lunes, 15 de julio de 2024

Regates y pellizcos


Rudiger


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


La Eurocopa es una feria mundial, y siempre lo será. Las ferias mundiales son uno de los grandes inventos decimonónicos: en la de Londres del 51 los Estados Unidos rompieron la pana con dos grandes estrellas: el “revólver de repetición” de Colt y una dentadura postiza válida para cualquier boca. ¿Por qué esta “Alemania’24” no es así de divertida?


Se supone que vamos a ver competir a los mejores jugadores europeos. Vamos a divertirnos. Voy a sentarme frente a mi televisor, lo disfrutaré como nunca antes... pero es una purga, es mortalmente aburrido –ha dicho Dugarry, que jugó con Zidane, y por primera vez coincide uno con Dugarry, futbolista muy alejado del gusto infantil de uno, que es el regate.


¿Quién regatea en Alemania’74? Los intermediarios del mundo entero, todos moviendo el nogal para hacer caja, y cuatro futbolistas que la prensa de Estado reduce a los españoles Yamal y Williams, a quien ya han sentado a la mesa de “Henry ¡y Mbappé!” por un gol a Georgia, cosa, el gol, un gol internacional, que aún no ha conseguido Yamal en treinta y dos tiros entre Champions y Euocopa. Pero regatea, y con eso ha de bastar para sentarnos ante un televisor y no aburrirse hasta las lágrimas, como le ocurre a Dugarry. Es normal que el Barcelona quiera reunir a la pareja del márketing y el glamour, su Fred Astaire y Ginger Rogers, para, al menos, mantener la ilusión mediática en su relación con el Real Madrid, que tiene al regateador más grande del momento, que es Vinicius, “rapapolveado” en América por el seleccionador argentino de Paraguay, Garnero, molesto con el sombrero que Vinicius le tiró a un paraguayo con 0-2 en el marcador: “Tiene una manera de jugar que obviamente no es muy cómoda de aceptar para los rivales, pero para eso está el árbitro. El árbitro tiene que ponerle esos límites”. ¿A partir de qué minuto y qué resultado puede un regateador tirarle un sombrero a un rival sin incurrir en “delito de ética”?


La Uefa de Ceferino cuenta con un Inspector de Ética, al que imaginamos en un despacho con un busto de Kant como pisapapeles. El Ayuntamiento de Madrid contaba con un Inspector de Cornisas, y el loco de Gecé introdujo en España el movimiento surrealista con su “Yo, inspector de alcantarillas”. Bueno, pues la Uefa dispone de un Inspector de Ética que suena a prefecto del Santo Oficio y que no se ocupa de casos-causas como el “negreirato”, pues doctores tiene la Iglesia, dirá Ceferino, sino de los gestos de los futbolistas (perseguir más la grosería que la crueldad, como en los colegios de monjas), razón por la cual en esta Eurocopa están encausados el inglés Bellingham, por un auto-tocamiento de partes, durísimamente condenado en la cadena radiofónica del Régimen (nada que ver con “Ser y Tiempo”), y el turco Demiral, éste por unos cuernos que las viejas de visillo asocian a los Lobos Grises de Turquía, ultranacionalistas que en Alemania están bajo supervisión de la Oficina por la Protección de la Constitución. Se nota que Ceferino es hombre de formación clásica, y sabe que a Júpiter le basta el gesto de fruncir las cejas y agitar levemente su cabellera perfumada para que se estremezca todo el Olimpo. Demiral no es un regateador, pero Bellingham, sí, y si nos quitan a Bellingham, ¿qué nos queda de Inglaterra? (Y que conste nuestra alegría por la eliminación de la Austria infeliz de Thomas Bernhard por la bizarra Turquía de Arda Güler, más que nada por seguir oyendo al Chapi decir “el combinado otomano”, maravillosa expresión que no sale en mi Gibbon).


Contra el muermo, menos éticas y más regateadores. Eso lo ve Dugarry, y si lo ayudas, también lo ve Joaquín, el gagman bético (¡qué collera de graciosos haría con Marchena!), que confiesa disfrutar mucho “viendo jugar a Lamine Yamal y a Nico: desequilibran con su velocidad y desborde, y eso es fantástico para cualquier equipo”. Esos, desde luego, no son los ojos con que mira a Vinicius, MVP de la Champions’24 a base de regates (y de goles), que le parece “muy malo”. Mas la doble versión es una cosa muy nuestra, al menos desde la época del cine de destape setentero, cuando el gobierno todavía no había descubierto la cartilla de racionamiento del onanismo. Recordemos el alineamiento de la prensa de Estado con Rubiales, que despidió del Mundial a Lopetegui porque había fichado por el Real Madrid, y la kermés de esa misma prensa alrededor de Nico Williams para que fiche por el Barcelona en plena Eurocopa. El caso daría para un tratado sobre ética de la situación.


¿Es ético que Yamal diga en el Combinado Federalista, antes Autonómico, que él nunca jugaría en el Real Madrid? Sí, porque en el Real Madrid Yamal sólo sería otro Andrés Alonso García, Ito, aquel regateador ochentero, sólo que con mejor márketing. ¿Es ético que Rudiger reparta pellizcos de monja entre sus adversarios? Sí, porque esos pellizcos obedecen a una buena voluntad kantiana, pero Pedri, criado en el mismo equipo que el uruguayo Suárez, señalado en su día por los ingleses por pretender eliminar al Chelsea sólo a fuerza de pellizcos… ¡a Rudiger!, los considera “falta de respeto”. El respetín. ¡Ay, es que nos pellizcan! Y luego que si no ganamos Champions.


[Sábado, 6 de Julio]

Lunes, 15 de Julio

 


Juramento de Hipócrates

domingo, 14 de julio de 2024

Trump vive, la lucha empieza


El Iwo Jima de Trump


Hughes


LA SEGURIDAD. Podría ser el día para criticar a la prensa (lo será) pero quedémonos con un periodista. Minutos después del atentado («intento de atentado», «aparente atentado», «evacuación de Trump tras ruido», «caída» o simple «confusión en tiroteo») Gary O’Donoghue, un veterano reportero ciego de la BBC, entrevistaba a un testigo que afirmaba haber visto algo sospechoso minutos antes del mitin. Alguien armado trepaba por un edificio. Trump empezó a hablar cuando nunca debió subir a ese estrado. La seguridad fue avisada, pero reaccionó tarde. Voló la cabeza del tirador después de los disparos.


LA BALA. Porque fue un tirador y su bala rozó la oreja de Trump, que recibió el impacto en el mismo momento en el que giraba su rostro. Ese típico gesto suyo en el que mira a un lado mientras habla le salvó la vida. La bala iba dirigida a la base de su cráneo pero sólo pudo rozar su oreja.


Fue un tirador preciso, hubo una víctima al menos entre el público (un deplorable, casi con total seguridad) y es seguro que como mínimo se puede hablar de negligencia policial. Del tirador se sabrán cosas pero ya nunca podrá hablar. Algo quedará en el misterio, como tantas veces antes.


LUCHAD. Trump sintió el disparo, palpó su sangre, se agachó y fue rodeado como un biombo por el servicio secreto. Salió de la consternación muy rápidamente para sacar su puño y repetir al público: «Fight! Fight!«. «Luchad, luchad». Se fue agitando el puño con una euforia que no conocíamos: la de quien sale de un atentado. Ha habido muchos magnicidios, pero de la persona que se salvaba sólo conocíamos una figura tambaleándose, alguien temblando siendo retirado. Trump se rehízo, pidió hablar, pudo dirigirse al público, lanzar un mensaje y mover con rabia su puño. Su energía era una mezcla de euforia, rabia, alivio y pasión. Era un gesto casi deportivo, como si hubiera embocado en el campo de golf. Celebraba haber ganado un combate a la muerte y animaba a otro combate. De verdad, ¿conocemos el gesto de alguien en una circunstancia así? ¿No es, en cierto modo, un gesto nuevo en la historia que a la vez declara el final de algo? Había en él, ensangrentada su cara, una grandeza de ileso Julio César.


LA POLARIZACIÓN. Será la culpable oficial. Los medios tardaron horas en hablar de atentado. No era suficiente con los antecedentes históricos, la sangre, la evidencia de los disparos, tampoco las palabras recientes de Biden sobre Trump, ni la década de estigmatización de los medios. Tampoco las voces de quienes pensaban que esto pasaría porque la escalada anti-Trump ya había agotado sus posibilidades periodísticas, políticas, institucionales y judiciales. En los Estados Unidos y en sus correas de transmisión europeas, los titulares se iban formando muy poco a poco, como si evolucionaran celularmente, como lentas conjeturas de espaldas a la realidad: Trump cae, aparente atentado, ruidos alarmantes… Reconocer el intento de magnicidio será algo que cueste, y cuando suceda, la culpable será la polarización. Trump será un poco culpable de haber calentado la bala que rozó su cráneo.


