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viernes, 18 de diciembre de 2009

NEW ART EN BARCELONA

"New Art" en Sanlúcar


Pepe Cerdá
pepe-cerda.blogia.com

Era en el noventa y seis. Mi amigo el pintor chino Xiao Fan y yo atravesábamos Francia en mi Opel Kadet ranchera con dirección a Barcelona. Veníamos de París. Íbamos a Barcelona porque teníamos que exponer en la feria de arte New Art que se celebraba en el Hotel Majestic, reconvertido antes de su reforma en un lugar donde celebrar ferias de arte. Íbamos cargados hasta los topes de las obras que la galería de Terjk Wiegersma, la galería Liverpool, iba a exponer en su stand-habitación. Entre las obras que exponía había algunos cuadros nuestros. Por eso, y porque nos pagaba los gastos del viaje, estábamos haciendo de transportistas.

El viaje nos coincidió con una huelga de transporte. En Francia a esta huelga se le llamó: Operation Escargot. La cosa consistía en que nutridos grupos de camiones colapsaban todas las carreteras de Francia circulando a diez por hora. El viaje París-Barcelona, que nos debía haber costado poco más de diez horas, nos costó casi veinticinco. Llegamos destrozados a Barcelona. La novia de nuestro galerista era catalana y tenía un piso familiar en Barcelona. Nosotros debíamos dormir allí:

-Es en la calle Lepanto. Entre la calle de Aragón y Valencia. Es el número 272. Apúntatelo bien. Segundo derecha. Ésta es la llave. Cuando lleguéis abrid el sofá-cama del salón y dormís allí. Nosotros llegaremos en avión al día siguiente y nos instalaremos en el dormitorio principal. Hay un parking en la esquina para dejar el coche. ¿Te lo has apuntao bien?

-Que sí... Descuida. Pasado mañana nos vemos.

En aquellos tiempos no había gps. Nos costó bastante encontrar la dichosa calle Lepanto. Mi copiloto chino, intentando descifrar un antiguo mapa de Barcelona, no ayudaba en la orientación. Pero no le culpaba. Me imaginaba a mí en el mismo trance en Pekín y seguro que lo hubiese hecho mucho peor. Pero al fin lo conseguimos. Encontramos el parking. Aparcamos el coche y nos bajamos absolutamente exhaustos. Con las fuerzas justas de llegar al sofá-cama con el que soñábamos despiertos.
Me recuerdo con el papelucho arrugado de la dirección.

-Calle... Lepanto 272... Sí, aquí es.

Era de noche. No demasiado tarde. Al intentar meter la llave en el portal, justo salió una chica que nos dejó pasar. Subimos al segundo derecha. La llave entró muy suave, pero al intentar abrir con ímpetu la cerradura la partí, víctima de mis deseos de dormir cuanto antes.

-¡Mierda!. Lo que nos faltaba.

Bajamos al patio dispuestos a dormir allí hasta que llegase nuestro galerista. Mientras el chino se acomodaba, busqué en los buzones un apellido como el de la novia de Terjk, quizás fuesen familia y nos podrían abrir. Aunque las explicaciones se me antojaban complicadas. De pronto, en los buzones vi una pegatina esperanzadora. Rezaba así: Cerrajero. Urgencias. 24 horas. 934568215.
Arranqué la pegatina y le dije al chino.

-Espérame aquí. Ahora vengo.

Llamé al cerrajero desde el bar de al lado. Los móviles no existían aún. No hizo ninguna pregunta salvo la de la dirección. En muy poco tiempo se presentó con una moto vespa. No era muy hablador. Nos prohibió seguirle. Tras unos instantes bajó. Nos dijo que le debíamos ocho mil pesetas. Se las dimos, nos quedamos casi sin dinero y se largó. Subimos al segundo y la puerta estaba abierta de par en par. Respiramos aliviados.
Abrimos el sofá-cama y nos tumbamos vestidos, derrengados, a dormir. Recuerdo no tardar ni unos segundos en quedarme frito.
No sé cuanto tiempo debió transcurrir hasta que oí un agudo chillido de una señora que me despertó. Abrí los ojos y vi a una pareja de mediana edad que, estupefactos, nos miraban.

-¿Pero qué hacen ustedes aquí?. Ya hemos llamado a la policía.

Los vecinos del rellano estaban entrando en el piso armados con unos mangos de madera. Yo intentaba balbucear una respuesta e intentaba comprender a toda prisa que qué demonios estaba ocurriendo.
Resultó, cuando se aclaró el asunto, que no estábamos en el edificio de la calle Lepanto 272, sino en otro edificio de la misma calle, pero con número 274. Por eso se había roto la llave. Dio la casualidad que también había un sofá-cama en el salón y que no había nadie porque sus moradores habían salido al cine. ¡Nos habíamos instalado en otro piso! Imagínense la sorpresa del matrimonio que al entrar en su casa se encuentran a un chino y a un barbudo roncando en el sofá desplegado del comedor. Inenarrable.

No recuerdo cómo logramos salir de aquel guirigay. Lo que sí que recuerdo es que nos volvimos al coche a dormir (es un decir) y unas horas más tarde tuvimos que montar el stand-habitación.
Para que luego digan que el mundo del arte es muy glamuroso... ¡Ay!. Señor, Señor...