viernes, 19 de julio de 2024

Cuarta novillada nocturna de verano en Las Ventas. Vázquez, Jiménez y Navas. Un pasito adelante. Pepe Campos




Manolo Vázquez con Joaquín Moeckel antes de salir para Las Ventas


PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas.

Jueves, 18 de julio de 2024. Cuarta novillada nocturna de verano. Algo más de un tercio de entrada. Noche calurosa de julio, llevadera.


Cuatro novillos de El Cotillo (procedencia Jandilla —Juan Pedro Domecq—). Dos (segundo y quinto) del mismo ganadero anunciados Hermanos Collado Ruiz (procedencia Bernardino Piriz). Bien presentados, mansos, nobles, flojos. El tercero, inválido. Dieron mejor juego los de Collado Ruiz, aunque con el mismo comportamiento, en la misma línea, sin diferencias notables.


Terna: Manolo Vázquez, de Sevilla, de grana y oro, con cabos blancos; silencio tras aviso y silencio; de veintitrés años; en 2023, siete festejos. Fabio Jiménez, de Alfaro (La Rioja), de berenjena y oro; saludos tras aviso y división de opiniones; de veintiún años; en 2023, once festejos. Mario Navas, de Valladolid, de azul y oro, con cabos blancos; silencio y saludos; de veintitrés años; en 2023, dieciséis festejos. Manolo Vázquez, se presentaba en Las Ventas.

 

Fabio Jiménez y Mario Navas, junto a Valentín Hoyos, se clasifican para la final de las novilladas nocturnas que se celebrará el próximo jueves 25 de julio.


Suerte de varas. Picadores: Primer novillo —Aurelio Cruz—, primera vara, trasera, leve, segunda, picotazo tras la cruz; de las dos varas el novillo salió suelto, tras la primera perdió las manos. Segundo novillo —José María Fernández—, primera, trasera tras rectificar, segunda, picotazo tras la cruz; el novillo salió suelto. Tercer novillo —Plácido Sandoval ‘Tito’—, primera, trasera, sin castigarle, la segunda, trasera, el novillo salió suelto y tras la primera dobló las manos. Cuarto novillo —Romualdo Almodóvar—, la primera, trasera, pegándole al novillo y tapándole la salida, en la segunda, trasera y le da fuerte; de ambas el novillo salió suelto, tras la segunda perdiendo las manos. Quinto novillo —Manuel Burgos—, primera, al relance, se rompe la vara, después, trasera, con metisaca, en la segunda, trasera, dándole fuerte. Sexto novillo —Héctor Vicente—, la primera, trasera, tapándole la salida, la segunda, picotazo tras la cruz, el novillo salió suelto.



Puede que fuera porque los novilleros que estaban citados en Las Ventas, ayer noche, llegaron a la cita madrileña más placeados, el espectáculo que vivimos en la cuarta novillada nocturna fue más entretenido, continuado y breve. Lo cual puede que indique que la contratación de novilleros debe tener ese mínimo de garantías de que conozcan el oficio y no aparezcan en la plaza Madrid sin bagaje y a la desesperada, por si les suena la flauta y la convocatoria les sirve de algo para seguir anunciándose en otros cosos. El tono de las novilladas nocturnas de este ciclo planificado por Plaza 1, ha sido muy bajo, y con pobres resultados en el plano artístico. Ya dejamos notificación de ello en crónica de lo sucedido en la primera y segunda novillada. De lo acontecido en la tercera novillada del jueves pasado, ya que no pudimos asistir a la misma, para que quede constancia de ese tono ordinario que acabamos de apuntar sobre el conjunto de las novilladas, el buen aficionado C. R-V. nos envía el siguiente resumen: «Novillos de muy seria estampa de Couto de Fornilhos. De mansa condición y algo descastados. Hubo varios animales que tuvieron posibilidades, si estos hubiesen sido aprovechados por unos espadas que entre su falta de oficio y sus monótonas maneras aventuran un futuro profundamente desalentador. [Dichos espadas mencionados, que debutaron en Madrid, fueron: Santiago Esplá, Valentín Hoyos y Rubén Núñez]».