ESPAÑA, AY. Dos televisiones nos informan esta noche: el 24 Horas de TVE y La Sexta, que tiene como analista a Ramoncín. En semejante noche, no es posible detenerse a describir los disparates allí repetidos, pero esa televisión, con sus cosas, al menos estaba informando. No había nada más y las portadas de los periódicos repetían los titulares americanos. Intentando uno, y sin darse cuenta, El País escribió su propio epitafio: «Aparente atentado». Eran remisos a construir una frase tan sencilla como «intentan asesinar a Donald Trump». Pudo ser un accidente de caza, bien es verdad, y, en cierto modo, cuesta conceder a Trump de repente la dignidad de la víctima o la grandeza del magnicidio. ¿Cómo hacerlo después de tantos años falseando la realidad?


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Las Monarquías


Juan Carlos de Borbón en el Pegaso de Trevijano, 1957


Javier Torrox


El mismo día que Alfonso Guerra (PSOE) –que nunca ha sido un Menéndez Pelayo– se quejaba en un acto del Instituto CEU de Estudios de la Democracia acerca del escaso nivel intelectual de Sus Señorías en las Cortes, la ilustrada diputada Cayetana Álvarez de Toledo (PP) materializó el acierto de la queja del sevillano. «Sánchez pasará; la Monarquía Constitucional, perdurará», dijo desde su escaño para concluir una diatriba contra el Gobierno en vísperas de la llegada del verano.


Durante la Presidencia de turno de la UE en 2023, el Ejecutivo socialista elaboró una extensa propaganda, tan amplia y costosa como estéril. «España es una democracia parlamentaria y una monarquía constitucional», rezaba la página web creada al efecto.


El poder Judicial también entra en esta algarabía de la confusión. En referencia al golpe a la Nación de la Generalidad de Cataluña iniciado en septiembre de 2017, el Consejo General del Poder Judicial aseguró que la asamblea regional «declaraba abolida la monarquía constitucional» al aprobar la llamada Ley de Transitoriedad. Lo expresó con este tenor en su informe del pasado marzo sobre la entonces aún Proposición de Ley de Amnistía –ahora ya aprobada, sancionada, promulgada y vigente–.


En el mismo día en el que la señora Álvarez de Toledo y el señor Guerra se habían expresado como hemos apuntado, dictó el Tribunal Constitucional una sentencia –mejor ni mentamos su escandaloso fallo a favor del privilegio de robo por razón de carné–. La corte de garantías titulaba un epígrafe de sus fundamentos jurídicos con la leyenda «Características de nuestra democracia constitucional y parlamentaria».


Las personas que ocupan los poderes constituidos del 78 no distinguen la monarquía tradicional de la constitucional, ésta de la parlamentaria y ninguna de las anteriores de la realmente existente en España en la actualidad, la monarquía de partidos. La confusión babilónica entre lo que puedan parecer las cosas, lo que todos fingen que son las cosas y lo que en realidad son las cosas es un mal endémico de los tiempos que nos ha tocado vivir.


La desorientación acerca de la naturaleza de la Monarquía del 78 es de tal magnitud que alcanza a la misma Corona. «Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras –y lo celebro– que comienza el reinado de un Rey constitucional», dijo Felipe VI en su alocución a las Cortes tras ser proclamado Rey por éstas en 2014. «La Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España», afirmó poco después en este mismo discurso. En la celebración de su primera década de reinado volvió a dirigirse a las Cortes y de nuevo se refirió a sí mismo como «Rey constitucional». Curiosamente, en esta conmemoración no pronunció ni una sola vez la palabra «Monarquía».


Vivimos un renacimiento de la peste sofista. Lo adjetivo se ha convertido en lo sustantivo del discurso público porque el modo de presentar el hecho –el relato– es hoy más importante que el propio hecho –la sustancia de las cosas: la realidad–. Esto es, el envoltorio ha sustituido al contenido. En esto consiste la infantilización del siglo, el deseo de la caja unido al desdén por lo que contiene. Es el triunfo del significante sobre el significado, de la presunción sobre la realidad: la necedad como modelo de conocimiento.


Esta es la razón de la actual fortuna de las expresiones «Rey constitucional» o «Monarquía constitucional». Lo relevante de estos sintagmas está en el adjetivo, que es la razón por la que son utilizados con tanto éxito como equivocación. El calificativo de lo que es «constitucional» no es aplicado por la relación política con este ordenamiento jurídico, sino por su coincidencia en el tiempo con la vigencia de esta norma. Esto es una fuente de errores, enredos y malentendidos que imposibilitan la inteligibilidad de cualquier diálogo. Felipe no es un «Rey constitucional». Nunca lo ha sido –como tampoco lo fue su padre, Juan Carlos–.


Veamos, sin afán de hacer un examen integral de la institución, cuáles son los principales tipos de Monarquía –occidental– que ha habido y cuáles son sus características hasta llegar a la presente.


En el pasado remoto, el Trono y el Altar eran una misma cosa. Las primeras sociedades sedentarias necesitaban una dirección política que dirimiera los conflictos internos y bregara con las amenazas exteriores de otros grupos humanos. Las normas de conducta y el Gobierno procedían de los dioses nacionales –esto es, de los de cada comunidad–. El primer Rey de Roma, Rómulo, tenía contacto directo con los dioses, acabó reunido con ellos y fue elevado a deidad por los romanos. Numa Pumpilio sucedió a Rómulo y fue el modelo de unión de Trono y Altar. Este segundo Rey de la ciudad organizó sus creencias, creó las instituciones religiosas –que posteriormente guardaron una estrecha relación con el cursus honorum político romano– y construyó los primeros templos.


Esta tradición tuvo continuidad con el cristianismo, que la bebió de los reyes de la antigua Alianza del pueblo judío y la combinó con Roma para cristianizar sus ritos paganos. «No hay poder que no provenga de Dios» –Non est potestas nisi a Deo– son palabras de San Pablo (Epístola a los Romanos 13:1). Esta sentencia en tiempos de Nerón –poco amigo de la nueva religión– del llamado Apóstol de las naciones sentó una duradera cátedra en su ámbito de influencia sobre el carácter divino del Poder. Dejó su impronta en el rito de la unción de los reyes de la Spania visigoda. El célebre Canon 75 del IV Concilio de Toledo (633 d.C.) no sólo se hizo eco de la intangibilidad de los ungidos que ya había establecido el Antiguo Testamento en sus Crónicas y en uno de sus Salmos. En estas protocortes españolas dirigidas por San Isidoro de Sevilla se oía aún el eco de la más remota antigüedad y establecieron que atentar contra el Rey era hacerlo contra Dios mismo.


La Monarquía tradicional evolucionó con sus particularidades y características locales en cada uno de los reinos y de las comunidades políticas que surgieron en la Cristiandad tras la caída del Imperio Romano y que, con el devenir de los siglos, sobrevivieron a la implacable Historia.


Los reyes y la Iglesia se disputaron la supremacía última del poder terrenal. Durante cientos de años, los monarcas cristianos gobernaron, impartieron justicia y crearon leyes en armonía con la Ley de Dios –la norma divina era un límite que moderaba el Poder real y lo limitaba–.


Acotado por la divinidad, el Poder encontró nuevos medios para crecer. Surgieron las Cortes de León –y sucesivamente en Castilla, Aragón y Navarra–, el Parlamento de Londres y otras instituciones análogas en el resto de las naciones de la Cristiandad. Cada una tenía sus matices y evolucionaron según éstos y en función de los incentivos que creaban o dejaban de crear en quienes se veían beneficiados o perjudicados por su acción. En síntesis, estas asambleas asumieron con el tiempo la potestad de crear nuevas leyes.


Alfonso X dejó dicho en la segunda de sus Siete Partidas que «en el rey yace la justicia», pero el crecimiento en extensión de los reinos imposibilitaba que la Corona atendiese personalmente su impartición. Delegada en la nobleza local o en jueces, también ésta anduvo su propio camino hasta el presente. Aún hoy, el 78 establece que la justicia «se administra en nombre del Rey».


Sobrevivió varias centurias la Monarquía tradicional, que era hereditaria en una familia. Su finalidad política consistía esencialmente en el Gobierno del reino para el aseguramiento de la paz y la libertad dentro de sus fronteras; para mantener la integridad de su territorio o, a ser posible, aumentarlo en lo que le conviniere; y, en último término, para dar ventaja a su reino en sus relaciones con las demás potencias.


Mientras cumplía con estas obligaciones inherentes a la propia Corona, ésta se disputaba el Poder con los brazos que le crecieron en las Cortes y en las Audiencias, por un lado; y con colectivos adicionales como la nobleza y los gremios, que limitaban la capacidad de acción del Rey y moderaban su autoridad mediante el ejercicio de sus privilegios frente a la Corona, por el otro.


