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viernes, 23 de octubre de 2009

CAMBA Y EL PERIODISMO ESPAÑOL / LA ESCUELA DE PERIODISMO

Enrique Gómez Carrillo

LA ESCUELA DE PERIODISMO

Por Julio Camba

Siempre que se trata de fundar en España una escuela de periodismo se me cita como un ejemplo en contra. El otro día me citaba Gómez Carrillo. Hace años me citó Dionisio Pérez. Parece que yo soy un caso genial de analfabetismo y que si hubiese estudiado alguna cosa me hubiese vuelto completamente estúpido. Y todo esto es muy posible y hasta muy probable; pero ¿por qué ha de ser un genio el periodista y no lo ha de ser el médico, ni el abogado, ni el ingeniero, ni el farmacéutico? ¿En virtud de qué ley se ha de necesitar un don divino para decir que el Sr. Alba regresó hace días de su viaje por el extranjero, y no para preparar una poción de zaragatona?

El periodismo va industrializándose y va constituyendo un medio de vida como cualquier otro. Hay ya muchos periodistas que pagan puntualmente sus alquileres y que hacen de dos a tres comidas diarias. Y los padres de familia que años atrás, cuando sus hijos revelaban alguna vocación por el periodismo, los maldecían solemnemente, ahora comienzan a transigir y a considerar que el periodismo puede ser una carrera igual que las demás. De aquí la necesidad de una escuela. ¿Para aprender genio? ¿Para aprender temperamento? No. Para aprender idiomas, historia, geografía, economía política, etc., etc.

Yo no sé si, al aprender estas cosas, se matará al genio. No lo creo. No veo la necesidad de que el genio haya de ser forzosamente un animal y un botarate. Decir que un hombre pierde la genialidad en cuanto aprende medianamente algo, me parece algo así como afirmar que son genios todos los analfabetos. No. No creo que al estudiar ciencias o idiomas se matase al genio; pero, si se lo mataba, estaría muy bien muerto.
El público de los periódicos no quiere genios. Quiere enterarse de lo que pasa en el mundo con la mayor exactitud, con la mayor rapidez y con la mayor claridad posibles. ¿Qué diríamos de un boticario genial que cuando fuésemos a encargarle una limonada purgante tuviese un rapto de inspiración y nos preparase un “cock-tail” de éter con algo de caravana y un poco de pasta dentífrica? Pues lo mismo se dirá muy pronto de los periodistas geniales.

–¿Es decir –me preguntará el lector–, que usted se muestra partidario del proyecto del Sr. Prado y Palacio?

Claro que el lector no me hubiera hecho nunca semejante pregunta; pero –y he aquí ya una pequeña lección de periodismo– como a mí me conviene que me la haga, yo voy y se la atribuyo. Se la atribuyo para prepararme este final categórico:

–No. Yo no soy partidario del proyecto del Sr. Prado y Palacio, porque yo quiero una escuela que separe al periodismo de la política y no que lo una a ella. Una escuela sin fantasmones. Una escuela sin literatura. Una escuela donde, en vez de los periodistas consagrados, unos hombres modestos enseñasen escrupulosamente su inglés, su francés, su alemán, su Historia, su Geografía, su ley de Imprenta, etc., etc.

(Del libro Maneras de ser español, de Luca de Tena Ediciones)