lunes, 6 de septiembre de 2021

La margarita de Mbappé


 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    El mundo en vilo a la espera de la decisión de Mbappé, de cuya margarita, sí, no, sí, no,  depende el Real Madrid del Guggenheim, ese bocata envuelto en albal que se la cayó en la Castellana a un chispas que arreglaba un platillo volante, y que no es cosa de inaugurarlo con Vallejo, Lucas Vázquez y Vinicius, al que Ancelotti, que tiene retranca para eso y mucho más, ha prometido convertir en otro Drogba. Vinicius, como diría Ancelotti, ha entendido el tablao español.


    –Los jugadores ingleses tienen una mentalidad muy combativa. Si yo tuviera que ir a la guerra, iría con los ingleses, no con los italianos o con los franceses –confiesa Ancelotti en sus memorias, para que se orienten esos tolilis que ahora andan pidiendo por ahí un ejército europeo.


    Le parece esencial entender esa cultura, que es viril, y Drogba no la entendió cuando llegó al Chelsea. Entonces Terry habló con él y cambió: Drogba se puso a meter goles y se convirtió en una leyenda del club. A veces, reconoce, es mejor que estas cosas las diga el líder del vestuario y no el míster, a quien un analista planteó el siguiente análisis, primo de una trampa saducea: “Tenemos tres jugadores, Kalou, Cole y Anelka, que, cuando juegan juntos, corren más de mil metros en arrancadas y sin la pelota. Hay una relación directa entre este fenómeno y ganar el partido”.
    

Genial –contestó Ancelotti–. ¿Y dónde sugiere usted que pongamos a Drogba?
    

Con esto queremos decir que si hay alguien capaz de “desaguisar” el “desaguisado” de Vinicius es Ancelotti, que, desde luego, no nos dará otro Drogba, pero por eso Flóper pondrá en sus manos un Mbappé, espoleado en la banda por el “calienta Lucas Vázquez”, que va para década.
    

A Mbappé le diremos lo que dijimos a Cristiano en febrero de 2010: “Bienvenido, Cristiano, al país más envidioso de la Tierra”.
    

Cristiano genera una mezcla de admiración y de envidia –declaró Pellegrini, primo de Dulce María Loynaz, que entrenaba al Madrid.
    

Sobre la proverbial envidia hispánica que abrazará a Mbappé como la hiedra anotó María Zambrano: “La sacrosanta envidia nacional, que nació juntamente con nuestro origen, allá, en la remota noche o alba de la fundación de nuestro pueblo, que, desde entonces, la anda arrastrando... La envidia es infinita y, si se posa sobre algo, lo hace de esa manera endemoniada, es decir, sin reposo alguno. Porque, al fijarse, la envidia no hace sino tomar un punto de apoyo para apacentar su hambre. Tiene la característica de todo lo demoníaco: de no aplacarse con nada, de crecer en avidez a la par que encuentra alimento... Porque la envidia es el hambre de realidad, es la enfermedad de la realidad y, por eso, es la enfermedad del español, tan realista...”


    Pero Zambrano viene de Ortega, y se va por las ramas del pensamiento, proponiendo un origen religioso de la envidia. Más certero nos parece nuestro único pensador político, que en la envidia mediterránea (esa enferma siniestramente pálida, descrita por Ovidio), la nuestra, ve “un subproducto moral de la competencia en la miseria: por los puestos funcionariales en el Estado, por la influencia familiar en las colocaciones y por la buena fama en las reputaciones”:


    –La envidia calumnia las buenas famas pare reducir la competencia por un salario en la “covachuela”. Es nuestro modo de lucha por la existencia.
    

Tenga estas circunstancias en cuenta Mbappé (y el entorno de Mbappé), si escoge Madrid inspirado por la leyenda del caballero Florestán del Palier, Flopa, magnífico corredor en moto que, a imitación de los antiguos caballeros andantes que iban por el mundo descubriendo la fuente que habla y el pájaro que canta, descubrió el balón encantado: un balón -el “esférico” de los cronistas- que, fuera quien fuera el que lo impulsara y cómo lo impulsara, siempre salía proyectado hacia la portería, y siempre entraba en ella, de modo que quien lo hallara se convertiría en dueño de todos los goles del mundo.
    

La aventura del balón encantado ocurre en una carretera de los 50, donde Florestán da con cuatro futbolistas que vienen a Madrid a probar fortuna, porque han oído que es Eldorado del fútbol. El más avispado de los cuatro es un chino, Chang-Fú, que sabe que en España se esconde  una de las más asombrosas maravillas que aún quedan en el mundo: el balón encantado.
   

 –Voy en busca del valiente caballero Florestán del Palier, que querrá ayudarme en la busca del balón encantado, y me hará donación de él, ya que de nada le servirá al caballero –dice el futbolista chino al caballero español.
    

Lo encuentran a orillas del Manzanares, y no, no atiende por Joao Felix, sino por Kylian Mbappé.

 


SILVA Y WILSHERE


    Hablando de envidia, Thiago Silva aclara que no es envidia lo suyo. Lo suyo: “No tengo nada en contra de Sergio Ramos. Pero cuando le ofrecieron un contrato de dos años, Sergio tenía la misma edad que yo cuando firmé con el Chelsea. No lo entiendo. Todo esto me entristece”. Pero eso, más que tristeza, es pesar por el bien ajeno. Tristeza es lo de Jack Wilshere, la promesa inglesa más segura, sin equipo a los 29 años. “Todo el mundo me decía que a los 28 o 29 años iba a estar en lo más alto de mi carrera. Lo más difícil es explicarle a tu hijo cuando te pregunta por qué no firmas por un equipo inglés. ‘Porque nadie me quiere’, pienso”.