Todo éxito político es efímero y la llama que resplandece en los grandes reyes y príncipes acaba en humo al cabo de unas pocas generaciones. Las costumbres se relajan con la creencia de que la Corona llega acompañada de la grandeza de quienes la ciñeron en el pasado, como si el hijo pudiera estar blasonado de las hazañas del padre y adoptarlas como propias. El tiempo traía monarcas humosos que preferían los entretenimientos a las fatigas del Gobierno. De este modo se hicieron los eunucos con el Poder en el Imperio Romano, así también validos y cancilleres a partir de la modernidad renancentista.


Fue en los tiempos de las revoluciones que comenzaron en Inglaterra en el siglo XVII cuando la Monarquía tradicional retrocedió junto con el mundo que le era afín. Por mor de la claridad y para evitar una extensión que comienza a ser excesiva, veamos una a una y cronológicamente las distintas monarquías que han dejado tras sí los últimos trescientos años.


Monarquía Parlamentaria. Tuvo su principio en Inglaterra tras la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Conjurada con el Parlamento y su marido Guillermo de Orange, María Estuardo arrebató la Corona a su católico padre Jacobo II. Las causas de la rebelión fueron religiosas. El objetivo era impedir que un católico ocupara el trono inglés. Tras invadir el sur de la isla con un ejército, el holandés y la hija traidora fueron proclamados Reyes. Al año siguiente, Guillermo fue obligado por la Cámara de los Comunes a suscribir la Declaración de Derechos de 1689. Esta carta imponía una serie de nuevas limitaciones al poder real en favor del Parlamento.


Según el historiador británico George Trevelyan, la suma de la Revolución y la Declaración de Derechos «decidió el equilibrio entre el poder del Parlamento y el del Rey en favor del primero y, de ese modo, dio a Inglaterra un Ejecutivo en armonía con un Legislativo soberano». Para lo que nos ocupa, confirió al Parlamento –entre otras potestades más– la regularidad en sus sesiones, la aprobación de los impuestos, la libertad de expresión en sus debates y la libertad de elección de sus miembros, que se realizaba del modo tradicional: mediante elección nominal directa de cada miembro del Parlamento por su propio distrito (constituency, lo llaman). Aún así, el Rey mantenía el poder Ejecutivo. Todo ello son los elementos constitutivos de la Monarquía Parlamentaria.


Las monarquías continentales aún existentes cumplen muchos de estos requisitos, pero no todos. Ninguna satisface, por ejemplo, el de la elección nominal directa de sus parlamentarios. Y en todas ellas, adicionalmente, el Ejecutivo es elegido por el Legislativo.


No hay ninguna Monarquía Parlamentaria en Europa.


Monarquía Parlamentaria de Gabinete. También nació en Inglaterra y lo hizo muy poco después como evolución de la que le precedió. Su génesis fue la siguiente. Guillermo de Orange y María Estuardo murieron sin descendencia. Les sucedió Ana Estuardo, hermana de María y también hija de Jacobo II. Tampoco ella tuvo hijos. Fue la última de su estirpe. Aun antes de su ascenso al trono y en previsión de ello, Westminster aprobó en 1701 la Ley de Instauración. Este ordenamiento, unido al Tratado de la Unión –con Escocia– del mismo año, convertía en heredera de la Corona inglesa y escocesa a una familia alemana protestante, los Hannover, que había emparentado con los Estuardo un siglo atrás. Esta legislación estableció la obligatoriedad de ser protestante para ser Rey de Gran Bretaña. Por añadidura, permitió un nuevo crecimiento del Poder del Parlamento en detrimento del Rey en diversos ámbitos. Fallecida Ana en 1714, le sucedió su primo alemán, que reinó como Jorge I de Hannover.


Los monarcas británicos contaban con un órgano consultivo denominado Consejo Privado. Su pertenencia se convirtió en un galardón que los reyes daban para premiar las lealtades de sus cortesanos. Cuando dejó de ser operativo por su excesivo tamaño, Carlos II (1660-1685) comenzó a reunirse con tan sólo la media docena de miembros más influyentes y destacados. Este Consejo Privado restringido recibió el nombre de Gabinete.


La Reina Ana solía integrar su Gabinete de forma alterna con miembros de los dos partidos mayoritarios del momento, los whigs y los tories. Los whigs eran así descalificados por sus oponentes, pues ese nombre respondía a la denominación de unos bandidos escoceses de la época; esta formación era partidaria de ampliar el poder del Parlamento a costa de las atribuciones del Rey; andando el tiempo adoptaron el nombre de liberales. Del mismo modo, los tories recibían este apelativo despectivo de sus adversarios, pues se correspondía con el nombre de otro conocido grupo de bandidos, éstos irlandeses; el partido tory era defensor de las prerrogativas reales frente al Parlamento; en la actualidad son conocidos como conservadores.


Jorge I pretendió mantener la costumbre de su antecesora. Sin embargo, el whig Robert Walpole –al que la tradición reconoce como el primer Primer Ministro británico– le convenció para que el Gabinete estuviera formado exclusivamente por integrantes del partido mayoritario en cada momento en el Parlamento –cuyos miembros eran y aún son elegidos de forma nominal y directa en sus respectivos distritos–.


El hecho esencial para la transformación de la Monarquía Parlamentaria fue que el primer Hannover no sabía hablar inglés. El Gabinete se reunía sin el Rey, al que le pasaban a firma las decisiones que habían sido tomadas sin su presencia ni conocimiento. De este modo, el poder Ejecutivo fue ejercido por el Gabinete, que era un órgano que no existía en la Constitución inglesa. «Los detalles de este nuevo equilibrio se formularon a través de los años mediante el desarrollo del sistema de Gabinete y el cargo de Primer Ministro», anotó mister Trevelyan.


Este fue el proceso de transformación de la Monarquía Parlamentaria inglesa en Monarquía Parlamentaria de Gabinete, que ha sobrevivido hasta el presente unida a los medios tradicionales de elección nominal directa de los miembros del Parlamento.


Esta forma monárquica es exclusiva del Reino Unido.


Monarquía Constitucional. La Monarquía Constitucional y la Parlamentaria son excluyentes entre sí. La Monarquía Constitucional es aquella en la que el poder Ejecutivo es privativo del Rey al tiempo que el Legislativo es potestad exclusiva de una asamblea integrada por diputados elegidos de forma nominal y directa por sus diputantes –que es la forma tradicional del procedimiento electoral–. Esto es, un monarca que gobierna y un parlamento que legisla.


Este modelo político requiere el cumplimiento de cuatro formalidades. La primera es que sea una Constitución la que establezca esta separación de poderes entre el Rey –poder Ejecutivo– y la asamblea –poder Legislativo–. La segunda son los medios de elección de los representantes que integran la cámara, que han de ser elegidos de forma nominal, directa y mediante mayoría absoluta por sus representados. La tercera, el aseguramiento de la reunión regular y continua de la asamblea. Y la cuarta, que prohíbe a los legisladores deliberar en presencia del poder Ejecutivo, del Rey.


Recibe el nombre de «Monarquía Constitucional» porque fue la carta francesa de 1791 –la segunda moderna tras la de los EEUU– la primera que creó esta distribución de los poderes del Estado. Fue aprobada al cabo de dos años desde el inicio de la Revolución Francesa. La Constitución española de 1812 –que fue la tercera moderna tras la francesa– también instituyó una Monarquía Constitucional que atribuía el poder Ejecutivo al Rey y el Legislativo a las Cortes. La del Doce cumplía las cuatro formalidades arriba descritas.


En la actualidad no existe ninguna Monarquía Constitucional en el mundo.


Monarquía de Partidos. La Monarquía de Partidos es la monarquía de la postmodernidad. Surgió al término de la II Guerra Mundial. Los vencedores de la contienda decidieron la forma política de la vencida Alemania para tenerla bajo control: una República de Partidos con sistema electoral proporcional. Italia –que había sido beligerante en los dos bandos de la guerra y hasta vio quebrada su unidad resultando de ello una guerra civil paralela– adoptó el mismo sistema. Esta fórmula fue descrita como «Estado de partidos» por el jurista alemán Gerhard Leibholz, que afirmó que esta forma política integraba a las masas en el Estado a través de la erradicación de la representación política en los parlamentos. Esto se traduce en la descivilización de la sociedad mediante su estatalización.


Concluida la guerra, los reinos europeos continentales también adoptaron este artificio político. La sustancia de la Monarquía de Partidos es la transformación de la Corona en una magistratura honorífica que sanciona como propias las decisiones tomadas por terceros sin su concurso. Hace del Rey un espectador del consenso apandador de los partidos, que están asalariados por el Estado con cargo a todos los contribuyentes.


