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miércoles, 21 de octubre de 2009

CAMBA Y EL PERIODISMO ESPAÑOL / FALSIFICACIÓN DE ANDALUCES


FALSIFICACIÓN DE ANDALUCES

Por Julio Camba

En el extranjero, todos los españoles menores de treinta años son un poco andaluces: todos tienen un sombrero más o menos cordobés, todos bailan flamenco y todos conservan la cicatriz de alguna cornada. Cuando haya un andaluz con gracia, yo espero de él una lamentación sobre esta terrible concurrencia que le hacen por aquí al andalucismo gallegos, catalanes, vascos, asturianos, navarros y canarios. El andaluz que llega a París o a Berlín se encuentra con que el gusto del público en materias andaluzas está adulterado lamentablemente. Yo sé de uno al que le pidieron un tango, se puso a bailarlo y le dijeron:

–Pero usted, ¿de qué parte de España es?

–De Sevilla.

–¿De Sevilla? No es posible.

Y una de las niñas –la escena ocurría en una casa de familia de Munich– comenzó a bailar lo que ella entendía por el tango andaluz. El andaluz se quedó loco al reconocer la muñeira. Sus protestas fueron vanas.

–El que me enseñó esto –decía la chica– era un auténtico gitano andaluz.

–Un gitano de Pontevedra...

–Precisamente. De Pontevedra. Ahora lo recuerdo...

Con el periodismo pasa como con el andalucismo. Todos los españoles que están en el extranjero son también un poco periodistas. En el extranjero, el ser periodista español es casi tan fácil como el ser andaluz. Es cuestión de hechuras y de indumentaria. Así hay tantos periodistas españoles por aquí. Son periodistas, como un hijo de San Felíu de Guixols es andaluz. Sin embargo, no sólo engañan a la patrona del Pensionat, sino que muchas veces engañan también a nuestros representantes en el extranjero, los cuales no se distinguen casi nunca por su asiduidad en la lectura de la prensa española.
Estos periodistas están mucho más documentados que los periodistas auténticos. Casi todos tienen su carnet, sus tarjetas de visita, su papel timbrado. Además –la justicia ante todo–, tienen una representación infinitamente superior a la nuestra. Yo he observado que, generalmente, el hombre que posee un verdadero tipo de periodista no se resigna a meterse en una redacción, sino que lo explota en otros medios sociales mucho más lucrativos.
Los periodistas verdaderos estamos en una situación de evidente inferioridad con respecto a los falsos periodistas. Además, ellos son muchísimos y nosotros somos cinco o seis. Yo tuve un día que aceptar la protección de uno de ellos para entrar en un teatro. Supongo que mi caso no será único.
Los falsos periodistas españoles del extranjero se dividen en dos clases, como los falsos andaluces: unos explotan el periodismo con nuestros representantes diplomáticos y con las Cámaras de Comercio, como otros explotan el flamenquismo con las mujeres.

–¡Que yo no soy flamenco! –
decía un andaluz en París–. ¡Tiene grasia! ¡Pero si vivo de eso!

También muchos falsos periodistas viven del periodismo; pero esto, que parece que les iguala a los periodistas verdaderos, yo creo que, al contrario, les diferencia de ellos...

La otra clase de falsos periodistas y de falsos andaluces es mucho más tolerable. Es casi simpática. Se compone de gentes que quieren tener una representación, un «aire», una cosa que vista y que quite un poco la cabeza. Consideran que un español, fuera de España, está obligado a haber nacido en Sevilla o a ser corresponsal de La Tribuna. En general, tienen verdadera vocación de periodistas y de sevillanos.
Yo me encontré el otro día en Berlín a un verdadero andaluz. Era un andaluz triste. Tenía un exterior de andaluz como yo lo tengo de periodista: un exterior nulo. Aquel andaluz no sabe por qué motivo yo le apreté la mano con tanta fuerza al despedirme de él.

(Del libro Maneras de ser español, de Luca de Tena Ediciones)