Follow by Email

domingo, 25 de julio de 2010

El Cid y algunas cosas manchegas



José Ramón Márquez

Si el pobre de Don Jacinto Trespalacios levantase la cabeza y viese su hierro en las ancas de estos toreznillos de La Gloria volvería de inmediato a su panteón a rememorar al toro Viajero, aquel que truncó la carrera del Papa Negro. Y si Don José Jijón, de Villarrubia de los Ojos, que también tuvo sus tratos con Trespalacios, viese que en la inauguración de la Plaza de Toros de su pueblo, en los albores del siglo XXI, se lidiaban los toritillos de La Gloria que se vieron ayer tarde, pues apaga y vámonos.

El caso es que, en ausencia de toros de verdad, en un pueblo cuya única fama en el mundo se debe a que en su término municipal se originó una de las castas fundacionales del toro bravo, la casta jijona de toros colorados y grandes, de encornaduras espectaculares, de sentido y difíciles, ya podían haber elegido otra ganadería que hiciese un poco más de honor al pasado, suponiendo que el fanegas que hacía de asesor -que parecía un experto en asuntos relacionados con los buffets libres- supiese algo de todo aquello.

Claro que no se pueden pedir peras al olmo, que si en Bilbao para homenajear el centenario de Cocherito eligen toros de Juampedro, creo que eran, en vez de los de Urcola, que era amigo y padrino de boda del torero, es que la memoria histórica ésa sólo se ejerce selectivamente, cuando conviene, como se viene demostrando.

Bueno, pues nos fuimos a Villarrubia a ver a El Cid que, como es natural, no defraudó. Dos sensacionales faenas en el estilo clásico que nos enloquece, con series extraordinarias con la izquierda ganando terreno al toro (?), con gran hondura, con esa magistral muñeca que Dios le ha dado, dejando al toro perfectamente colocado para ligar los muletazos, sin una sola rectificación del terreno por su parte, con verticalidad, temple y mando. El inicio de la faena a su segundo fue perfecto. Da distancia al toro desde los medios, le hace galopar, le recoge y le deja a la media distancia, se gira, presenta la muleta, cita y el toro se le viene, se ciñe con él y le vuelve a dejar en el sitio preciso, perfectamente colocados ambos; cita y le lleva en un redondo larguísimo que remata con uno por alto extraordinario. Sólo ese planteamiento de toreo y esa perfección de ejecución valían el viaje al pueblo de los antiguos jijones. Al primero lo tumbó de una estocada caída y al segundo de una arriba después de dos pinchazos en la suerte natural, que parece que le va cogiendo el sitio a la espada.

Perera es hoy por hoy un torero que me aburre, y yo creo que al público también. No sé si es por frialdad o porque no tiene nada que decir. Se le ve que se sabe la teórica del neotoreo, pero la aplica sin pasión, sin esa inexplicable cosa que hace que algunas gentes enloquezcan con July, cuyo planteamiento no está nada de lejos del planteamiento de Perera, pero no llega al tendido. ¿Y si intentase ponerse como un torero de verdad? A lo mejor si lo probaba, le salía. ¿Por qué seguir por este camino tan tedioso y falto de interés?

Talavante creo que no tiene ni un maldito gramo de personalidad. Como un camaleón que si se pone en una ramita toma el color de la ramita, y si es una hoja, pues de la hoja. En su primero, debió quedarse alucinado con El Cid y recetó al torillo una serie de naturales perfecta de colocación y de temple, toreando hacia adelante, con un gran empaque. Muy buena. Creo que es lo mejor que nunca he visto a Talavante. Luego se acomodó y siguió por naturales al hilo para terminar totalmente por fuera, al uso. En su segundo, faena contemporánea, de esas que los revistosos llaman ‘muy técnica’, haciendo valer el temple como clave de la misma y toreando bastante despegado. Si fuésemos de esos, podríamos decir que ‘Talavante estuvo importante’, y con eso ya está dicho todo para el buen entendedor. Creo que Talavante necesita de alguien muy encima de él, que le lleve por los caminos del toreo bueno. Su naturaleza no le inclina hacia allí, pero creo que una personalidad fuerte a su lado le podría llevar a un lugar mucho más interesante como torero del que ocupa o ha ocupado. En cualquier caso, diremos que en esta temporada cada vez que he visto a Talavante siempre he salido con ganas de verle más. No ha redondeado nada, pero creo que hay un abismo entre el de 2009 y éste.

Y hablando de Talavante, traeremos a colación al asesor presidencial que bebía los vientos por el torero desde sus ocho arrobas de tejido adiposo y que no dejaba de mandarle recados al torero de las orejas que le iba a dar, una, dos, el rabo y finalmente también la vuelta al ruedo al torillo en esa tarde festiva y amable en la que el público no paró hasta que consiguió que la banda -bastante buena, por cierto- interpretase Paquito el Chocolatero. Cosas Manchegas.