Decíamos que en la novillada de ayer ese tono tan débil de las tres primeras citas novilleriles se elevó un poquito, diríamos que se experimentó un pasito hacia adelante en ese caminar para que la plaza de Las Ventas ofrezca espectáculos más serios, y que los jóvenes aficionados que siguen asistiendo a la misma (anoche con un armónico comportamiento), puedan, en algún instante, ver y sorprenderse con lances de la lidia que demuestren que la afición a los toros posee cierto fundamento y no es una quimera que cuentan los abuelos y los libros taurinos, tan propensos a anécdotas y chismes. En definitiva, que los toros es un arte bello y consistente. No es que anoche disfrutáramos de lances taurinos a la altura de lo que pudieron lograr, en su momento, Antonio Ordóñez o César Rincón, pero se pudo degustar, en ciertos pasajes, un acercamiento a la verdadera emoción taurina. Los novilleros de ayer vinieron más preparados (no todos, del todo) por más placeados, esto último, creemos que es un aspecto importante, por eso, de nuevo lo resaltamos. Por otra parte, las faenas fueron más breves, sin tantos muletazos, ni insistencias, ni ese volver a empezar, que puede los novilleros copien de los matadores que encabezan el escalafón, verdaderos artífices de faenas eternas, plúmbeas, machaconas e inútiles. Pensamos que a la tauromaquia actual le falta esos toreros auténticos de referencia que fueron ejemplo de rotundidad, amenidad, compromiso —por anunciarse con toros de todos los encastes— y personalidad. Etc. Para que la novillería esté iluminada por el faro de la verdadera luz. Hemos citados dos ejemplos más arriba. Podríamos sumar a esas menciones a nuestro venerado Antonio Chenel «Antoñete» o a El Cid —ahora perdido tardíamente en su propia reivindicación—, o en ese ayer que siempre añoramos, a Manolo Vázquez, porque dejó en esa vuelta colosal de Antoñete, en aquellos años ochenta del siglo pasado, un toreo de contrapunto, elegante y delicado. La presentación de su nieto ayer noche nos facilita, como remembranza y recuerdo, seguir con el contenido de esta crónica. (Un apunte antes de continuar, para que no quede la cuestión en desigualdad: sabemos de Morante, pero pertenece a otra historia que enlaza con la decadencia del toreo contemporáneo, no por sus cualidades, sino por la elección del toro a torear. Otro tema).


Entrando en la novillada que vimos: Manolo Vázquez, nos recordó todo aquello que se sabe y que hemos visto del toreo que ha aportado su dinastía, principalmente, ayer, suavidad en el trazo de los muletazos, suma sedosidad, en fin, un viaje al pasado, por la referencia a su tío Pepe Luis Vázquez, con su toreo cadencioso, y por el atisbo de toreo de frente al natural que quiso ensayar en la palestra, de su abuelo Manolo Vázquez y que el nieto no consiguió rematar. Una lástima. También pudimos apreciar ese oro viejo del vestido, tan cercano al oro y pobre de su abuelo, al vestir grana y oro. Pero todo quedó en eso, en un viaje al pasado, porque la prudencia aplicada a sus faenas por el novillero Manolo Vázquez fue tan superior que impidió que toreara de cerca, en la jurisdicción del auténtico encuentro entre toro y torero. Una pena. Debemos comentar, también que su primer novillo fue muy flojo, y el segundo que tenía más chispa fue machacado en varas. Esto denota falta de poder y de mando en el posible toreo sutil de Manolo Vázquez. En sus dos faenas se le vio ese buen corte de torero que hemos valorado y demasiado comedimiento. Poco mando y poco arrimo. En su haber que ensayó más el toreo al natural que el consabido toreo diestro. Mató a su primer novillo en la suerte contraria de media atravesada y cinco descabellos. Al cuarto novillo de una estocada en la suerte natural, casi entera, caída.


Fabio Jiménez, destacó por su toreo al natural, que nos recordó al exhibido en la feria de San Isidro por Jarocho. Es una buena noticia que los novilleros recuperen el toreo al natural, tan hartos que estamos del derechazo y sus consecuencias. A su primer novillo, tras un toreo con la derecha de poco fuste, le consiguió trazar muletazos al natural largos, templados, de buena ejecución, de uno en uno, cierto, dentro de tres tandas, sobresaliendo los naturales anteriores al remate obligado. Mató muy mal, en la suerte contraria, de una estocada muy baja y de tres pinchazos, el último soltando. En su segundo novillo, que tenía mayor recorrido, ensayó menos el toreo donde se distinguió, el toreo con la izquierda, donde lució en alguno, bien llevado el novillo en la muleta hasta atrás. Mató en la suerte contraria de una estocada baja.


Mario Navas, resaltó con el capote, sobre todo en medias verónicas muy bien rematadas. En un quite al segundo novillo, con dos medias excelentes. Y en el sexto novillo, con verónicas pie en tierra, y ya estirado, suaves, largas y dos medias superiores. En su primer novillo, un inválido, no pudo casi realizar nada notable, pues el animal se caía, se derrumbaba. Lo mató en la suerte contraria, de media estocada. En el sexto, pudo lucirse en los pases de recibo, bien llevados. En el toreo que siguió, con la derecha, abusó de la colocación de perfil. Cuando cogió la muleta con la izquierda el novillo se rajó. Al finalizar la faena con la derecha, le arrancó algún buen pase, si bien hubo enganchones. Lo mató en tablas en la suerte contraria, de un pinchazo y una estocada de mérito volcándose en el morrillo. Mario Navas, es un novillero que desde que se presentó en Madrid, ha dejado constancia de su calidad. Con el capote y en el toreo al natural. No obstante, no ha podido redondear ninguna actuación. Esperemos que pueda llegar porque tiene buenas condiciones.



