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jueves, 30 de junio de 2011

Cortés nunca lloró. Ni siquiera en los brazos de Doña Marina*



[…] ¿El árbol de la Noche Triste? ¡Bah! Simple leyenda de un hahuahuete absurdo que se muere de tuberculosis. Necesita de esa leyenda para sobrevivir. Lo mismo que algunos hombres que se pasan la vida contando hazañas que no vivieron. Hombres maltrechos y malpocados las más de las veces. Resultan más interesantes los hahuahuetes de Chapultepec. Son más fuertes. Más grandes y más robustos. Ellos también han visto a Cortés. Pero no hablan de lágrimas. No necesitan de la mala lengua para levantarse vencedores del tiempo. Rechazan las inyecciones, propias de un morfomaniaco heróico, que se le inyectan al Árbol de la Noche Triste por temporadas. Es en vano que nos repitan nuestros queridos cuates:

“Aquí lloró Cortés.”

También a mí me lo dijeron bajo el mismo arbolillo. Pero es mentira. Ni Cortés ni yo hemos llorado. Y los dos íbamos entre corchetes y alguaciles.

Cortés no ha llorado nunca. Ni siquiera en los brazos morenos y ardientes de Doña Marina.
Téngase en cuenta que esa noche llovía a torrentes, según dicen los historiadores. Rodaban los truenos por la bola negra y cóncava. Los relámpagos rubricaban los árboles con signos trágicos. Bueno, pues los truenos pudieron ser las voces roncas de los conquistadores de la raza. Los relámpagos, el zigzagueo de las espadas acuchillando las sombras en manos de los soldados. La lluvia aperdigonaba la fronda. Luego no era Hernán Cortés el que lloraba bajo el árbol de la Noche Triste. Era el árbol el que lloraba, bajo la lluvia sobre el casco de Hernán Cortés. Las lágrimas del árbol le rodaban a D. Hernándo pior sobre la barba espesa y recia.
De ahí la equivocación histórica. La mala leyenda que quiere presentar llorando como niño, en lo más culminante de la tragedia, al más grande y más fuerte de los soldados de España curtidos por el sol de Extremadura.

Alfonso Camin
La Esfera. Noviembre 1926
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*30 de Junio, aniversario de la Noche Triste