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domingo, 23 de febrero de 2020

Ana Rosa



 Ignacio Ruiz Quintano
Abc

¿No fuiste amigo de Juan Rulfo?», preguntó un periodista a José Luis Cuevas. «¡Cómo no!», contestó el monstruo más narciso de Méjico. Y se puso a contar el primer encuentro: «Había llegado yo al aeropuerto, donde iba a tomar un avión para ir a un encuentro de intelectuales en Yucatán. Eso fue a principios de los sesenta. Y allí se dice que se gestó la idea del "boom". Pues bien, llego yo al aeropuerto y entonces veo a un hombre, ¿verdad?, de pequeña estatura, muy magro, que se acerca y me dice: "Te voy a ayudar a llevar .tu equipaje. Toma mi maleta, que es más pequeña". Yo le dije: "Pero señor, por favor, ¿cómo va usted a hacer eso?" Pero él fue enérgico: "Ten". Y me dio su maleta, al tiempo que tomaba mi equipaje y avanzaba... Yo iba corriendo detrás de ese personaje al que no conocía. Los dos estábamos yendo a Yucatán. Ya en el avión, le pregunté: "¿Pues y usted quién es?" Y él me respondió: "Yo escribía. Soy Juan Rulfo". Me quedé muy sorprendido. A partir de entonces, fuimos amigos inseparables.»

Quiere decirse que con tipos como Juan Rulfo cuesta mucho vender libros.

El libro es hoy la combinación de dos actividades vulgares, pero honradas: la vanidad y el comercio. «Veo las dos cosas, la poesía y los negocios, como actividades organizadoras, llevadas a cabo por el "Yo" en respuesta a un mundo caótico. Me veo a mí mismo errando por el mundo y transformando lo que veo en dinero y poesía.» (John Barr, consejero financiero de Wall Street y presidente de la Asociación de poetas más antigua de los Estados Unidos, en «The New York Times».) Cambiar el alma por la psicología no merma el contenido espiritual de la literatura comercial, que, como la literatura mística, no es sino expresión de una época, de una moral y de um tipo de vida. Por eso el caso de Ana Rosa, víctima de lo que Brecht denominaba «negligencia básica en cuestiones de propiedad intelectual», no va a poner en peligro el Siglo de Oro que venimos dándonos.

Al contrario que en la época de Shakespeare, hoy no vende la obra, sino la firma, y la de Ana Rosa ha vendido cien mil ejemplares. Su error, pues, no fue firmar, sino vender. ¿Cuántos intelectuales no han alcanzado su título por el simple procedimiento de poner su firma al pie de un manifiesto? Pero los manifiestos son de balde, y no pasa nada. En cuanto a la literatura, la pega es que, si uno no presenta TV, no vende libros, y si uno no vende libros, ¿para qué los va a escribir? Además, si uno escribe, ¿de dónde saca tiempo para presentar? Surge entonces la necesidad del «negro» —los americanos, como hemos visto más arriba, dicen el «Yo»—, un eslabón más en la cadena de montaje de la industria literaria.

El libro es el hongo cultural de la política del «enrichissez-vous»: Nuestra educación pública era un hidalgo hambrón con migas en la barba.

Enseñaba a leer, pero luego no daba qué leer. Entonces se conjuraron los políticos —quienes, por cierto, nunca devuelven los votos obtenidos con los discursos que no escriben, y produjeron una consigna: «¡Hay que leer!». El público, perplejo, se preguntaba: «¿Qué es lo que hay que leer?» La TV respondía: «Ahí están nuestros presentadores. ¿Les gustan sus trajes? ¿Sus chistes? ¿Su campechanía? Pues léanlos, léanlos.» Y la mayoría de la gente leyó como nunca había leído, dándole la razón a Julio Camba: la cultura no aminora la estupidez de nadie. «Puede aminorar el entendimiento, eso sí, pero nunca la estupidez, para la que constituye, en cambio, un instrumento precioso.»

Sólo quienes permanecieron en el analfabetismo son capaces hoy de enjuiciar cualquier asunto sin lugares comunes ni ideas de segunda mano. Consciente, sin embargo, de la imposibilidad para un país de mantenerse en pleno analfabetismo, Camba propuso un ideal para España: «Mientras no se descubra un procedimiento para que sean los analfabetos quienes escriban, que el arte de leer se convierta en una profesión y que sólo puedan ejercerlo algunos hombres debidamente autorizados al efecto por el Estado.» ¿Por qué privar de libros a los lectores de Ana Rosa? Que les pongan una póliza.

Juan Rulfo

 Al contrario que en la época de Shakespeare, hoy no vende la obra, sino la firma, y la de Ana Rosa ha vendido cien mil ejemplares. Su error, pues, no fue firmar, sino vender. ¿Cuántos intelectuales no han alcanzado su título por el simple procedimiento de poner su firma al pie de un manifiesto?