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domingo, 16 de febrero de 2020

Llamamientos al amor



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Contra la violencia doméstica, el alcalde de Madrid, con la inocencia de quien ve pichones en sus sueños, propone ese aburrimiento seráfico que, relleno de versos, recibe el nombre de amor. Contra la violencia callejera, el candidato republicano a la Casa Blanca, que en los debates emplea el balido para acentuar el valor de lo sentimental, propone amar al prójimo como a uno mismo. Contra los embarazos precoces, el primer ministro inglés, que tiene pinta de gozar sólo al decir «¡No!», propone la abstinencia sexual. Y así. Son autoridades, y tienen la obligación moral de arrojar «polvos de gas» al río para que las truchas se atonten y se dejen coger. Pero, ¿somos truchas? ¿Estamos atontados? ¿Nos dejaremos coger?
Son cuestiones estoposas, pero valdrá la pena de perder cinco minutos en rumiarlas, con el permiso del tiempo y la autoridad. Ortega, por cierto, observó que, aún hoy, los esquimales no reconocen más autoridad que una momentánea: la de un hombre que llaman «issulkek», que significa «el que piensa», aunque no tenga otro pensamiento que el del plan de la cacería. En el fútbol, el «issulkek» suele llevar el «10» en la espalda, como Figo. En la sociedad, en cambio, el «issulkek» lleva barba en lugar de dorsal. Ortega, que nunca llevó barba ni dorsal, fue un «issulkek» atípico. Pensar, para él, era una erección.

Sigamos, pues, a Ortega, para quien la forma más primitiva de la convivencia humana era la horda: treinta o cuarenta individuos mal avenidos. Luego, la caza trajo la aproximación de las hordas, y esta aproximación, el desvío por las hembras propias y el apetito por las hembras extrañas. Es decir, una forma germinal de amor. La institución matrimonial en su forma primigenia: el rapto, que quedó como símbolo perenne del amor. «Porque amor, si lo es de verdad, es para la mujer sentirse arrebatada, raptada.» En resumen, que la afición juvenil a la caza combinada con la imaginación amorosa disparó todo el proceso de lo que llamamos civilización. «¿No es cierto que es la más linda figura esta diosa encantadora, esta divina mujercita nubil, de pie ágil, de calcaño elástico, de seno breve, que avanza rápida, seguida de sus canes y se pierde misteriosa en el fondo del bosque?», preguntó a los cazadores portugueses en una comida que le dieron en Lisboa.

Sí que lo es. Y, gracias a que lo es, no somos truchas. De ser truchas nos libraron, y por eso representan la cumbre de la civilización, los librepensadores, quienes, sin embargo, para casarse las preferían creyentes, confiando en que así se mantendrían castas, como sucedió hasta el advenimiento de la democracia, que acabó con los puntos de vista de los librepensadores y con el mito de la pasión intensa, cuya satisfacción física constituía pecado, dado que siempre se presentaba, salvo en las películas americanas, como incompatible con el matrimonio.

¿Cómo no íbamos a entender la preocupación de Blair por las muchachas inglesas? Ya Camba decía que, como muchachas, no son lo más a propósito para inspirar pasiones. «Pero como muchachos, deben de resultar irresistibles.» También entendemos la solución de Bush al peligro de las armas: «Amarás al prójimo como a ti mismo.» Frente a esto, podemos adoptar de la mano del buen Freud una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera. Pero entonces, con el padre del psicoanálisis, nos preguntamos: «¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servimos? ¿Cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud?» Ni el buen Freud consigue eludir la anécdota del debate sobre la pena de muerte en el Parlamento francés: mientras el orador abolicionista recogía salvas de aplausos, una voz pronunció las siguientes palabras: «Que messieurs les assassins commencent!» Y no era la de Bush.

En cuanto a las bienaventuranzas del alcalde madrileño, no sé, no sé. En los parabrisas de los coches estacionados en las calles de la plaza de toros, depositan últimamente, junto con los folletos comerciales de los bares de alterne, el extracto de un llamamiento al amor: «Dios creó al hombre por amor.» «¿Eres pobre? Cumple con sumisión el trabajo a que estás obligado. No veas en tus amos unos tiranos.» Etcétera.


Ortega y Gasset

Ni el buen Freud consigue eludir la anécdota del debate sobre la pena de muerte en el Parlamento francés: mientras el orador abolicionista recogía salvas de aplausos, una voz pronunció las siguientes palabras: «Que messieurs les assassins commencent!»