Esta forma política ha dado lugar a que los partidos hayan expropiado y privatizado de facto el Estado y sus poderes como su patrimonio particular. El Gobierno y las asambleas legislativas han sido transformados en salones en los que escenifican –mediante las formas a las que les obliga el ordenamiento– las decisiones que han tomado fuera de su ámbito.


El encargado de la separación de los poderes Ejecutivo y Legislativo español es el tapicero que viste de color distinto los asientos de uno y otro poder en la misma cámara. El primero es elegido por el segundo y –como los reyes absolutos– tiene capacidad para disolver –a su arbitrio– al cuerpo legislador, que –además– delibera en presencia del Ejecutivo.


Por si lo anterior fuera poco, la elección de la cámara se realiza mediante votaciones de listas que son confeccionadas por el jefe de cada partido. El recuento electoral aplica criterios proporcionales a través de una compleja ecuación de la que nada saben los votantes y que otorga a cada voto un valor distinto en función de diversas variables que son ajenas al acto de votar. Todo esto impide la representación de los legislados. Sólo los partidos tienen representación en las asambleas.


La instaurada en España con la Constitución de 1978 es una Monarquía de Partidos, que es la antítesis de la Monarquía Constitucional y tampoco es una Monarquía Parlamentaria por más que el propio 78 así lo afirme en su primer artículo.


El lugar al que hay que dirigir la mirada para distinguir todas estas formas monárquicas es a la relación de la Corona con los poderes Ejecutivo y Legislativo. Todo lo que no sea llamar a las cosas por su nombre es ruido y confusión. El pensador político Antonio García-Trevijano argumentaba que detrás de toda corrupción del lenguaje se esconde un objetivo político. Esta opinión ya había cuajado en la antigua cultura china, que la plasmó en la obra Lüshi Chunqiu antes del inicio de nuestra era cristiana. De ella se hizo eco Julio Camba, según recogió Ignacio Ruiz-Quintano hace años:


«Si las designaciones son justas, el orden reina; si son equívocas, reina el desorden. El que confunde las designaciones, corrompe el lenguaje. Las cosas prohibidas sustituyen entonces a las permitidas. La inexactitud toma el lugar de la exactitud y lo falso ocupa el sitio de lo verdadero. El hombre noble escoge sus designaciones de tal modo que puedan ser empleadas sin equívoco en el discurso y compone sus discursos de tal suerte que puedan, sin equívoco, transformarse en actos».


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Gobernantes octogenarios




Martín-Miguel Rubio Esteban


     La patética demencia senil del viejo verde Joe Biden no debe llevarnos a la precipitada conclusión de que la edad de los ochenta años es incompatible con un maestro ejercicio del poder político. Muy por el contrario, la mayor parte de las grandes figuras de la Historia política ejercieron el poder a esa edad y con grandes éxitos para sus pueblos en muchos casos. Pongamos algunos ejemplos de distintas épocas y países. Nabucodonosor, Darío I, Augusto, Justiniano, Carlomagno, Juan II de Aragón, Luis XIV, Wellington, Palmerston, Francisco II de Austria, Metternich, Palafox, San Martín (Juan José), Espartero, Luis XVIII, Luis Felipe de Orleáns, Victoria I de Inglaterra, Disraeli, Bismarck, Moltke, Garibaldi, Pío IX, León XIII, Porfirio Díaz, Clemenceau, Foch, Guillermo II, Hindenburg, Jorge V, Antonio Maura, Petain, De Gaulle, Stalin, Pío XII, Marshall, Juan XXIII, Winston Churchill, Konrad Adenauer, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Papa Francisco, Pablo VI, Helmut Kohl, Ronald Reagan, Gerald Ford, John Adams, Thomas Jefferson, James Madison, James Monroe, John Quincy Adams, Andrew Jackson, Martin van Buren, Herbert Hoover, Harry S. Truman, Kissinger, Mao Tse Tung, Francisco Franco, Manuel Fraga Iribarne, Hirohito, Fidel Castro, François Mitterrand, Erich Honecker, Papandreou, Golda Meier, Fanfani, Andreotti, Silvio Berlusconi, Sergio Mattarella, Mario Soares, Jaruzelski, Chu en Lai, Ho chi Minh, Malenkov, Molotov, Lizardo García Sorroza, Francisco Andrade Marín Rivadeneira, Alfredo Baquerizo, José Luis Tamayo, Isidro Ayora, Luis Larrea, Oliveira Salazar, Neptalí Bonifaz, el gran orador ecuatoriano José María Velasco Izarra, Juan Esteban Pedernera, José Evaristo Uriburo, Hipólito Yrigoyen, Pedro Pablo Ramírez, Edelmiro Julián Farrel, Juan Domingo Perón, Arturo Frondizi, Arturo Umberto Illia, Roberto Marcelo Levinston, Carlos Menem, Isabel II de Inglaterra, o Juan Carlos I, entre otros muchos. Muchos de los aquí señalados fueron también viejos rijosos, pero ninguno hizo gilipolleces en su labor política. Lo que sí es un hecho es que el que de joven ha sido un idiota y un cretino, de viejo es más idiota y más cretino. Todos los vicios crecen con la edad. Pero el que nació con grandes dones intelectuales, de viejo la experiencia lo convierte en un consagrado maestro. Toda la noble asamblea de guerreros aqueos que se describe en la Ilíada, asamblea de reyes con skêptra, o cetros, guarda reverente silencio cuando el octogenario Néstor, hijo de Neleo y rey de Pilos, toma la palabra, y hasta Agamenón tiene que aceptar sus propuestas, aunque sea a regañadientes. Al viejo Néstor Homero le da el sobrenombre o epíteto de “Hippota”, en cuanto que era el mejor táctico aqueo en el uso de los carros de guerra, el Guderian de los griegos: saber mover los carros en una batalla es ciencia y experiencia. La sabiduría experimentada de la vejez la vemos en el mismo mundo griego en los términos políticos, como el de “dêmogérontes”, que formaba el consejo político de la ciudad antigua, o en la institución espartana de la “gerousía”, que es el “senatus” romano que reúne a todos los “patres familias” cuyos ancestros fundaron Roma. Al rey, en griego “basileùs”, con frecuencia Homero lo llama “gérôn”, título de honor, independiente de la edad (Aquiles, Diomedes o Áyax no eran viejos, gérontes), precisamente porque en la palabra “viejo” se encerraba una venerabilidad que emanaba de una autoridad. Si el joven Héctor lleva el epíteto de “korythaíolos”, o su sinónimo “chalkorystês” —“el de resplandeciente casco”: la juventud resplandece de tal fuerza que asusta al pequeño Astianacte—, Néstôr es “hippokorystês” (que lleva casco con penacho de crines de caballo). El joven en política, en el mejor de los casos, es un técnico o un gerente aseado de conocimientos parciales, pero el gran político viejo es un guía. En general, quien aprovechó bien los placeres de la juventud sabe ser un buen viejo. En Zamora se suele decir que “quien de joven no trota, de viejo galopa”. El que gozó ampliamente de la vida, acepta la declinación física y sexual —que no intelectual— como un fenómeno justo, confortado por dos viáticos generosos, que son el recuerdo y la sabiduría de la experiencia. Repárese que Fausto, que es el emblema del hombre viejo que busca la juventud a costa de todo, no lo hace, como se cree generalmente, por el deseo de gustar de nuevo placeres perdidos con los años, sino para ponerse en aptitud de gozar de lo que no gozó nunca; por poder rectificar una vida que dedicó a la sobriedad y al estudio y que ahora, a la vejez, juzga malgastada. Goethe, tan conocedor del alma humana, sabía, pues, lo que hacía al encarnar a su Fausto en un sabio austero y no en un calavera. El viejo debe adaptar su actividad a sus fuerzas, y la actividad política no le supone, si la ha experimentado, una cima insuperable; por el contrario, su experiencia le hacer ser un magnífico jugador de la política, aunque tenga que tener ya al médico como compañero cotidiano, lo mismo que Winston Churchill tenía al simpático doctor Lord Moran. Ya Galeno decía que la tristeza del viejo depende de desear lo que no puede conseguir; y nada se ha podido añadir a esta verdad del padre inmortal de la medicina. Galeno calificaba a la vejez (gêras) como ese estado en que los signos de la salud son neutros, ni sanos, ni malsanos. Esa salud neutra, entre la debilidad de la mala y el vigor de la buena, hace que el juicio del político viejo sea ponderado, equilibrado, experimentado, ni pesimista ni optimista, ni apático ni furioso, justo. En cierta ocasión, en un debate televisivo, Rajoy le dijo a un impertinente invectivador Sánchez: “Usted es demasiado joven”. Tenía razón. No es la vejez lo que descalifica a Biden de la presidencia de los EEUU, sino una enfermedad que suele estar asociada con la edad avanzada, pero que no castiga a todos los viejos. Una breve mirada a la Historia nos enseña que el ejercicio del poder por parte de gobernantes octogenarios, incluso en graves conflictos bélicos o grandes crisis económicas, ha salvado a sus pueblos. Pensemos, además, como Gregorio Marañón, que los errores de los viejos fueron casi siempre verdades en su tiempo. Esto nos enseñará a ser a la vez indulgentes con los que nos precedieron y modestos con los que nos siguen en la lucha por la vida. Nada da la medida de la verdadera edad del hombre como su curiosidad. La expresión genuina de la vitalidad, no es la fuerza física ni el ímpetu erótico, sino la curiosidad. El ser curioso es lo contrario de ser frívolo (v. gr. Yolanda Díaz). Y así como el abandono de los deberes depende de la frivolidad, su cumplimiento, el cumplimiento del deber y de esa forma suprema de sentir lo que es inventar el deber nuevo, nace de la curiosidad. Mientras la curiosidad se mantiene viva, no sólo está el espíritu alerta, sino que se cumple rigurosamente la misión específica que uno se ha impuesto. El afán de mejorar el país, que debe permanecer en el gobernante con cada aurora, es lo que lo alejará de la decrepitud. Por lo demás, a Joe Biden no lo va a salvar ni los injertos del olvidado Voronoff, y es bueno que así sea, porque el pobre está atontado y de hecho ya no puede presidir su país. Mientras, el pueblo americano aguarda impaciente con su mejor esperanza al juvenil octogenario Donald Trump, el presidente más joven desde Kennedy y Reagan. God save America.


