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sábado, 24 de marzo de 2012

Apostillas taurinas

Charles Chaplin y Edgar Neville

Edgar NEVILLE
Abc, 30 de mayo de 1962

No hay medio de que los toreros se pongan de acuerdo para vestirse de color distinto cuando alternan en la misma corrida. Terminarán por ponerles un número grande en la espalda como a los futbolistas.

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¡Qué ganas se me han pasado durante las corridas de Feria de extender un cartel grande que pusiera: The fans of Kansas City are with you, boys...!

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Siempre hay una espectadora que dice:
-Claro, con la cornamenta que tiene ese toro el matador no se quiere dejar coger.
¿Ha visto usted qué tonto, señora?

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Hay toros que parecen hermanos del matador; la misma desgana, la misma falta de afición a la fiesta, uno embiste y otro hace así con la muleta, sólo por compromiso, pero se aburren casi tanto como los espectadores.

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El pesimista dice:
-Cuando el primer toro es manso los otros cinco lo serán también. Cuando es bravo, los otros cinco serán mansos.

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Lo que distingue a las figuras del toreo de los otros es el respeto, el afecto y el agradecimiento que sienten por el toro bravo que les permitió hacer la gran faena. Belmonte y Manolete acariciaron a muchos toros en el momento de su agonía, otras veces pidieron que se les diera la vuelta al ruedo. Ordóñez, en Málaga, cuando lo arrastraban, le puso encima la oreja conquistada al pablorromero después el triunfo apoteósico.

-Al toro se le puede hacer todo –decía Juan-, menos reírse de él o tratar de ponerlo en ridículo.

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¡Y ese solitario que en pleno triunfo, en plena ovación, pita con un pito premeditado!
Ese envidioso, rencoroso concentrado, ese fracasado enfurecido. ¿Hay algo más vil? ¿Por qué no aplastarlo contra el tendido y, de un manotazo, hacer que se trague el instrumento....?
De pronto una golondrina baja al ruedo a ver la faena, llama a las otras y comienzan a jugar al toro sobre el toro y el torero de verdad.

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-¡Cojo! ¡Cojo! –grita el que quiere que sustituya un pablorromero por ese toro de la ganadería Nestlé que tienen siempre en reserva.

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¡Qué asombro el leer a ciertos críticos al día siguiente descubriéndonos el triunfo, el arte y el valor del diestro siniestro que tanto nos aburrió con su vulgaridad y su miedo!

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Hay el torero impávido, un Tancredo vestido de luces, el Tranquilino podíamos llamarle. Nos pone la miel en los labios cuando camina impasible hacia el toro y cuando se queda impávido junto a él; desgraciadamente lo estropea todo dando pases eléctricos, sin el temple que nos prometía; o sea, que en lo único que se le pide pausa, “tempo”, tranquilidad y ritmo es precisamente en esa muleta que maneja a tirones rápidos.

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Una gran parte del público está decidida a aburrirse pase lo que pase. ¡Cojo! ¡Cojo!, gritan al más leve defectillo en el paso del toro. Como si no valiera toro bravo ligeramente cojo más que el manso que nos tienen reservado para sustituirle.
Además, la cojera, si es leve, no tiene tanta importancia. Mademoiselle de La Vallière fue cojita, y hay que ver la lidia que dio...

Las Taurinas de ABC
Ediciones Luca de Tena, 2003

Mademoiselle de La Vallière