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domingo, 17 de enero de 2021

La fábrica "Keiné"

 

Abc, 24 de Octubre de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

Abc

 No sucedió nada. Al menos, ésa es la impresión reinante entre el hormiguero de comunicadores que acudieron a Valladolid con el ánimo de mimar líricamente al pulgón de expertos que habían de deleitamos con sus secreciones azucaradas. El español buscaba hacerse millonario en un congreso y, si ha sacado algo, es la cabeza pesada y un Observatorio del Neologismo que, a lo sumo, servirá para justificar algunos Viajes de Estado, ya que, a efectos de logística, ni siquiera  supone que los académicos vayan a cambiar su sillón por una garita. Así que, salvo el interés de ver cómo revive lo viejo o lo que se cree extinguido, la conclusión es que discutir sobre el carácter industrial de una lengua puede dar para un artículo, pero no para un congreso.

 

Por ese lado, el artículo mejor escrito sigue siendo el de Ernesto Giménez Caballero, en «El Sol» de 1925. «Benito, ¿cuántos pedidos de lengua española se han registrado este año?» Benito, «nombre eglógico, de pastoral renacentista», era el bedel del Centro de Estudios Históricos, que entonces hacía las veces de Instituto Cervantes. «Pida usted al Sr. Serés la Memoria de la Junta», respondió Benito, que tenía que arreglar  el salón central.

 

Según el articulista, el notable castillo parecía hervir en fiesta, como para una recepción de principesas de lejanos reinos. Todo era llegar de damas y más damas, llenas de ojos azules con zapatos de talón bajo y mandíbula en forma de proa. Se hizo un buen silencio. Y un señor enérgico, con aire de jefe de máquinas, y un cierto perfil de gavilán, cayó frente a ellas enarbolando, como trofeo, un manual de pronunciación. «¿Quién es esa ardida lanza, arrolladora?», preguntó Giménez Caballero a Benito. «Setién, el señor Setién, que va a dar su clase a los extranjeros.» «¡Ah! Luego aquí, a esta industria, ¿acuden los extranjeros? Yo creo que es la única en la nación.» «Esto no es una industria.» «No se ofenda, Benito. Yo tengo una tesis, y por tesis la he llamado así. ¿Le interesará  escucharla?»

 

La tesis es bien simple: frente a la Academia, «esa botica dieciochesca, romanticona, oliendo a ruibarbo y tamarindo y lupulus vulgaris diluidos en alcohol», Giménez Caballero descubre que el Centro de Estudios Históricos trata a la lengua en serie, como en «standars», como para la exportación de paquetes de marca. «La gente no se quiere convencer de que tiene aquí la única gran fábrica nacional. La de la lengua. Sobre la base de esta fábrica la gente debía pedir una gran intensificación productora. El único imperialismo que se brinda a España, evidente, legítimo, es el de esta lengua “Keiné”, como la llaman los profesionales. Benito, ¿cuántos pedidos de lengua española se han registrado este año?»

 

Y a poner en marcha la fábrica «Keiné» estaba destinado el congreso de la lengua, a cuyos organizadores no los acometió la inquietud del sabio: «Mientras peinamos las profundidades, ¿qué monstruos estamos arrastrando?» La presencia de Teodoro Obiang fue causa de dengues y aspavientos entre algunos distinguidos miembros del selecto club «Nosotros los Demócratas», que protestaron enérgicamente: «¡Los derechos humanos están por encima de cualquier lengua!» «Nosotros no lo hemos invitado», contestaban los  organizadores, con todo el aire de las gallinas que descubren que uno de los huevos que incuban no es suyo, sino de pato. Así se explica que el señor Obiang, con ese tono suyo algodonado por la modestia, dijera en el periódico: «España pierde grandes oportunidades de sacar fruto de nuestros recursos.» Y no le falta razón. Bien mirado, si se reservara esta lengua «Keiné» de las tertulias de Madrid para los «demócratas de toda la vida», el español contaría con los mismos hablantes que el chabacano ermitaño de los suburbios de Manila.

 

Afortunadamente, la mirada y la atención académicas no son políticas, sino económicas. El Observatorio del Neologismo será nuestro Escudo Antimisiles. Y el académico, nuestro hombre alerta, obligado a la menos musculosa de las operaciones: mirar.  «Mirar según se va marchando, mirar en los descansos, mirar mientras se merienda o se enciende un cigarro, hacia arriba, hacia abajo, a las cresterías, a las poyatas y canales», era el buen consejo del sabio conde de Yebes.

 

Teodoro Obiang

 

El español buscaba hacerse millonario en un congreso y, si ha sacado algo, es la cabeza pesada y un Observatorio del Neologismo que, a lo sumo, servirá para justificar algunos Viajes de Estado, ya que, a efectos de logística, ni siquiera  supone que los académicos vayan a cambiar su sillón por una garita