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lunes, 4 de enero de 2021

En la muerte de Gaztelu

Zubiarrain, Gorriti, Martínez, Iguarán, Sagasta, GAZTELU.

 Abajo: Urreisti, Arzac, Arregui, Mendiluce y Boronat

  

Francisco Javier Gómez Izquierdo
       
        Los que obedecemos a la autoridad hemos pasado el año 20 en una especie de Primer Grado penitenciario, paseando las horas reglamentarias, leyendo mucho y los yonquis del fútbol mirando al televisor. Estos días de Navidad y por andar la familia de mi doña un poco delicada, los he pasado en los Montes de Toledo en modo anacoreta. A temprana hora culebreando entre riscos  y llaneando tras el almuerzo. Lectura en las muchas horas de oscuridad, sin bar en el pueblo y sin el VAR del televisor que tanto gusta a los locutores del movistar.
         

El mismo día que tocaron a duelo por Bernardino, un buen hombre al que le gustaba convidarme porque había recorrido el Casarejo y el Gargantón con mi suegro, me enteré de que también se nos iba Agustín Aranzábal, "Gaztelu", un mito para quien suscribe.
        

Mi querencia por la Real no tengo claro a qué es debido, pero creo que tiene su fundamento en un partido televisado en el que el árbitro castigó sin piedad y en blanco y negro al equipo de Esnaola, Boronat, Gorriti, Arzak, que gastaba barba... y Gaztelu, un tío al que nombraban mucho en el carrusel deportivo. El caso es que, con el Burgos en Segunda, mi equipo de Primera era la Real Sociedad, con la que a pesar de los años y las circunstancias (ascensos del Burgos, mi vida en Córdoba), he mantenido un cariño sereno e inquebrantable.
     

Uno de los hitos realistas del que no me acuerdo pero que tengo muy leído, ocurrió en Puertollano, cuando en el 67 se ascendió a Primera. Gaztelu, que jugaba de 6 a la antigua, o de 5 argentino, aunque no extrañaba ningún puesto, fue el eje alrededor del que se consolidó la Real Sociedad hasta que en la 80/81, a las órdenes del difunto Ormaetxea, compañero de alineación en sus inicios, se conquistó la liga, honor que como sabemos está vedado fuera de los campos de Madrid y Barcelona. Las ligas 79/80 y 80/81 me cogieron en San Sebastián hasta el golpe de Tejero haciendo la mili y como quiera que por arte del demonio un tecol me puso a cargo de la centralita de teléfonos ("sensible destino" se decía ya entonces) tuve acceso al viejo Atocha con un pase que me facilitó el capellán de Loyola, cuartel al que dice la prensa han dado por amortizado pero que en aquel 80 fue complejísimo lugar.
     

Gaztelu en el 80 ya no jugaba casi y su puesto lo ocupaba Perico Alonso, padre de Xabi Alonso, que junto a Idígoras, Diego, Satrústegui, Zamora y López Ufarte se plantaron "con un par" ante las bandadas de oriundos que brotaron por entonces como níscalos en la Demanda. Tras la conquista de la liga, nuestro hombre se retiró, supongo que orgulloso de hacer historia.
     

Gaztelu, con su sobriedad y seguridad fue albañil constructor de una Real que se consolidó hasta esa explosión final de euforia del 81. No vistió otra camiseta que no fuera la txuri-urdin, hábito éste desterrado en el siglo XXI, que uno no sabe ya en qué equipos paran muchos futbolistas. Incluso, como Perico Alonso, dejó heredero ejemplar homónimo en la institución: Agustín Aranzábal, lateral izquierdo fenomenal. Lo de Gaztelu, "Castillo", era un apodo que ganó con su rocosa presencia.
 
       Descanse en paz, Gaztelu.