nos ha degradado el Ideal. Por algo Mou ha vuelto al traje. Decaídas las tops, sólo él, con su elegancia gris, puede mantener el misterio.