Las Ventas, ayer

Plastilina


Debate sobre el estado de la Nación


Ignacio Ruiz Quintano
Abc


La socialdemocracia (ni socialismo ni democracia) es la plastilina política de Europa, sumida en la ensoñación de un mito nórdico que, reducido a estadística, sólo es más impuestos… y más suicidios (con el permiso de la Salzburgo de Thomas Bernhard).

El juego se reduce a hacer como si todo fuera lo que no es. Como si Rajoy fuera la derecha, y Snchz, la izquierda. Como si eso fuera bipartidismo (imposible en un régimen de partidos-lapas estatales). Y como si un debate en el Parlamento (¡un Parlamento donde la estrella es el Banco Azul!) fuera la separación de poderes de Montesquieu.

La propaganda (y la costumbre) se encarga de todo: detrás de cada partido va un grupo de intelectuales al modo de aquellas penitentes que en la “Madrugá” de Sevilla acompañan al Gran Poder cubiertas con un plástico para protegerse de la cera que los nazarenos les echan con sus cirios.

Lo real es que, al margen de sus lecturas, entre Rajoy, que acostumbra leer el “Marca”, y Snchz, que acostumbra leer la fecha de caducidad de los yogures, no hay diferencia ideológica alguna. Como tampoco la hay entre Rivera Pablemos (ni entre estos y los anteriores), por citar a los llamados a refrescar el sistema. Por encima de los puntos de vista de cada uno, está el apetito de poder, y la forma más rápida de satisfacerlo es el oportunismo. ¡Si hasta Pablemos se autonombra jefe de la oposición!


Es verdad que Pablemos viene del chavismo, pero tampoco hay que pensar que, si aún no hay candidatos a alcaldes de Madrid, es porque nadie quiere serlo por temor a acabar, cuando mande Pablemos, como el alcalde de Caracas.


Al lado de Varoufakis, Pablemos es un perrillo cusco, y todos hemos visto al ministro alemán Schäuble parar, templar y mandar (a tomar viento) a Varoufakis, que sólo era un “juampedro” impaciente.

El prodigio de la plastilina socialdemócrata es que Albert Rivera y Pablo Casado, el pepero que apunta a Madrid, sean (¡ontológicamente!) dos gotas de agua. 


Febrero, 2015

Viernes, 19 de Julio




El cameraman

jueves, 18 de julio de 2024

Aristóteles


Que dice Almodóvar que a él Bárcenas le da para cuatro padrinos


Ignacio Ruiz Quintano
Abc


    Con el bipartidismo en crisis terminal, me he dado un garbeo por la política para ver el futuro, en manos de la juventud y las mujeres. Es decir, las repasatas magentas de Rosa Díez y los silogismos rojos de Alberto Garzón.

    
Diógenes, el gran gruñón, o Aristóteles, el gran enredador.

    
Educación cívica, la que va desde Aristóteles hasta Robespierre y Marx, pasando por Jefferson o Maquiavelo en sus “Discursos” –pedía este fin de semana el joven Garzón, cuyo título de Diputado Más Joven del Congreso le permite disparatar a conciencia (de clase).

    
¿Y no le vendría mejor Aristófanes, cuyas sátiras se servían entre tragedia y tragedia para amenizar las mariscadas de Dionisos?


    Pues no.


    Insistía el joven Garzón en “la promoción de la virtud aristotélica, el zoon politikón, la participación en la vida pública”, amenazando, de no tomársele en serio, con “la democracia ‘participativa’ de Efialtes o Pericles, en vez del liberalismo de ‘no interferencia’”, para que no se diga de la Generación Mejor Preparada de la Historia, la de un joven Garzón cuya nómina del Estado quita el hipo.


    No sé yo cómo andarán ustedes de aristotélicos, pero a mí los frailes de Pamplona me dieron más lógica de Aristóteles que chistorra de Zubiri (el pueblo, no el filósofo), o sea, el futuro comunista prometido: frugalidad en la mesa y aristotelismo en la escuela.


