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sábado, 31 de julio de 2010

Que prohíban Altamira y el whisky Dyc


Jorge Bustos

Los frescos soportales de la Colegiata de Santa Juliana me prestan su sombra secular -¡desde el siglo XII dando sombra!- para extraer algunas conclusiones sobre la villa medieval en que me hallo. La primera es que la belleza tiene sus inconvenientes. Si no, que se lo digan a Marilyn y a Santillana del Mar. El principal de ellos es que atrae a las personas. Y en la especie de personas, aunque los taxonomistas siguen debatiendo la espinosa cuestión, debemos incluir provisionalmente a los guiris, que infestan estas calles detenidas en el tiempo. Los guiris, además, siempre tienen hambre, así que Santillana, para saciarlos, ha concentrado una proliferación de restaurantes como no la verán ustedes ni en la calle Huertas de Madrid. Me metí en uno cualquiera, pero la calidad de la cocina no estaba a la altura del rústico encanto de su arquitectura, y me propinaron un menú aproximadamente atroz compuesto de entremeses plastificados y tinta con un vago chipirón flotando rezagado.

Casi lo más famoso de aquí son los adoquines, los mismos que soportaron las recias herraduras del conquistador Juan de la Cosa, por ejemplo. El paseo se convierte en un masaje de lo más medieval para las plantas de los pies porque el devenir de los siglos ha desfigurado el pavimento, pero vamos, lo mismo ocurre en la destripada calle Serrano, hecho que traza una inquietante convergencia entre el urbanismo medieval y el de Gallardón. Otra cosa típica de aquí es el olor a boñiga, omnipresente y espeso como la inteligencia de Maradona. A la hora de imaginarnos la villa en su prístino esplendor, este hedor a deposición vacuna resulta muy útil, y contrarresta el efecto lamentablemente contemporáneo de ver a un guiri en bermudas engullendo bolsas de patatas.

Hay aquí un museo de la Inquisición repleto de instrumentos de un salvajismo refinado, si me permiten el oxímoron. Visitándolo, uno no puede evitar pensar que, de encontrarse este museo en Barcelona, los esqueletos expuestos en el cepo o la picota serían recreaciones en cera de El Juli o Morante de la Puebla, apóstatas palmarios del animalismo, que ahora es la religión oficial del progreso. También tenemos cerca la reabierta cueva de Altamira, cuyos civilizados cavernícolas, si hubieran asistido al debate prohibicionista en el Parlament, habrían quedado escandalizados ante la tosquedad de los argumentos adversos a la lidia del animal que con tanta admiración y esmero ellos retrataron -suertes de lidia primitiva- en las paredes de su casa. Claro que Altamira, con su notoria apología del alanceamiento de toros, también la chaparía la Generalitat, por bárbara y reaccionaria. Que aproveche pronto Obama la invitación cursada por Revilla para ver la cueva, porque como la estupidez se siga extendiendo por España a la velocidad que el paro de larga duración, no encontrará ni toros en Cantabria ni flamenco en Marbella. Lo siguiente será prohibir el whisky DYC, por españolista.

(La Gaceta)