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viernes, 29 de mayo de 2020

Lo que somos en el mundo

 Hughes
Abc

El cierre de la fábrica de Nissan en Barcelona es una de esas cosas que definen nuestra situación en el mundo. Lo que somos no lo determinan ni la fraseología política ni nuestra propaganda. Hasta hace nada éramos la mejor sanidad del mundo e íbamos a traernos la City de Londres. El reciente colapso sanitario es bien conocido, y City lo que se dice City vimos al Manchester City pasearse en el Bernabéu. Ahora Nissan se lleva al Reino Unido la producción y, reconociendo la complejidad del sector, no habrá ayudado mucho la demente fijación por instaurar un régimen de bicicleta y parusía ecológica.

La situación es mala y si se mira a los que mandan, muy mala. Sánchez garantizó en enero el mantenimiento de la planta y ahora sus socios hablan de nacionalizarla. Errejón, el listo, propone «reorientarla en verde» consiguiendo sonar a la vez soviético y como un anuncio de cervezas.
A Juan Manuel Fangio, que algo sabía de coches, le preguntaron una vez por la diferencia entre la rica Italia y su Argentina natal. No sería Fangio tan listo como Errejón, pero dijo algo curioso: «Mientras nuestro obrero no comprenda que la única vía posible de su reivindicación social es el trabajo honrado e intenso no podremos tener ni obreros que vivan bien ni bienestar general. La única justicia social posible en el mundo es que todos trabajen (…) El derecho de esforzarnos menos se adquiere haciendo primero riquezas».

Fangio


Para repartir hay que crecer. ¿Queremos crecer? ¿Está orientada nuestra educación, política y economía a ello? De crecimiento no se habló en ningún debate electoral. En cierto modo, debe de ser ya una ambición fascista e insostenible, así que se fomenta (los partidos) la división entre regiones, arriba y abajo, heteros y gais, hombres y mujeres... Del reparto dulce (consenso) a un circuito rencoroso de agravio. España decide ser una corrala redistributiva y absurda cuando el mundo se pone muy serio. Por la crisis y porque la globalización (división internacional del trabajo) se redefine desde Trump. Su victoria no era machismo ni racismo, como decía el lumpen periodístico, sino defensa de la Constitución y «jobs, jobs, jobs». La mejor política social es el trabajo y quien mejor sabe crearlo es el empresario. La innovación exige libertad, pero los gobiernos protegen o fomentan con una forma de nacionalismo económico. Por eso Francia y Alemania apoyan con mucho dinero a sus industrias del automóvil. Nosotros miramos al exterior para pedir y la desmoralización del país no puede conducir a riqueza alguna.