    Pero frugalidad en la mesa ya nos la garantiza el bipartidismo rampante, que aún podría recuperarse en las encuestas si para entretener al hambre nos ofreciera algo más divertido que los silogismos tuiteros de Garzón, que no sabe, por joven, que desde el XVII, y esto lo tiene dicho Bertrand Russell, todo avance intelectual serio ha de comenzar con un ataque contra alguna doctrina aristotélica, incluida esa lógica que lleva a Su Antigüedad Almodóvar a decir que Bárcenas da para cuatro “Padrinos”.
    

Quedémonos en el “justo medio”: Bárcenas es a Corleone lo que Almodóvar a Coppola.


Diciembre, 2013

La estrategia húngara o cómo la batalla afila la espada (Se publica en España el libro de Balázs Orbán)


Achmed Sukarno


Javier Bilbao


Se cuenta que Sukarno, presidente de Indonesia en una época y lugar de particular tensión dentro de la Guerra Fría, era un objetivo de considerable interés tanto para la CIA como para la KGB. Ambas agencias anhelaban someterlo de una u otra forma a sus directrices, así que los últimos, conocedores de la fama de mujeriego que arrastraba, tuvieron la feliz idea —para él, al menos— de infiltrar a una espía como azafata para acostarse con él y grabar el encuentro. Una vez consumado el acto, se reunieron con Sukarno para mostrarle las imágenes que pretendían hacer públicas si no accedía a su chantaje, pero él, lejos de sentirse avergonzado, les pidió una copia para su disfrute personal. No habían tenido en cuenta que practicaba la poligamia (era musulmán) y que en su entorno social tales revelaciones no habrían erosionado en absoluto su prestigio, pues muy al contrario él solía jactarse abiertamente de sus conquistas. Misión fallida.


Esta anécdota resulta ilustrativa acerca de los malentendidos culturales y de la dificultad de exportar de un país a otro una ideología o sistema de valores y es, también, la que usa Balázs Orbán como ejemplo que explica el núcleo de su obra La estrategia húngara, recién traducida al español. Se trata nada menos que del director político del primer ministro Viktor Orbán y viceministro de Estado, alguien plenamente cualificado por tanto para describir las guías fundamentales y objetivos a largo plazo del Gobierno de un país que ha conocido durante demasiados años la subordinación a potencias e imperios, la imposición de doctrinas ajenas a su propia tradición cultural y que, por todo ello, es ahora particularmente celoso de su independencia y soberanía.


La receta que nos muestra, por paradójico que resulte, es que no la hay. No existe un conjunto de reglas común para todos los países para alcanzar el buen gobierno, de tal manera que cada uno lo mejor que puede hacer es indagar en su propia historia y adaptar lo que venga de fuera a su propia idiosincrasia; como expresó un académico de aquellos lares, «emplea cada piedra útil del viejo edificio cuando vayas a construir el nuevo».  Así que eso es lo que hace Balázs, recorrer los mil años de historia de un país fundado por Esteban I que precisamente dejó escrito: «¿Qué griegos gobernaron romanos por métodos griegos? ¿Qué romanos gobernaron griegos por métodos latinos? Ninguno. Por tanto, sigue mis hábitos y podrás ser el primero entre tus pares, y así ganar el aplauso entre los extranjeros».


Un sucesor suyo, Andrés II, sancionó en 1222 la Bula de Oro, un texto constitucional que limitaba el poder real, otorgando ciertos derechos a la nobleza y asentando la idea de que un Estado fuerte no tiene por qué ser autoritario. Ese bagaje legal iría tomando forma en lo que se conoce como Szent Korona-tan o Precepto de la Santa Corona (también llamada Corona de San Esteban, en honor al citado fundador), cuyo principio esencial es que el poder no está encarnado en el rey, sino en la corona. Lo que establece una sutil pero importante diferencia, nos explica Orbán: «el rey meramente ejerce ese poder y no lo hace solo, en su lugar él rige de acuerdo con la nación, como una parte equiparable. De hecho, ningún rey tenía la autoridad para alterar las leyes de la Santa Corona ni para quebrarlas. Ese fue el imperio de la ley en la Hungría medieval». 


Como puente entre la Edad Media y el Renacimiento llegaría después el rey Matías Corvino, una figura fundamental en la sedimentación de la conciencia colectiva húngara: si Esteban I fue su Isabel la Católica, él sería su Felipe II. Modernizó el Estado, patrocinó las artes convirtiendo su corte en un centro renacentista fuera de Italia y, sobre todo, convirtió a Hungría en el mayor poder centroeuropeo con sus conquistas militares, en cuyo despliegue, dice el autor, «quedó atrapado en uno de los motivos recurrentes de la historia húngara: temió al Este pero terminó combatiendo al Oeste». Tras él, en 1526, llegaría la debacle con una derrota ante los turcos, que terminarían ocupando Buda (la ciudad que luego unificándose a otras dos mutó en la actual capital, Budapest) y se convirtieron en la primera potencia extranjera en ocupar la cuenca cárpata… Algo que se volvería fastidiosamente recurrente. El siglo XX resultó particularmente calamitoso para el país, con una efímera República Soviética Húngara en 1919 que apenas duró cuatro meses, posteriormente cayó en la órbita del Tercer Reich y, saliendo del fuego para caer en las brasas, este fue sucedido por la ocupación soviética.