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Comedia y existencia (II): «La vida en un hilo» de Edgar Neville



Armando Pego Puigbó


En el primer artículo de esta serie planteamos el estatuto ambiguo que rodea al género de la comedia concebida como una categoría arquitectónica de la imaginación humana. Mientras que en Aristóteles la tragedia nos conduce a la virtud enfrentando lo inexorable de nuestro destino, ¿de qué nos previene la comedia? ¿De una desmesura, como una hybris cómica que llamase la atención sobre ese punto de ridiculez que nos inflama eróticamente, como el amor en la vejez o la fanfarronería del joven ambicioso? ¿De un error, como una hamartía cómica que nos lleva a amar a quien no corresponde o a aspirar a un conocimiento infatuado? ¿Qué anagnórisis provoca la comedia? ¿Realmente gira la comedia sobre los vicios humanos a los que trata con ligereza comprensiva? ¿No es precisamente el tratamiento del error y la desmesura la liberación que nos concede?


Nietzsche hacía bascular el origen de la tragedia entre la individuación onírica del mundo apolíneo y la embriaguez dionisiaca de una risa sollozante. ¿Risa? Más bien, se trataría de la mueca que abraza desesperadamente las fuerzas desordenadoras que siembra el caos en nuestra existencia.


No, la tragedia por sí misma no refleja por completo nuestra naturaleza. En puridad, la tragedia más desoladora sería la muerte de la comedia. Nuestro dinamismo vital necesita que su dramatismo sea también representado por ella.


Allí donde aparece, la comedia emerge liviana y desenfadada, astuta e inocente, bajo el signo de Hermes: hermética, afronta no lo inevitable sino lo incierto; lo custodia, lo sostiene, lo protege. Lo lleva en volandas como un mensaje que el espectador debe interpretar. La comedia no se reduce a un “fueron felices y comieron perdices”, después de haber superado un conjunto de lances peripatéticos. La comedia, que nos convierte a los espectadores en coro, trastrueca el tiempo. Disuelve nuestras preocupaciones, proporcionándonos el alivio de que todavía nada es definitivo. La comedia danza con la muerte y se escabulle de sus brazos justo a punto de ser acorralada por su abrazo.


A estas alturas se podría preguntar el lector qué tiene que ver toda esta introducción con La vida en un hilo de Edgar Neville, en apariencia una comedia romántica contra las convenciones burguesas sobre la cual había prometido hablar en estas líneas de hoy. Como hemos venido sosteniendo, más allá del humor y la ironía, y hasta la leve crítica social, la comedia aborda de una manera específica e insustituible la constitución existencial del ser humano.


La vida en un hilo posee unas singularidades que no deben pasarse por alto. No es una pieza teatral que fuera adaptada para el cine, como suele ser habitual, sino justo al revés: un guion cinematográfico (1945) se convirtió, por su éxito del público, en una obra teatral casi quince años después.


En tres años Neville rueda cuatro películas que, sin ser obras maestras rotundas, contribuyen a desafiar los presupuestos de la historiografía de raíces social-realistas en torno al páramo cultural franquista de los años cuarenta, como si aquella década se hubiera reducido, entre folclorismos y exaltaciones patrióticas, a un puñado de títulos aislados como La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo J. Cela o Nada (1947) de Carmen Laforet, junto a los canónicos Hijos de la ira de Dámaso Alonso y Sombras del paraíso de Vicente Aleixandre en 1944.


La torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945), Domingo de carnaval (1945) y El crimen de la calle Bordadores (1946), con sus raptos, sus conspiraciones, sus asesinatos, bajo el amable disfraz del casticismo idealizado, no sólo representan el ápice creador de Neville, a la altura de un Fritz Lang, un Jacques Tourneur o un Jean Cocteau, sino una muestra de la vitalidad del cine español, en medio, sí, de una precariedad de medios y de unas dificultades narrativas y políticas indudables que no deberían oscurecer sus méritos. Películas como El hombre que se quiso matar (1942) o La calle sin sol (1948), ambas dirigidas por Rafael Gil, o un ejemplo de cine negro y de espías Pacto de silencio (1948) de Antonio Román, contemporáneas de las primeras novelas de Miguel Delibes o de los poemarios de Blas de Otero, muestran los esfuerzos por estar a la altura estética de su época, después de la profundísima herida de la Guerra Civil.


Cabe resaltar igualmente que el tema central de La vida en un hilo –volver al pasado para saber cómo habría sido la vida de haberse tomado otra decisión–, que es conocido sobre todo por su empleo en ¡Qué bello es vivir! (1946), recibe un tratamiento exclusivamente cómico y no melodramático como en la película de Frank Capra. Mientras George Bailey, atendido por el ángel Clarence, recorre con los ojos enloquecidos su idílico pueblito de Bedford Falls, que se ha convertido en un demoníaco Pottersville y donde reinan desatadas todas las tensiones acumuladas que su aparentemente anodina vida había logrado contener, Mercedes sueña, proyecta o imagina, ayudada por una nigromante, cómo habría sido su vida de haber aceptado subirse en el taxi que le ofreció el genialoide Miguel en lugar de sentarse con Ramón, su difunto marido pelmazo y ridículo. 


Una diferencia es fundamental. A pesar de los contratiempos o a causa de ellos, George acaba reconociendo que su vida merece la pena tal y como ha sido. Mercedes, no. De haber tomado otra decisión en apariencia insignificante, su vida habría sido no sólo más divertida, sino más acorde con sus necesidades físicas, afectivas y hasta morales. Si al final la familia Bailey se reúne reconciliada con su pasado y con su entorno, Mercedes lo asume para hacerlo renacer: ese pasado posible, imaginario, cuenta con una segunda oportunidad para hacerse real, lejos de la familia de origen.


El motivo de la repetición, y también el del doble, como apuntaremos también en un próximo artículo, proviene de un romanticismo de fondo que, evitando la grandilocuencia, intenta que el pasado conecte con el futuro mediante una trama articulada por el presente dramatizado. Regresa lo diferente que pudo haber sido o que aún queda por vivir a pesar de la muerte (como en la extraordinaria comedia de Neville El baile (1959), más inclinada, sin embargo, hacia el sentimentalismo).


Ese pasado cerrado y concluido no es, por tanto, un punto final. En La vida en un hilo,volviendo sobre sus pasos, es posible deshacerse, si no de su realidad, sí de sus efectos, en un giro que disuelve, mediante la fantasía, cualquier pretensión de determinar el futuro de la protagonista que pudieran albergar sus representantes (las tías de Ramón, insistiendo en que Mercedes conserve en su nueva vida el espantoso reloj de su marido). Como en toda comedia que se precie, hay un aspecto de renacimiento que requiere de un chivo expiatorio capaz de justificar por su pedantería el sacrificio (el alazon / pharmakos Ramón que muere de una pulmonía por querer insensatamente demostrar que lleva una vida natural).


Corresponde a la nigromante presentar entonces el eje de esta interpretación cómica de la existencia, en tanto que desempeña la función del eiron, que, según Northop Frye en Anatomía de la crítica, aun desempeñando un papel menor en la comedia, desencadena el final feliz. Se presenta como una adivinadora del pasado. Ante el escepticismo de Mercedes, responde: “La vida de las personas, como el alma está en un hilo, casi siempre se puede decir que depende del azar, y a todos nos llega un momento en la vida en el que hemos de dudar entre dos o más caminos, no sabemos cuál es el que vamos a seguir, cuál nos conviene más, hasta que escogemos uno”.


