martes, 30 de mayo de 2023

Toros, lucidez y ansiedad


Sein-Zum-Tode, el Ser-hacia-la-Muerte
Iván Fandiño


 

(Este es el capítulo 34 de 63, conclusivo del primero de los tres «Tercios» de que consta una reflexión (al menos el intento) titulada: «Los Toros entre la Reverencia Piadosa y la Ansiedad. Un ensayo de comprensión y legitimación». Dedico esta entrega a todos aquellos inestimables amigos y príncipes de la Afición, Andrés, Javi, José-Ramón, Pepe, Ramón, Ricardo, Tomás, que me están abasteciendo generosamente de entradas durante una feria en que la crepuscular deserción del Toro solo podía ser compensada por el calor de su amistad).
           

Jean Juan Palette-Cazajus


  
«El hombre no es ni ángel ni bestia,

           y quien quiera ser ángel terminará

            siendo bestia».

 (Blaise Pascal)

Lo dijimos en su momento, nunca hubo una genérica cuestión animal, sino solamente una cuestión animal del hombre, la cual permanece agazapada en los abismos del lenguaje desde que el ser humano empezó a hablar. Evolutivamente, si todos seguimos siendo de algún modo «polvo de estrellas», sin duda deberemos asumir también la posibilidad de que algunas de nuestras áreas neuronales hayan podido «memorizar» la impronta de la continuidad biológica y evolutiva que nos une todavía a todas las formas existentes de la vida animal. Nuestra cuestión animal se da de cabezazos contra los barrotes de la jaula del lenguaje porque «hemos llegado desde un escenario donde no estábamos», en muy turbadora expresión del escritor francés Pascal Quignard. Sólo después de alejarnos definitivamente de la animalidad a través de la senda del lenguaje, hemos empezado a sentir la absurda nostalgia de una inocencia que nunca fue, porque aquellos eran tiempos en que éramos a la vez cazadores y presas. Sólo en el preciso momento en que llegamos a asumir que somos animales como los demás, de alguna manera vamos dejando de serlo. Lo que añoramos, en realidad, son los tiempos en que ignorábamos la presencia de la muerte, sin aceptar que aquello supone también la ignorancia del ser. No hay extrañeza del ser sin la extrañeza de morir y tenemos con ello un privilegio demasiado oneroso. Por esto sentimos oscuramente la tentación del regreso al espejismo de un inocente «escenario» animal primitivo antes que convivir con la presencia corrosiva de nuestra ineluctable finitud. Como la conciencia sólo es si es desgarrada, lo que debemos entender, si somos lúcidos, es que aquella nostalgia no puede significar otra cosa que la nostalgia del no-ser.

 

 

Antonio Capel
Vestido de torear


Ningún muerto tuvo jamás la oportunidad de «contarlo». Desde la pobreza del ser, en la plaza de toros como en la vida, nuestra experiencia de la muerte es la de algo que sólo puede advenirles a los demás porque ocurre en un tiempo que hemos confundido con un espacio, decía Heidegger. Mientras vivimos, creemos pasear por el tiempo y contemplamos, inconscientes, sus efectos letales sobre las vidas de los demás, porque nosotros somos incapaces de entender que no habitamos «dentro» del tiempo, sino que es el tiempo el que habita dentro de nosotros, de modo que nuestra única manera de percibirlo es la narcótica ilusión de un presente eterno. Puedo tener perfecta conciencia del proceso de acercamiento de mi propia muerte orgánica pero esta conciencia entra en contradicción con el «estúpido» sentimiento dominante que es el de la continuidad de un eterno presente, el cual solo dejará de serlo en el preciso momento en que yo pierda la conciencia y deje de existir. Nunca sabré nada de mi propia muerte. Sólo los demás podrán contar algo acerca de ella. El tiempo espacializado, que es el que manejamos a diario cuando nuestra vida es inauténtica, la del «ente» en lugar de la del «ser», la del «uno» genérico en lugar del exigente acontecimiento del «yo», no me permite nunca oír el rumor de la muerte propia, el hecho de que el movimiento irreversible del tiempo, «el gran pasar», no ocurre fuera de mí, en el espacio, tal y como me quiere convencer la ilusión de los sentidos, sino que me está atravesando de par en par en cada momento.

Asimismo, quisiéramos pensar que el buen aficionado debería ser capaz de intuir que la muerte del toro no ocurre en ese falso «espacio-tiempo», fundamentalmente engañoso, sino en el seno del mismo tiempo existencial que nos está atravesando y que cada toro que vemos morir viene acompasando las fases de nuestro propio e inexorable pasar. No entendemos bien para qué puede servir la fábula, un poco vergonzante, defendida por cierto filósofo, del toro «combatiente» y de su predisposición «natural» a la muerte en el ruedo. Porque el único animal realmente «combatiente», el único dotado de una predisposición natural a la muerte, es el humano, el bien llamado por Heidegger Sein-zum-Tode, el Ser-para-la-Muerte. Ningún aficionado debe encarar en la plaza la asignación de la muerte a un ser vivo  sin resultar interpelado cada vez por la peligrosa regla animista de la reciprocidad. En este caso es el oficiante, el torero, el que, en nombre de todos nosotros, carga con la responsabilidad de exponerse al sagrado riesgo compensatorio. Nosotros, aficionados, asamblea piadosa y lúcida, tenemos el deber de recordar el privilegio de nuestra accesión, en la plaza de toros, a un singular evento del ser que nos alcanza gracias a la muerte de otro ser vivo y en ningún caso podemos darle la espalda a tan grave acontecimiento.