Bajo ella tuvo lugar un episodio de insubordinación nacional de considerable impacto mundial para un país de apenas diez millones de habitantes, la Revolución de 1956, sobre cuyos antecedentes y contexto servidor escribió hace unos años este texto que modestamente les recomiendo. Como un volcán con las laderas cubiertas de nieve, el anhelo húngaro de soberanía siempre está presto a hacerse notar aún en las circunstancias más adversas. Ahí tenemos todo un ejemplo a seguir. Aunque no llegaron a liberarse del yugo soviético sí se pudo dar paso a un socialismo a la húngara conocido como kádárismo por János Kádár, cuyo régimen fue más flexible a las demandas populares. Incluso se permitieron viajes a países occidentales, detalle este que décadas después se volvería trascendental en los días que precedieron a la caída del Muro de Berlín. Hungría terminó saliéndose con la suya al darle la puntilla a la URSS.


No obstante, los años 90 trajeron consigo lo que Orbán denomina «transitólogos» (la española devoción a la Transición puede encontrar aquí cierto paralelismo), teóricos liberales que padecían en común con el marxismo su querencia por aplicar una receta sin importar el bagaje cultural e historia del país receptor, ambos inmersos en la creencia de un Progreso ineluctable que culminará en un régimen que supondrá el fin de la historia. Los países del Este debían imitar en todos los aspectos a los occidentales y no había nada más que hablar, la hoja de ruta estaba marcada. Pero el siglo XXI comenzó con unos atentados, nos dice nuestro autor, que mostraron cómo no todo el planeta anhelaba los valores liberales hegemónicos; fueron seguidos de una crisis económica que cuestionó los fundamentos mismos del sistema y, como remate, en 2016, con el Brexit y Trump, la población del epicentro de eso que se denomina Occidente se rebeló queriendo desandar lo que consideraban un camino equivocado.


En este contexto de un mundo que evoluciona del liberalismo al posliberalismo, del unipolarismo al multipolarismo, de la globalización/globalismo a la soberanía recuperada de los Estados nación llega al poder Victor Orbán, en 2010, hasta hoy, decidido a no sustituir la órbita de un imperio por la de otro, sino a oscilar e intermediar entre los poderes mundiales priorizando sus intereses nacionales. Y con él los países del Este, particularmente Hungría, han pasado de seguir la moda a protagonizarla, de ser sujetos sufrientes de la historia a tomar las riendas, pues concluye Balázs Orbán, retomando aquella enseñanza de Esteban I, «el completo trasplante que no se esfuerza en adaptar el nuevo sistema a las peculiaridades del país está condenado a fracasar».


Lo cual significa en el caso húngaro constatar las raíces cristianas como fundamento del país, así como las instituciones legales y administrativas que lo caracterizan desde hace un milenio y preservan la libertad a sus ciudadanos, reivindicar las fronteras, el nacionalismo y el Estado-nación que este conforma como «la formulación política más exitosa de la historia de la humanidad» y, finalmente, reconocer a la familia, según el prefacio de una ley que cita aprobada en su país, como «la unidad básica de la sociedad, garantía de la supervivencia de la nación, medio natural de desarrollo de la personalidad humana que debe ser respetada por el Estado. El terreno sólido para el establecimiento de la familia es el matrimonio (…) no hay desarrollo sostenible ni crecimiento económico sin el nacimiento de niños y la extensión de las familias». Esa es, a grandes rasgos, la estrategia húngara. No parece que les esté yendo mal.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera

Jueves, 18 de Julio

 


Carrera de sacos

miércoles, 17 de julio de 2024

Gibraltar español



Luis Ciges


 PUNTA AMADA


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    A Luis Ciges, el cómico pasmarote de Berlanga, sobrino de otro pasmarote nacional, Azorín, le fusilaron al padre en la guerra, y a él lo recluyeron con su madre en un convento. Un día me citó para una entrevista en el “Oliver” de Conde Xiquena y allí, de cháchara, echamos la noche, donde Ava Gardner (cuando “en Madrid, si conoces la ciudad, la noche no acaba nunca”) echara alguna nochevieja.