Al final de la obra, Mercedes, que ha visto representada sus dos vidas, arrastra casi en volandas a Miguel, desconcertado, azorado y excitado, por la energía cómica (y erótica) de la desconocida Mercedes que no se rinde ante lo inexorable trágico ni ante la seriedad dramática. Más que limitarse a provocar la risa, la comedia cava en el pozo de la alegría sumergida en el alma humana. Irrazonable, imprevisible, inextinguible, constituye una afirmación que no cede y que no se rinde. En un sentido objetivo y literal, representa la alegría de vivir.


Pocas obras como La vida en un hilo han pespuntado esa alegría con tanta nitidez. Queda por reconocer también los márgenes de sombra y de dolor, en medio de la vaciedad existencial, que es precisar superar para acercarse a tal gozo cómico. En el próximo artículo, con Usted tiene ojos de mujer fatal de Enrique Jardiel Poncela, nos proponemos empezar a abordarlos desafiando también o divirtiéndonos de los estereotipos que la corrección política parece empeñada en imponernos hoy en día.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Domingo, 14 de Julio

 




La Bastilla

Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos

 DOMINGO, 14 DE JULIO


En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió:


-Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos.


Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Marcos 6, 7-13

sábado, 13 de julio de 2024

Peloteros precoces

 




Fabián Ruiz con Juanjo Narváez y Loren Morón en el Betis
Siete revueltas que son siete partidos


Francisco Javier Gómez Izquierdo


          Sacan a nuestros futbolistas sus caritas de cuando eran niños, sus primeros entrenadores, lo buenos muchachos que eran todos y uno nota que alguna mentirijilla tampoco está demás. En el Diario de Burgos, por ejemplo, a los dos días del gol de Merino, un gol para retratistas, un reportero -no pongo el nombre porque no sé dónde he perdio el recorte- contaba los comienzos de Mikel ¡¡¡en el Vadillos!!!. El padre de Mikel Merino jugó un año en el Burgos, muy bien por cierto, el penúltimo de su carrera antes de retirarse la temporada 2002/03 en el Ceuta. Fue buen pelotero, Merino. Muy inteligente y los veteranos lo recordamos rematando con una cabeza de frente muy despejada. Cuando el niño Merino vivió en Burgos tenía cinco años y ¡hombre! no es edad para hacer fichas. Aclara el reportero que el mocete jugaba con la chiquillada del Vadillos -barrio de tradición futbolera- en el polideportivo Javier Gómez (buen nombre para citas deportivas) que es lo mismo que decir que los padres (los Merino-Zazón entre ellos) bajaban de los pisos a sus criaturas para que se desfogaran en la céntrica plaza de Virgen del Manzano y dieran puntapiés a pelotas propiedad del equipo del barrio. Mikel Merino empezó a jugar seriamente en Pamplona y quien lo acogió en los juveniles de Osasuna fue el gran Jan Urban, un medio al que daba gusto ver jugar.

      De Fabián Ruiz se han glosado con mucho cariño sus duros comienzos, su natural timidez y sensatez y sobre todo su zurda. Fabián es un zurdo absoluto. Un zurdo que cuando regatea parece dar brochazos a cuadros susceptibles de convertirse en obras de arte; es zurdo patanegra, no de recebo; zurdo como Di María, Ozil o aquél José Antonio Reyes que no llegó hasta donde merecía su talento. "¿Por qué no tira?" grita el poco avisado. "... porque es zocato, zocato y el balón le ha llegado a la derecha", apunta el sabidillo. En agosto del 2017, el Córdoba aún en 2ª división, se presentó en El Arcángel ante un Betis que se trajo unos 30 jugadores, más del B que de Primera. La caló exigía un once en cada tiempo. El partido servía para decidirse por alguno de los jóvenes puestos en el escaparate. Recuerdo siempre que viene a cuento a Junior Fripo y a este Fabián que nada más mostrar y esconder la pierna izquierda en El Arcángel, con ese arte que tienen los zurdos para poner de su parte al aficionado, apuntamos que el zocato rubiasco y flacucho nos vendría bien. El Córdoba se quedó con Narváez, un colombiano al que al año de dejar Córdoba y ya en Las Palmas, el Chico Flores del Leganés le abrió la cabeza dejándole cicatrices que perdurarán mientras viva. Creo que Quique Setién no tenía intención de desprenderse aquel agosto de la elegancia e inteligencia de Fabián, pero servidor, con presunción de zahorí, suele decir que Fabián pudo haber jugado en el Córdoba tras la cesión en el Elche. En esa temporada el hijo de Ancelotti se prendó de él, según cuentan las crónicas, y se lo llevó al Nápoles, excelsa plaza de catadores de zurdas.

   En el paseo mañanero, imagino a este Fabián Ruiz fitrando balones perfectos a Nico Williams, a Dani Olmo, a Lamine Yamal... Veo goles de cabeza, trallazos que besan la red, sensacionales vaselinas de los dos niños de arriba, dos criaturas que se dieron a conocer con 16/17 años para que todos aprendamos sus comienzos en serio y no se nos ocurra fabular.  Al llegar a la calle de las Siete Revueltas, ¡¡siete partidos tiene la Eurocopa para los dos mejores!! ha dado la casualidad que la he cogido por la plaza del Conde Gavia y ¡claro está! al entrar en la séptima revuelta me he topado con la Casa de las Campanas, perfecto lugar para tocar a gloria como pide este domingo 14 de julio, día al que Don Camilo José Cela dedicó un libro.

El honor


El pobresito Snchz y el Padresito Raúl


Ignacio Ruiz Quintano
Abc


Escobar, el amigo golfo de Bonafoux, le mandaron padrinos, estando en La Habana, y los despidió diciéndoles:


En las colonias no hay cuestiones de honor.

Pasemos del honor, que es palabra antigua, y vayamos a la vergüenza, aunque también empieza a serlo.


En La Habana, por lo que se ve, no hay cuestiones de vergüenza para esos políticos españoles que se pegan por un flamenquito para un selfy en la Corte Del Rey Sol Y Menores A Buen Precio (una verdad en números redondos de José García Domínguez).

Cuando el artista mexicano José Luis Cuevas, hipocondríaco tremendo, se operó de próstata, calló como un tuso porque no quería, me dijo, que su próstata estuviera en boca de todos.

El nombre de España está ahora en boca de los Castro, los Morales, los Maduro… y los Tsipras (estos son los más simplones: creen que somos una nación capaz de constituir un Eje del Mal), sin que a nadie le dé vergüenza.


A mí me la da el hecho de que en España no haya un solo político ni un solo comentarista que conozca el significado de los conceptos “bipartidismo” y “mayoría absoluta” en el ámbito de la representación democrática, pero descubrí que aquí, en materia de filosofía política, todo el mundo (a derecha y a izquierda) abreva en Sabina, cuya última ocurrencia es que “en España está en crisis el bipartidismo” (?).


Que ser valiente no salga tan caro, y que ser cobarde no valga la pena –dijo Rivera en su discurso de Madrid, citando al bardo de Úbeda, que no es precisamente Tom Paine.

Ratos así, entre la Quica y la Pelá, ¡son la vida!...

Ratos así, entre La Cuatro y La Sexta, ¡son la política!...


La nueva política, claro, que viene (de Rivera a Pablemos) con la obsesión de la “democracia danesa” (?), producto, ay, de un malentendido cuya explicación no nos cabe en lo que queda de folio.

Si aspiran a tumbar el sistema, que lo digan. Pero si su aspiración es heredarlo, lo patriótico para el votante (no es mi caso) será apoyar a los dos grandes .