 


Pirámide crística
Una gran foto de Andrew Moore


Actuando así, nos apartaremos un poco de la patología del sujeto contemporáneo, cuya relación con el entorno vital se ha vuelto puramente instrumental y sólo concibe el diálogo con el mundo en términos de producción y consumo de objetos inertes, vivos o muertos. Hasta el punto de que nuestra piel, por otra parte tan delicada, se ha vuelto insensible ante el crimen de masas, ya se trate de genocidios, de matanzas o de terrorismo, como si la cantidad despersonalizara la tragedia y de paso la absolviera. Aquello es también la confirmación de una trascendental regla empírica, la que demuestra que siempre les ha resultado mucho más fácil, a los seres humanos, matar a sus propios congéneres que a los animales. Obsérvese hasta qué punto, en nuestras sociedades, la muerte violenta de los individuos, es decir la transgresión suprema, es en el fondo muy poco castigada jurídicamente. Se suele desdramatizar, desnaturalizar, se banaliza y se asigna al capítulo de los errores humanos residuales, de los fracasos educativos o al cómodo chivo expiatorio de los determinismos sociales. Compadecemos más al asesino, considerado víctima de sus disculpables errores o de sus carencias biográficas, que a la víctima real, al muerto, al cadáver, al que fue despojado de su sagrado derecho a la indecible aventura del ser. Hemos querido olvidar que el Mal no es menos consustancial con la existencia humana que el Bien y que sólo la presencia del primero permitió postular la aspiración al segundo y ponerle nombre. Quisiéramos creer que nadie mata y nadie ni nada muere en un mundo cosificado donde todos, y en todos los sentidos de la palabra, nos venimos consumiendo. La consumada muerte del Toro en la Plaza, en cambio, no es consumible. Al contrario, es profundamente indigesta y si tan pocos estómagos la toleran es porque, ni ética ni escandalosa, ni utilitaria ni productiva, más allá del Bien y del Mal, interpela, desde la molesta incongruencia de su presencia, a quienes quieren imponer su fe en la maleabilidad discrecional del ser humano, a quienes creen que también la muerte y el mal se pueden domesticar y se les puede poner el collar de la mascota de turno.

 

 

Ortega y Gasset con Ragael el Gallo


La conciencia humana es precaria, errática y esencialmente fragmentaria. De allí esa obsesión por la imposible unidad del Ser que recorre el pensamiento occidental, desde los presocráticos. Nuestros conocimientos se van acumulando en una especie de esfera autorreferencial en perpetua expansión, parecidamente al universo del que participan, si bien definitivamente incapaz de acceder, porque no existen, a las kantianas «cosas en sí». En los capítulos finales de El Hombre Desnudo, sin duda la más hermosa lección de pesimismo lúcido frente a la contingencia y la finitud de la existencia humana, Claude Lévi-Strauss consideraba que la función de los rituales era la de tratar de restablecer, por unos instantes, el perdido sentimiento de continuidad y densidad de la experiencia vital. Las corridas de toros lo consiguen a veces y pueden darse casos en que el ser humano recobra entonces, fugazmente, el sentimiento cósmico de plenitud consciente por cuya añoranza inventó a Dios. Pero el mundo taurino se basta sólo para asestarle mala estocada y peor puntilla a la Tauromaquia. A lo largo y ancho de la geografía taurina, la mediocridad lastimosa de tantas y tantas corridas aparece una y otra vez como un equivalente particularmente perverso y encubierto de su prohibición, mientras se viene expandiendo, por los tendidos despoblados, el yermo secarral del cemento recalentado. Entretanto, en la querencia de los bares, en sus blogs febriles, en sus folletos rotundos, los aficionados se aferran inflexibles a unos ideales tenazmente desmentidos por la realidad cotidiana de los ruedos, tan mortecina y desvaída como las sombras que se reflejaban en el fondo de la mítica caverna platónica.

En este contexto de trivialidad expansiva, cada vez resultará más difícil acudir a la Plaza de Toros con la única actitud susceptible de conferirle dignidad al ritual y a quienes lo presencian. Es decir «con la mezcla de reverencia piadosa y de ansiedad» que requiere la relación a vida o muerte con «la sustancia peligrosa de los seres vivos».


 

Eros y Thánatos
Pilar Albarracín