    –En Alicante nos miraban mal porque nos habían fusilado al padre. Y acabé en la División Azul. Me pegué un año entero en el frente ruso. Luego me relevaron por no dar la edad. Me vino el “mal de guerra”, la crisis, la fiebre... Yo con fiebre, y al lado estaban componiendo con un acordeón el himno ése de “Gibraltar, Gibraltar”
   

 ¡Adelante, por España!, / que si en Rusia ya triunfó mi División, / no es bastante nuestra hazaña, / si es inglesa la bandera del Peñón. / ¡Gibraltar!, ¡Gibraltar! / punta amada de todo español.
    

Recuperar la soberanía sobre la “punta amada” fue la gran promesa, que yo la oí, del felipismo en el balcón del Palace cuando el 82, pero estamos en el 21, año del Brexit, y el soberano (¡el que decide la excepción!) es… Boris Johnson.
    

Que los conservadores vayan a España, le den palmadas en el hombro a Carrero y visiten las bodegas de Jerez no anula un hecho fundamental: ellos no devolverán Gibraltar… ¡jamás!... a nadie –avisaba, desde Londres, Felipe Mellizo, en los 60.
    

Ahora que María Aránzazu toca en la falda del Peñón el acordeón que en Rusia oía Luis Ciges, vemos lo bien que Gracián explicó el “Gibraltar, Gibraltar” en su “Criticón”:
    

–Visto un león, están vistos todos, y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno, y aun ése no bien conocido
    

Nota de mi "ladino profesor" para que María Aránzazu la deslice bajo la servilleta de Boris: “Cuando un soberano carece absolutamente de contrincantes, ya no es soberano. La monarquía inglesa es indiscutida porque no es soberana. Un soberano ‘hors de concours’ es un soberano ‘honoris causa’”.


Enero, 2021

Miércoles, 17 de Julio

 


Juego de piernas

martes, 16 de julio de 2024

Estudios superiores

El chico de los Rothschild 



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Circula por las redes un chascarrillo que viene a explicar la situación de nuestra patocracia: “Lo que realmente hace única a España es la gente con carreras universitarias sirviendo cervezas y gente sin el graduado escolar dirigiendo el país”.


En las patocracias los medios juegan el papel de celadores del manicomio, y en el manicomio los únicos con derecho a patio son los liberalios, o sea, “la gente competente”, que dice Espinosa, expresión, según Torrox, sospechosamente idéntica a la “minoría rectora” que pedía Ortega (“minoría selecta”, “minoría egregia”, “los mejores”).


El orteguismo propone que, como en España no hubo feudalismo, tampoco hubo señores, y de ahí nuestro “odio a los mejores”, que “aquí lo ha hecho todo el pueblo, y lo que el pueblo no ha podido hacer se ha quedado sin hacer”. El pueblo, no el señorito Boyer, hizo lo de Rumasa, pero el pueblo no pudo hacer la democracia, y ha tenido cincuenta años para hacerla.


A Ortega le llama la atención que del estado miserable de nuestro pueblo hacia 1450 se pasara, en cincuenta años, a una prepotencia en el nuevo mundo sólo comparable a la de Roma en el antiguo.


Entre 1450 y 1500 sólo un hecho nuevo de importancia acontece: la unificación peninsular.


El 78 ha consumado, en el mismo tiempo, la balcanización peninsular, pero ya no está Ortega para razonarlo. Él atribuía la falta de “los mejores” a las invasiones germánicas. Los franceses recibieron a los francos, y les fue de vicio hasta anteayer, cuando el chico de los Rothschild (“minoría egregia”) contuvo al fascismo metiendo al zorro comunista en el gallinero de Le Coq. Nosotros, en cambio, recibimos a los visigodos, “germanos alcoholizados de romanismo”, decadentes y corruptos. ¿Dónde está hoy “la gente competente” de Espinosa?

 

Si el 25 por ciento de una generación tiene estudios superiores, se hace la idea de que posee una superioridad intrínseca: al sueño de la igualdad le sucede una legitimación de la desigualdad –tiene observado Emmanuel Todd en “La derrota de Occidente”.


En América, sólo el 7 por ciento de los alumnos estudian “engineering”, pues hay una fuga interna de cerebros: hacia Derecho, Finanzas, Empresariales, con ingresos superiores. Los economistas (Espinosa lo es), al constatar que más estudios suponían más ingresos, consideraron que esos ingresos medían una mejora del capital humano; no se les ocurrió que los estudios superiores en Derecho, Finanzas o Empresariales, lejos de mejorar las capacidades productivas de los individuos en cuestión, les otorgaban, en virtud de su posición social, una mayor capacidad de “depredación” de la riqueza producida por el sistema.


Resumiendo: los mayores ingresos de los más instruidos reflejan el hecho de que abogados, banqueros y tantos otros en el sector servicios son una jauría de excelentes depredadores.