Marzo, 2015

Rusia e Inglaterra


Otto von Bismarck


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Rusia e Inglaterra, dos naciones en los márgenes de Europa, y quizás los dos pueblos más dignos de Europa, más europeos, tal como establece Saussure en su inmortal Curso en relación con los hablantes de una lengua que están en las fronteras (“el espíritu de campanario”), son los principales artífices de la configuración plurinacional de Europa desde finales de las guerras napoleónicas, guerras que enseñaron a los ingleses y rusos la esencial doblez del resto de pueblos europeos –salvo España–. Muchas naciones aún existen en el continente europeo gracias a ingleses y a rusos, y sin ellos no hubieran sobrevivido, como Dinamarca, Bélgica o Luxemburgo. Y otras han nacido gracias a ellas, como Bulgaria, Rumanía, Serbia, Montenegro o Macedonia. Así, por ejemplo, la neutralidad armada de Rusia e Inglaterra consiguió la independencia de Bélgica y de Luxemburgo durante la guerra franco-prusiana, y Dinamarca no fue absorbida por Prusia porque el zar Nicolás I lo impidió llevando su ejército a las fronteras con Prusia. Tras la grave derrota de Majuba Hill a fines de febrero de 1881, la reina Victoria recibe otro golpe; la soberana se entera el 10 de marzo del asesinato del zar Alejandro II, suegro de su hijo Alfredo, y expresa su dolor afirmando que la yunta que tira de Europa ha perdido uno de sus dos bueyes, lo que significa que la reina había leído las Vidas paralelas, de Plutarco, pues en la vida de Cimón aparece esa expresión referida a Atenas y Esparta, como los bueyes que tiran de la yunta de la Hélade. El Congreso de Berlín, celebrado en junio de 1878, y presidido por Bismarck, cuyos bigotes en punta glosaban fieramente las lanzas de sus ulanos, fue el mayor Congreso de las naciones de Europa del siglo XIX, y en él Rusia e Inglaterra marcarán los principales derroteros por los que marchará Europa hasta prácticamente hoy. El gran Disraeli y el Ministro de Exteriores ruso Alexánder Gorchákov –los rusos siempre han tenido lo mejores ministros de exteriores: Schuvalov, Brunow, Nikolai Girs, Molotov, Gromiko, Labrov…– habían dicho: “Les traemos la paz, y la paz concertada con honor”. El 21 de octubre de 1878 las fuerzas británicas penetran en Afganistán, a fin de disuadir y advertir al emir de Afganistán, Sher Alí, de que no se le ocurriera nunca dejar pasar por su territorio al ejército ruso. La joya de la India tenía que quedar siempre lejos de las manos de Rusia. En el citado Congreso de Berlín Bulgaria queda constituida en principado cristiano autónomo gobernado por un príncipe elegido. El primer príncipe búlgaro fue un príncipe alemán de veinte años, pariente de Alejandro II, Alejandro de Battemberg. Al sur de los Balcanes, Rumelia oriental estará administrada bajo la autoridad del sultán de Estambul. Dentro de las fronteras de Montenegro, la distinción de las creencias religiosas no podrá ser opuesta a nadie. Serbia es declarada independiente y se proclama en ella la libertad de culto. Rumanía devuelve la Besarabia a Rusia y recibe la llanura pantanosa de Dobrudja. No deberá afectarse de ninguna manera el statu quo de los Santos Lugares en Tierra Santa, conviviendo en paz las comunidades de judíos, cristianos, tanto católicos como ortodoxos ( “Pravoslavie” ), y musulmanes ; y en Grecia, los monjes del Monte Athos, cualquiera sea su país de origen, igumenes, popes o archimandritas, serán mantenidos en sus posesiones y ventajas anteriores, y gozarán, sin excepción alguna, de entera igualdad de derechos y prerrogativas. Inglaterra ofrece Túnez a Francia, y se queda ella con Chipre, a fin de “pastorear” las gentes del Mediterráneo oriental. Efectivamente, Lord Beaconsfield y el gran Alexander Gorchákov trazaron casi definitivamente las fronteras de los países de Europa. En el Congreso de Berlín, iniciado en el Palacio Radetsky, cada país participante llevó sus platos típicos a las comidas y cenas comunes de los altos dignatarios; quizás pensando que si dar de comer a los demás es un verdadero acto de amor, esta ocurrencia bismarckiana podría generar cierta fraternidad y armonía entre los representantes de los distintos países que componían/componen Europa. Y aunque los ingleses vendieron el Congreso como una capitulación de zar, en realidad Alejandro II consiguió la supresión del control civil y militar de Turquía sobre las provincias del sur de Bulgaria. Por su parte, Inglaterra se convirtió, siguiendo las palabras de la propia reina Victoria I, en “Guardiana de los Derechos públicos del mundo”. Todos los países de los Balcanes (Bulgaria, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina –que quedará temporalmente administrada por Austria–) son amigos leales y protegidos de Rusia. Era la época en que un joven Óscar Wilde escribe “Soneto sobre las masacres de cristianos en Bulgaria”, en la que Gladstone escribe su panfleto Los horrores búlgaros, y en la que el inmortal Dostoyévski narra los empalamientos y horribles torturas que hacen los turcos a la población eslava en los artículos que escribe en la revista “El Tiempo” (Vremia), fundada por su hermano Mijaíl Mijaílovich, en “El Ciudadano” (Grachdanin) y en “La Cuota” (Skladchina), una especie de antología, editada para socorrer con el producto de su venta a las víctimas del hambre que en 1874 afligió a la región de Samara. Más de 30.000 búlgaros fueron asesinados y sus aldeas quemadas. Todavía hoy la fecha de la fiesta nacional de Bulgaria es el 3 de marzo, fecha en que Rusia firmó con la derrotada Turquía el Tratado de San Stefano. Aquí Dostoyévski actúa como el periodista que dispone de la caja de doble fondo del escritor. El verdadero periodista es un filósofo de la historia, y hay que decir que no todo gran escritor ha sabido escribir artículos, tal es el caso de nuestro Galdós. La respuesta de la barbarie islámica al Congreso de Berlín fue el salvaje asesinato en Salónica de los cónsules francés y alemán llevado a cabo por musulmanes fanáticos. Durante las dos últimas décadas del siglo XIX se sentarán las bases para la formación de dos bloques en Europa, tanto desde el punto de vista político como militar: el austro-ítalo-alemán y el franco-ruso. Esto llevó al fortalecimiento del deseo de expansión de las principales potencias mundiales y la lucha por la repartición del mundo. En un principio Gran Bretaña quedó fuera de los bloques, pero el aumento del antagonismo contra Alemania y la incipiente carrera armamentística la obligaron a establecer una alianza con Francia en 1904 y con Rusia en 1907. De esta manera se formó el bloque de la Triple Entente. Rusos e ingleses lucharán juntos en la Iª y la IIª Guerras Mundiales. Pero hoy Ucrania parece representar el papel de la Turquía de 1871. Y los nombres de generales como Surovikin, Valery Gerasimov o Yevmenov recuerdan a aquellos de Gurko, Skóbelev y Stolétov. Pero no sabemos quién hará las veces del brillante general turco Osmán Bajá.

[El Imparcial]


Sábado, 13 de Julio

 



La Ilustración

viernes, 12 de julio de 2024

La clase media


-Somos afortunados, porque, tal como están las cosas, si tuviéramos dinero íbamos a necesitar muchísimo (Mingote, 1959)


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Si el mundo y todo lo que hay en él se agrandase (o se encogiese) una noche en la misma proporción, no lo advertiría nadie, avisó Poincaré, simpático polímata francés, y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la clase media.


¡La clase media, que ha uncido a su carro los reyes, se alza con todo el poder!... –bramaba Castelar.


Es sabido lo que Vernon Walters, militar y diplomático useño, contó en ABC en agosto de 2000: “Nixon, muy preocupado con España, me dijo: 'Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que va a pasar.' Franco me recibió en pie. Me dijo: ‘Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España.' Yo le dije: 'Pero, mi general, ¿cómo puede estar usted seguro?' 'Porque yo voy a dejar algo que no encontré hace cuarenta años.' Pensé que diría las Fuerzas Armadas, pero dijo: 'La clase media española.' Se levantó, ya había terminado la entrevista.”


La clase media sustenta la democracia representativa, sistema de gobierno que sólo cuajó en América, en cuya clase media “yace el poder”, decía Alinsky, quien dividía a la humanidad en tres partes: los que tienen, los que no tienen y los que teniendo poco quieren más. “Arriba están los poderosos, políticamente “fríos y determinados a congelar el statu quo”. Abajo, los desposeídos, “masa compuesta por las cenizas frías de la resignación y el fatalismo”. Entre ambos, los que tienen poco y quieren más, pero “insisten en tener un mínimo de tres ases antes de jugar una mano en el póker de la revolución”, la Clase Media, “tibios y enraizados en la inercia” (de esta clase salieron los grandes líderes del cambio, Moisés, Lutero, Hamilton,…)”


Sus vidas están hechas en un noventa por ciento de sueños incumplidos.


Esto era así en los 50, cuando la clase media incluía a la clase obrera, hoy liquidada por la globalización, como en España, donde clase media, en definición del “gobierno de izquierdas”, es cobrar el salario mínimo.


En el Estado de Partidos todos los partidos son, por definición, de extrema derecha (de ahí la falsa matraca mediática del Consenso para desmarcarse de la etiqueta), pero a los recalcitrantes hay que recordarles la regla de Gramsci para descubrir si un gobierno es de izquierdas, que lo sería sólo en el caso de que su líder elevara su posición en la misma medida que haya elevado la posición del ciudadano más débil.


