Ignacio Ruiz Quintano
Abc
En las llamadas “democracias liberales” (ni democracias ni liberales) las decisiones no las toman los elegidos, sino quienes pagan la elección, que bien que se cobran (y hacen bien) su libra de carne, que es la movida trumpiana que nos tiene poniendo en hora al segundo el Reloj del Apocalipsis (“hay muchos a los que no les conviene el Apocalipsis”, avisó, inmortal, Pitita), que evalúa las amenazas que se despachan en este mundo, que es como el barril de pólvora en que se sentaba Bakunin fumándose un cigarro para recibir a las visitas.
Por “Las crónicas del Armagedón 2015-2024” de Scott Ritter nos enteramos de lo cerca que estuvo de dar la campanada el Reloj del Apocalipsis el viernes, 13 de septiembre de 2024, de la que nos libramos porque Biden, Sleepy Joe, perdido en su niebla cerebral, acertó a dar con el “no” a las pretensiones de Starmer de dotar a Ucrania de misiles de largo alcance. Pues entonces, dice Ritter, habríamos muerto todos. “72 minutos. Es todo lo que se necesita para acabar con la vida tal y como la conocemos”.
Con la Caja de Pandora abierta, el Reloj del Apocalipsis debe de parecer hoy un reloj daliniano. Lo idearon en el 45 los científicos del Proyecto Manhattan, porque “no podían permanecer ajenos a las consecuencias de su trabajo”. Y en el 47 lo pusieron en marcha, con las agujas colocadas a siete minutos de la medianoche (hoy están a 85 segundos) y con el cometido de reflejar los cambios básicos en el nivel del peligro continuo en el que vive la humanidad en la era nuclear.
Para jugar con el Reloj del Apocalipsis, Trump, como buen casinero, ha sustituido cualquier control nuclear por una Junta de Paz que vendría a ser como “La paz perpetua” de Kant para Hannah Arendt, es decir, un “texto irónico”, si bien de una ironía menos refinada, y más próxima al Fernán Gómez de “Bombas para la paz”, de Elorrieta y Paso, cuando dice el “to be or not to be” de la película: “Menos pum y más pan”. Que es lo que en la elección presidencial pedían los “hillbillies”.
La ausencia de controles nucleares disparará la carrera armamentística, y por vez primera podría suceder que incluso El Vaticano, si quisiera, tuviera su propia bomba. Ocurre, también por primera vez, que nos gobiernan seres extravagantes que lo ignoran todo sobre la guerra, y que creen que al Armagedón se juega con drones “para rociar con orina ligera mezclada con fentanilo a los analistas que intentan fastidiarnos”, en palabras del ceo de una de las empresas más influyente del mundo en este negocio. En resumidas cuentas, les parece de pobres la idea de “destrucción mutua asegurada”: creen que una guerra nuclear se puede ganar, y que, por supuesto, la ganarían ellos, que para eso son los que pagan la elección y toman las decisiones.
Al fondo, la mueca mordaz del viejo Nikita: “Los supervivientes tendrían envidia de los muertos”.
[Martes, 24 de Febrero]

