La multiplicación de diplomados genera una multitud de parásitos. Cosas de los visigodos.


[Martes, 9 de Julio ]

Martes, 16 de Julio

 


Qué arte

lunes, 15 de julio de 2024

Merecido



Pedri junto a la iglesia memorial del Káiser Wilhelm dejada como monumento a la devastación (Fotografía tomada en Berlín el día del España-Croacia por Ángel León, buen amigo)



            Francisco Javier Gómez Izquierdo


            Eran las "en punto" cuando Mainoo se puso delante del balón en el centro del círculo; comprobó que sus compañeros formaban dos líneas perfectas; una con cuatro elementos, la otra con cinco, juntas y arrimadas las dos a la marca que divide el territorio de cada equipo y ¡pum! lanzó para sorpresa de propios y extraños a Pikford, su portero, para que éste largara un pase profundo a Saka, el en apariencia niño bonito del entrenador Southgate. El movimiento más pareció salido de la sesera de un estratega tan chusquero como ridículo que de la cabeza del almirante que se espera. En la primera parte no hubo más. Bueno, sí. Se vió al elegido mejor jugador de Inglaterra, Foden, chospar alrededor de Rodrigo, ese medio centro envidia de entrenadores, a Mainoo del que dicen es talento por desbravar, buscando en vez del balón a Fabián desesperadamente, y Rice, un tipo serio que suele jugar con mucho sentido, preocupado del escurridizo Olmo, al que mi chico y los del pueblo de mi doña le llaman "el chico de la Justa".


      La primera parte fue pesada, aburrida, de cambiar de posición en el sofá cada fuera de banda y cuando "mesié" Letixier amonestó a Kane y Olmo servidor temió a ese árbitro de baloncesto en el fútbol tan querido y respetado por los locutores televiseros españoles y que tanto daño están haciendo a la comprensión del deporte más hermoso del mundo. Eché de menos a "mesié" Turpin, pero reconozco que su paisano corrigió los dos arrebatos. La Segunda parte asomó tormentosa, para servidor al menos, cuando se vio a De la Fuente hablar con Zubimendi porque Rodrigo se había lesionado. Me invadió el pesimismo, pero al tiempo (un minuto) y rascándome preocupado el colodrillo apareció Lamine en modo saleroso para poner a Nico un balón de gol... que lo fue tras certero disparo del muchacho de las rastas que lucen hipnóticas y hechiceras. Con el gol en contra, el entrenador inglés, que confía en la Fortuna como si estuviera adoptado por ella, a la hora echó mano de sus conjuros: primero de Watkins, el del gol que aún no cree haber marcado ante Holanda, y diez minutos después de Palmer, un cigüeño que personalmente no me cae muy bien del todo desde el año pasado con los sub-21 pero que tiene una zurda de aquí te espero. No, míster Southgate, todos los años no pare la borrica un boche. Ustedes pasaron con un penalty ante Holanda de los que no valían cuando el fútbol no era televisero; porque Pikford estuvo afortunado en la tanda de lanzamientos ante Suiza, por la tijera de Bellingham al borde del toque de campana... Han jugado feo, muy feo. El equipo inglés ha estado mal "apañao" y teniendo en cuenta la cantidad de talento que almacena, los dioses del fútbol han hecho justicia no permitiendo que ustedes ganaran la Eurocopa. La ha ganado España, la selección que se ha adaptado a cada situación, pero siempre con intención ganadora. Ha sido así porque Luis de la Fuente sabe mucho de ésto y ha demostrado a los que ha llamado que tiene fe ciega en ellos. Su medio llegador era Pedri y es decisión que Olmo asumía, pero Kroos, al que parecía preparada ésta Eurocopa para personal engrandecimiento, posibilitó con inusual violencia que el bueno de Dani dijera "...aquí estoy yo. Te arrepentirás de lo que has hecho con mi amigo". La confianza de don Luis en Oyarzábal la tachaba de enfermiza Rafalín: "... Siempre lo pone aunque sea poco". Pues por algo será. La jugada del gol del triunfo perdurará en las memorias y la firma la lleva Oyarzábal. ..¿Y qué decir de Cucurella, al que dábamos como suplente de Grimaldo? (Permítaseme apuntar que yo lo veo un poco "desbaratao" y a veces embestidor a destiempo, pero está a lo que está, éso sí). ¿Y Zubimendi o Merino, prestos a cumplir lo que se les mande? Son tipos todos a los que el seleccionador conoce desde chicos, chicos. Si él confía en ellos, como el otro don Luis, el Aragonés, confiaba y conformó un equipo temible, felicitemos a este hombre y dejémosle trabajar en paz como a él le gusta. Servidor cree que la labor le cunde. 

