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sábado, 8 de febrero de 2020

De la monarquía anticuada a la modernidad republicana


 
Martín-Miguel Rubio Esteban
El Imparcial

Los recios monárquicos de los tiempos épicos y heroicos de Calderón afirmaban que el rey podía disponer de sus vidas y haciendas, como padre de todos que era, pero no de su honra. Y este pensamiento fuerte, que no hace otra cosa que fijar los límites del poder político, que subraya “las leyes no escritas” ya proclamadas por Sófocles en su Antígona, fue defendido también con contundencia en la época del gran pensador político Diego de Saavedra Fajardo, magníficamente estudiado e interpretado por Manuel Fraga Iribarne. Pero sin duda hoy este pensamiento de honor y decoro resulta ya anticuado para nuestros últimos republicanos monárquicos. Servir al Presidente y a sus ministros en todo y por todo es un honor muy codiciado, que en nuestro de nuevo esperpéntico país, regido aún constitucionalmente, extiende sus favores a Secretarios de Estado, Directores Generales, Presidentes de Diputaciones, Alcaldes, y en ocasiones alcanza a los conserjes mayores de los Ministerios. Agradar hoy al poder político de turno, en todas sus escalas y tipos de placer, sin limitar ningún rincón de honra para ese agrado total ha sido una gran conquista del régimen socialcomunista, ya conseguida antes con mucho afán y mérito en otros paraísos cismundanos, como la extinta URSS, o las actuales Cuba y Venezuela.

Sesenta años de socialdemocracia europea nos ha enseñado que eso de la dignidad personal y del honor individual no son más que cachivaches polvorientos de la superstición liberal, como las historias de niebla y vino peleón. Porque no existe la dignidad personal, estantigua burguesa, sino sólo la marcha revolucionaria de un pueblo rectamente pilotado por su vanguardia omnisapiente, que lleva en sus manos la antorcha de la verdad revelada. La moral personal no es prescriptiva, porque nada hay digno en el individuo que deba ser protegido, y mucho menos por el propio individuo. La alfombra de Aladino despunta por el este, y un viento de cenizas frías sacude la nave del Estado español. Se ha pretendido durante décadas que desaparezcan los conflictos entre nuestros deseos y nuestro deber moral. Eso sería la gran hazaña totalitaria que entrañaría la vuelta a una sociedad de esclavos. Porque para la mundivisión socialcomunista el valor moral será siempre su gran enemigo en cuanto que el propio valor moral de nuestras acciones radica en las máximas de acuerdo con las que hemos decidido, el principio subjetivo de la acción; es decir, el principio de acuerdo con el que creemos que debemos actuar. Todo hombre normal se amolda a sus máximas. Por eso, es ridículo que la derecha proteste cuando la izquierda le exige un comportamiento moral que ella para nada tiene. La izquierda no exige a sus fieles amoldarse a su moralidad propia, la derecha sí. Por eso cuando la derecha ve desfachatez en la crítica moral de la izquierda, deja ver que no entiende qué es la izquierda, una corriente política en la que prevalecen los objetivos políticos sobre la moralidad espontánea de cada ciudadano.

Pero a pesar de toda esta bazofia inmunda de nada somos tan plenamente responsables como de nuestras propias acciones. Pese a quien pese. Pretendidamente aniquilada la voluntad moral del individuo ya no hay víctimas singulares, “singulae”, sino opresión y abuso del colectivo “mentulatus” sobre el femineus. Ya no hay infames comendadores individuales, responsables únicos de su violencia salvaje contra doncellas, sino todo un género ( “dediti ventri et peni” ) propenso a la violación del otro género.

Por cierto, que el concepto de género como grupo sexuado hombre/mujer ya está presente en el Corpus Cesarianum. V. g. De Bello Africo, LXXXVII: “incolas cuiusque generis”. Es legítimo, por tanto, hablar de género como término marcado por uno de los dos sexos. Como se ve, el desprecio a las Clásicas se encuentra en los dos extremos del debate. ¡Pobre España! ¡Los más brutos siempre en las vanguardias!

Ahora bien, aniquilar el daño personal y la ofensa individual rebajando la moralidad a grupos marcados por la infamia, naturaliter, es aniquilar todo atisbo de moralidad. Aristóteles nos dijo que es bueno quien no secunda el deseo vicioso, pero que es mejor el que ni siquiera experimenta tal deseo ( Ética a Nicómaco ). Existe un saber moral espontáneo en todo sujeto de vida racional, que no podrá arrancarse totalmente por infames programaciones sociales. No es misión de la filosofía –nos dice Kant– descubrirle al hombre corriente sus deberes, que él conoce muy bien, sino procurar solidez y seguridad a ese conocimiento. Hoy la lucidez propia del saber moral espontáneo está muy enturbiada por sesenta años de socialdemocracia en Europa, y ya casi perseguida por las feminazis, alentadas y subvencionadas en España por el reciente gobierno socialcomunista.

Doña Beatriz Gimeno, Directora del Instituto de la Mujer, adelantó hace días las líneas maestras de la política de su Departamento, contrarias a la heterosexualidad, haciendo un llamamiento a la “penetración anal de los hombres para lograr la verdadera igualdad entre sexos”. Ahí están los hechos en su desnudez. No hace falta hacer arduos escolios morales sobre el asunto.