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miércoles, 15 de junio de 2011

EL CRIMEN DEL DÍA...

...28 de Junio de 1910








VISTA SENSACIONAL
EL CRIMEN DE GÁDOR
LOS PROCESADOS Y EL TRIBUNAL



ALMERÍA. (Lunes, tarde.) Hoy han comenzado, en la Sala de la sección segunda de esta Audiencia, las sesiones del juicio por el proceso incoado contra Julio H. (a) Tonto, Francisco O. (a) Moruno, Agustín R., José H., Elena A., Pedro H. y Antonia H., acusados de haber dado muerte alevosa al niño de siete años Bernardo González Parra, en el cortijo de San Patricio, paraje de “Las Pocicas”, término de Gádor, la noche del 28 de Junio de 1910.

Después de tomar asiento los procesados, convenientemente custodiados por la Benemérita, se constituye el Tribunal de derecho en la forma siguiente: presidente, D. Rómulo Villahermosa; magistrados, D. Emilio Vélez y D. Joaquín María Becerra; Fiscal, D. Federico Castro Ledesma.

Defensores: del Moruno, D. Enrique Mateos; de Agustina, madre del Tonto, D. Francisco Maldonado Sánchez; de José, hijo de Agustina, D. Francisco Coromina Puig; de Elena, mujer de José, D. Manuel García del Pino; de Pedro, padre de Julio, D. Francisco Rovira Torres; y de Antonia, mujer del Moruno, D. Pascual Domínguez.

El autor material del crimen, Francisco Leona, falleció en la cárcel de Almería, en Mayo del año actual, a consecuencia de una gastritis aguda.

Empieza la lectura de los autos.

Conclusiones del fiscal. –Los defensores.

Acto seguido se procede al sorteo de jurados, y una vez elegidos, el presidente ordena al secretario la lectura de los escritos de conclusiones provisionales de las partes. El del fiscal dice así:

Primera. Vivían en el paraje Las Pocicas, cortijo de San Patricio, término de Gádor, con anterioridad a la fecha que se indicará, el matrimonio Pedro H. y Agustina R., y su hijo soltero Julio H., y al lado, en otra vivienda, otro hijo del primero llamado José, casado con Elena A., y por aquellas inmediaciones, como a veinte minutos de distancia, en el cortijo del Carmen, el tercer matrimonio, Francisco O., alias Moruno, enfermo del pecho, y Antonia L., todos los que conocían y trataban a Francisco Leona, de Gádor, de oficio barbero y curandero en toda aquella comarca. Éralo también, y muy significada, la Antonia L., y aun más fanática, la Agustina R.

Con este motivo, las mujeres, el Moruno y Leona hablaron diferentes veces sobre la enfermedad y remedio del dicho Moruno, recetándole aquéllas algunos menjurjes y, últimamente, de procurarse y ponerse unas mantecas infantiles en el pecho de su marido y beber sangre de la víctima. La Agustina, quien dicen sus hijos que de antiguo estaba en relaciones íntimas con Francisco Leona, también entró en el acuerdo de la indicada operación, y por indicación de la Agustina, sus hijos Julio y José, y éste con su mujer, todos atentos al lucro de una cantidad que el enfermo daría, que se supone fuera de 3.000 reales.

Y al efecto, avisados y convenidos todos y animados de un mismo propósito, conjuntamente y en unidad de acción, obedientes a la idea del lucro por sucesivos encadenamientos de unos y otros, llevando la iniciativa el Leona y el Julio, sólo esperaban el momento y oportuna ocasión de poder apoderarse de un tierno niño para ejecutar sus criminales propósitos, persistiendo en esta idea días y días, hasta poder conseguirlo, y en la tarde del 28 de Junio del próximo pasado año de 1910, citados previamente Julio H. y Francisco Leona en la desembocadura del barranco del Jalvo, confluencia con el río Andarx de esta capital, que da punta al pueblo de Rioja, se apostaron ocultamente en un cañaveral, margen izquierda de dicho barranco, donde arraiga una frondosa higuera, dichos sujetos, porque por allí habían de pasar, cual costumbre de ir los chicos a comer brevas y albaricoques la víspera de San Pedro; no se equivocaron, y desde el acecho vieron venir por el cauce del río abajo tres niños con la ropita al brazo, quizás por haberse bañado, y, atravesando un bancal, cogió el Leona de la mano al niño de siete años Bernardito González Parra, que se separó de los niños porque los otros no querían que fuera con ellos; haciéndole promesas de llevarle a comer brevas y albaricoques, lo introdujeron en el cañal, donde el niño lloraba porque no quería seguir, y entonces el Leona, que llevaba al intento un saco, que obra en la causa, encontrado a Agustina, le dijo a Julio que lo abriera, y lo metió dentro para que no se oyeran los gritos, dándole vueltas a la boca de dicho saco, cargándoselo al hombro el dicho Julio, caminando barranco arriba, con precauciones al atravesar la carretera en dirección al cortijo de San Patricio, situado en un cerro alto, desde el cual se ven a distancia las personas por la gran planicie que hay, llegando al oscurecer, donde ya les esperaba la Agustina.