El estado actual de las clases sociales en España, según “Forbes”, es el siguiente: clase alta, más de 30.386 euros-año; clase media, entre 11.395 y 30.386; clase baja, 11.395, por debajo de lo cual (umbral de la pobreza: 10.088) te conviertes en mendigo de Mingote, condenado a dormir en el ojo de un puente sin más ropa de cama que el “pajaporte” de Escrivá, aunque, “en su sublime igualdad, la ley prohíbe igualmente tanto a mendigos como a millonarios dormir bajo los puentes”, a expensas de lo que luego determine el TC de Pumpido, nuestro Anatole France (¡aquel Bergotte proustiano!).


[Viernes, 5 de Julio]



 -Se habla de que van a hacer autopistas de peaje. Verás cómo nosotros acabamos pagando alquileres (Mingote, 1966)

Criaturas extintas: del dodo a los críticos de cine

Lo que ha hecho internet es destruir la crítica cinematográfica. Yo nunca habría adivinado que la profesión de crítico cinematográfico seguiría el camino del pájaro dodo



Javier Bilbao


En la adaptación de la obra de Balzac Las ilusiones perdidas, estrenada en 2021, vemos a un joven poeta de provincias que se traslada a París cargado de ambiciones y una vez allí, para salir adelante, comienza a escribir reseñas teatrales en un periódico. Su candidez de primerizo queda reducida a añicos a medida que va iniciándose con creciente cinismo en las (malas) artes de su oficio: nada importa la calidad de la obra teatral, ni el talento de los intérpretes, no hay mérito que juzgar pues todo se valorará en función de que los productores sobornen al medio comprándole espacios publicitarios en sus páginas —de qué nos sonará esto— o directamente al crítico teatral, bien para que valore positivamente la propia obra o se ensañe con las rivales. Imbuido de ese mezquino poder y del lucro que genera, el protagonista termina bautizándose con champán en una celebración junto a sus compañeros de profesión (o deberíamos decir, a estas alturas, compinches), que ya lo adoptan como uno más: «en el nombre de la mala fe, los falsos rumores y la publicidad… ¡Yo te nombro periodista!».  


La película es una excelente recreación de la época —eso se le da muy bien al cine francés—, aunque tampoco disimula su empeño en trazar paralelismos con nuestro tiempo. ¿Siguen entonces las cosas así hoy día? Sobre las corruptelas periodísticas no hará falta explayarme porque el lector ya tendrá sobrados ejemplos y una visión general ya configurada, así que dejemos las preguntas retóricas y centrémonos mejor en el ámbito del crítico cultural, más concretamente el cinematográfico ¿Continúan siendo así de turbios? Servidor escribió durante unos años en un medio cultural y asistió a algunos preestrenos y presentaciones: no vi sobornos explícitos (a lo mejor fui el único pardillo), sí abundan las invitaciones y agasajos variados que no exigen formalmente nada a cambio, pero la gratitud íntima puede ser traicionera… Por suerte tuve la libertad de resolver la papeleta reseñando únicamente aquellas películas que me gustaron, aunque pude percibir en general la dificultad de mantenerse a flote si uno dice realmente lo que piensa: puede que prescindan de sus colaboraciones en este o aquel medio, que dejen de invitarlo a los eventos, de quedarse, en suma, fuera de juego…


Así que no es de extrañar que ante un sistema que golpea al clavo que sobresale se acabe conformando una mente-colmena de críticos que terminan sabiendo qué charcos no pisar y qué aplaudir, aunque no lo merezca. Lo realmente decisivo es que, desde hace unos años, buena parte del público también se ha dado cuenta de esto. En particular porque ahora tiene a su alcance otras voces en internet con las que compararlos. La consecuencia es el imparable descrédito en el que han caído los críticos adscritos a los medios, situación resumida por Tarantino: «lo que ha hecho internet es destruir la crítica cinematográfica. Yo nunca habría adivinado que la profesión de crítico cinematográfico seguiría el camino del pájaro dodo». Quizá por ello su último proyecto anunciado antes de retirarse, The Movie Critic, haya sido finalmente cancelado, ni como reliquias de otra era parecen interesar ya… ¿Entonces qué opiniones nos resultan ahora relevantes a la hora de escoger qué producción merece nuestro tiempo? Dado que el fenómeno del astroturfing ha ganado relevancia en los últimos años, se diría que las que leemos en redes sociales… Aunque puedan manipularse por estudios y distribuidoras, práctica a la que ese término alude, fingiendo un clamor popular que no es tal.  Pero más allá de esto, lo que estamos viendo en los últimos años es un curioso intercambio de papeles entre gremios opuestos.


Por un lado, las estrellas de cine están dejando de serlo. Han perdido su aura, quizá porque ahora con los móviles que los fotografían en cualquier contexto y las redes sociales nos resultan demasiado cercanos —Walter Benjamin tendría para otro ensayo—, también porque han devenido en criaturas intercambiables, estandarizadas, de tal manera que apenas sirven como reclamo para atraer al público. Sí, Tom Cruise lo es, todo un fenómeno convirtiendo en oro cada cinta en la que aparece, pero recordemos que tiene 62 años. Brad Pitt es otro astro fulgurante… de 60 años. El problema es que no hay recambio generacional ¿Quién estaría dispuesto a ir al cine a ver una película simplemente porque Adam Driver salga en ella? El reclamo, que también empieza a ser cuestionable, está en las franquicias, en aquellas películas que se convirtieron en clásicos en décadas previas, pongamos Mad Max, y ahora se intenta seguir explotando con precuelas, secuelas y reboots, cada vez con menor respuesta.


Por el otro, con la crítica de los medios ya vuelta irrelevante y los actores, como decimos, jibarizados, emergen los youtubers dedicados al análisis y crítica de la cultura-entretenimiento, bien sea en forma de series, películas o videojuegos, generalmente todo a la vez. No suelen estar adscritos a un medio, formalmente son plenamente libres e independientes, convirtiendo así su nombre en una marca ante audiencia gigantescas. Es digno de mención en ese aspecto cómo la hispanidad maneja unas cifras que no desmerecen ante las figuras más prominentes de la anglosfera, entre las que merece la pena detenerse, en lo que al cine respecta, en The Critical Drinker y Nerdrotic, con más de dos millones de seguidores el primero y más de uno el segundo. Raro es el medio que hace décadas lograse semejante seguimiento, no digamos la sección de cine dentro de ellos. Resulta llamativo que ambos, además, vendan mercadería con sus logos y rostros en forma de tazas, camisetas, libros, etc ¡Son estrellas-franquicia a la vez!


¿Qué consecuencias trae consigo este cambio en el ecosistema de la información y el entretenimiento, fundidos ya en infotainment? Dado que se deben a su público y no a su medio y, además, por la magnitud que han alcanzado frente a la diáspora previa de pequeños críticos, pueden permitirse un criterio independiente cuestionando lo que aquellos no se atreven. En cierto sentido, al financiarse de su audiencia, recuperan la independencia que la prensa con su venta de ejemplares antes de internet mal que bien logró en algunos casos. Ya se sabe que quien paga manda, y la prensa digital es gratuita para el lector, así que… No es casualidad, por tanto, que ambos sean los mayores azotes de la agenda progresista o woke omnipresente en Hollywood. Hasta tal punto que Disney pretende ahora cancelarlos usando para ello todo su arsenal mediático (poseen canales como ABC, Fox y otros) al ser supuestamente culpables del fracaso de audiencia de la serie The Acolyte.


El cambio va más allá, al ser ellos mismos no meramente críticos que escriben reseñas, sino algo más amplio como «creadores de contenido» —que se dice ahora—, elaborando producciones audiovisuales que guionizan y montan ellos mismos, estrechando hasta tal punto su labor con la de los cineastas, que en el caso del escocés The Critical Drinker próximamente va a estrenar él mismo una película de acción: Rogue Elements: A Ryan Drake Story. Por su parte, Nerdrotic de momento se limita a la próxima publicación de un libro sobre su propia vida, bastante alejada del cliché que se atribuye a los aficionados a los cómics y películas de superhéroes (pasó cuatro años en la cárcel por robo, en su época de drogadicto y alcohólico). Por si alguien quiere conocerlos más a fondo, aquí una entrevista a ambos.


En resumen, se ha abierto una espita de creatividad y libertad de pensamiento que satisface, mediante la crítica, el humor y la contestación al discurso dominante, la demanda de un público que ya no encuentra lo que desea en las salas… Aunque no podemos ser ingenuos ante la perspectiva de que en este nuevo ámbito también hay y habrá abundante mala fe, falsos rumores y publicidad. Dicho de otra forma, periodismo bajo formas actualizadas. Antes de concluir, tampoco sería justo desdeñar en su totalidad a los críticos cinematográficos del pasado: algunos, muy escasos, sí lograron preservar contra viento y marea su independencia y en cierta manera fueron precursores del fenómeno esbozado del crítico-estrella. En nuestro negro corazoncito siempre habrá un entrañable recuerdo para Antonio Gasset.


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