Dejaron al niño en un pozo que hay en el porche de dicho cortijo y esperaron que llegara José del trabajo, próximamente a las nueve de la noche, juntándose, además de estos cuatro, Elena, mujer de José, que se enteró cuando regresó de traer un cántaro de agua, y Francisco el Moruno, a quien llamó Julio por orden de su madre y Leona, que estaba advertido en su cortijo, a distancia unos veinte minutos; todos dispuestos a dar comienzo a la cruenta operación y ayudados de la luz del candil de la casa de Elena, con que ésta alumbró, sacaron al niño del saco, y en el suelo, desoyendo los monstruosos asesinos los ayes inocentes del ángel escogido para víctima de la ferocidad más estupenda, que llamaba así: “¡Papica! ¡Mamica!”

Lo suspendió Julio por medio del cuerpo, y su madre, Agustina, desabrochándole la camisita, le levantó el brazo izquierdo, y sujeto por los demás, el Leona, con una faca, le pinchó en el sobaco izquierdo, moviendo la herramienta dos o tres veces para llamarle la sangre, cuyo chorro aparó la Agustina en un vaso que en la otra mano sostenía, echándole azúcar que tenía preparada en un papel, moviéndola con una cuchara y dándole un vaso lleno de sangre al Moruno, que impasible contempló la operación, se la bebió con avidez, blasfemando “que primero era su vida que Dios”.

Pedro H., aunque enterado y conforme de lo que se trataba de hacer, se retiró antes de dar principio al crimen a una cueva que hay a sesenta metros de distancia, donde dormía casi todas las noches para guardar las higueras y albaricoqueros, siendo racional que se apercibiera de todo. Sin embargo, los pantalones que llevaba puestos el día del crimen, estaban manchados de sangre humana, según el examen de la Academia o Laboratorio de Medicina de Sevilla.

Verificada esta primera parte de la horrible tragedia, el Moruno dio a Agustina y Leona seis duros a cuenta de las 750 pesetas convenidas, dando al José dos duros, nada a Pedro y nada a Julio de los diez duros ofrecidos, y se marcharon a su cortijo a esperar las mantecas anheladas.

Después, y ya entrada la luna, prosiguiendo la ferocidad salvaje, sin que aquellos corazones se movieran a la más elemental piedad, vivo todavía el niño, volvieron a meterlo en el saco y lo llevaron Julio, José, Leona y Agustina al sitio solitario y oculto cual calvario, llamado Barranco de José Pilar, sitio elegido por Julio, y allí éste, arrojándole piedras de gran tamaño a la cabeza y después otra como de diez kilogramos de peso, por creerle con vida, lo remató, destrozándole la cabeza, cara y con fractura de los huesos de la región frontal, entre la nariz y los ojos, en el parietal izquierdo, rasgando el frontal y la región occipital con fractura del cráneo, y en tal estado, muerto ya el niño Bernardito, el Leona, ayudado por los otros tres, con un instrumento cortante le infirió otra herida grande desde el esternón hasta el pubis, abriéndole los intestinos y sacándole las mantecas, le fueron llevadas al Moruno por Julio, que se las puso en el pecho, ayudado por su mujer.

Seguidamente llevaron el cadáver a un goterón, en un barranquillo que afluye al mismo, debajo de un cortado que hay en un peñón grande, lo ocultaron boca abajo y sobre él una piedra enorme, y al lado los intestinos extraídos, tapándolo todo con matas, permaneciendo allí hasta el día siguiente 29, que el propio Julio, acaso porque no le gratificaron, denunció el hecho al Juzgado, inventando la fábula de que cazando pollos de perdiz tocó con la mano en dicho cadáver.

La mujer del Moruno, prevenida por el descubrimiento de los hechos, lavó la camisa que su marido tuvo puesta y manchada de grasa, y Agustina recogió el saco que sirvió de prisión para conducir al niño Bernardo, escondiéndolo sin tiempo a borrarle las manchas de sangre reconocidas como humanas.

Segunda. Estos hechos constituyen el delito de asesinato, calificado por la alevosía, comprendido y penado en el art. 418, circunstancias primera y tercera del Código penal, en relación con la regla segunda del art. 10.

Tercera. Son autores por haber tomado parte directa material en la ejecución de los hechos, según el núm. 1º del art. 13, los procesados Francisco Leona, Francisco O., Agustina R., Julio H., José H. y Elena A., y autores por imprudencia, según el número 2, Antonia L., y según el número 3, Pedro H..

Cuarta. Concurren y son de apreciar en contra de los expresados las circunstancias agravantes 3ª, 6ª, 7ª y 17ª de dicho cuerpo legal, apreciando la 3ª como genérica, si queda calificado el delito sólo por la alevosía, solicitando se imponga a cada uno de los procesados la pena de muerte en garrote.

Los defensores, a su vez, solicitan la absolución para cada uno de sus representados.

(Publicado en La Correspondencia de España, 28 de Noviembre de 1911. En la imagen, tomada de www.meteored.com, tormenta del 11 de Septiembre de 2007, captada por Francisco Javier Ruiz Hernández en Gádor (Almería), en dirección al Calar Alto)