Regates y pellizcos


Rudiger


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


La Eurocopa es una feria mundial, y siempre lo será. Las ferias mundiales son uno de los grandes inventos decimonónicos: en la de Londres del 51 los Estados Unidos rompieron la pana con dos grandes estrellas: el “revólver de repetición” de Colt y una dentadura postiza válida para cualquier boca. ¿Por qué esta “Alemania’24” no es así de divertida?


Se supone que vamos a ver competir a los mejores jugadores europeos. Vamos a divertirnos. Voy a sentarme frente a mi televisor, lo disfrutaré como nunca antes... pero es una purga, es mortalmente aburrido –ha dicho Dugarry, que jugó con Zidane, y por primera vez coincide uno con Dugarry, futbolista muy alejado del gusto infantil de uno, que es el regate.


¿Quién regatea en Alemania’74? Los intermediarios del mundo entero, todos moviendo el nogal para hacer caja, y cuatro futbolistas que la prensa de Estado reduce a los españoles Yamal y Williams, a quien ya han sentado a la mesa de “Henry ¡y Mbappé!” por un gol a Georgia, cosa, el gol, un gol internacional, que aún no ha conseguido Yamal en treinta y dos tiros entre Champions y Euocopa. Pero regatea, y con eso ha de bastar para sentarnos ante un televisor y no aburrirse hasta las lágrimas, como le ocurre a Dugarry. Es normal que el Barcelona quiera reunir a la pareja del márketing y el glamour, su Fred Astaire y Ginger Rogers, para, al menos, mantener la ilusión mediática en su relación con el Real Madrid, que tiene al regateador más grande del momento, que es Vinicius, “rapapolveado” en América por el seleccionador argentino de Paraguay, Garnero, molesto con el sombrero que Vinicius le tiró a un paraguayo con 0-2 en el marcador: “Tiene una manera de jugar que obviamente no es muy cómoda de aceptar para los rivales, pero para eso está el árbitro. El árbitro tiene que ponerle esos límites”. ¿A partir de qué minuto y qué resultado puede un regateador tirarle un sombrero a un rival sin incurrir en “delito de ética”?


La Uefa de Ceferino cuenta con un Inspector de Ética, al que imaginamos en un despacho con un busto de Kant como pisapapeles. El Ayuntamiento de Madrid contaba con un Inspector de Cornisas, y el loco de Gecé introdujo en España el movimiento surrealista con su “Yo, inspector de alcantarillas”. Bueno, pues la Uefa dispone de un Inspector de Ética que suena a prefecto del Santo Oficio y que no se ocupa de casos-causas como el “negreirato”, pues doctores tiene la Iglesia, dirá Ceferino, sino de los gestos de los futbolistas (perseguir más la grosería que la crueldad, como en los colegios de monjas), razón por la cual en esta Eurocopa están encausados el inglés Bellingham, por un auto-tocamiento de partes, durísimamente condenado en la cadena radiofónica del Régimen (nada que ver con “Ser y Tiempo”), y el turco Demiral, éste por unos cuernos que las viejas de visillo asocian a los Lobos Grises de Turquía, ultranacionalistas que en Alemania están bajo supervisión de la Oficina por la Protección de la Constitución. Se nota que Ceferino es hombre de formación clásica, y sabe que a Júpiter le basta el gesto de fruncir las cejas y agitar levemente su cabellera perfumada para que se estremezca todo el Olimpo. Demiral no es un regateador, pero Bellingham, sí, y si nos quitan a Bellingham, ¿qué nos queda de Inglaterra? (Y que conste nuestra alegría por la eliminación de la Austria infeliz de Thomas Bernhard por la bizarra Turquía de Arda Güler, más que nada por seguir oyendo al Chapi decir “el combinado otomano”, maravillosa expresión que no sale en mi Gibbon).


Contra el muermo, menos éticas y más regateadores. Eso lo ve Dugarry, y si lo ayudas, también lo ve Joaquín, el gagman bético (¡qué collera de graciosos haría con Marchena!), que confiesa disfrutar mucho “viendo jugar a Lamine Yamal y a Nico: desequilibran con su velocidad y desborde, y eso es fantástico para cualquier equipo”. Esos, desde luego, no son los ojos con que mira a Vinicius, MVP de la Champions’24 a base de regates (y de goles), que le parece “muy malo”. Mas la doble versión es una cosa muy nuestra, al menos desde la época del cine de destape setentero, cuando el gobierno todavía no había descubierto la cartilla de racionamiento del onanismo. Recordemos el alineamiento de la prensa de Estado con Rubiales, que despidió del Mundial a Lopetegui porque había fichado por el Real Madrid, y la kermés de esa misma prensa alrededor de Nico Williams para que fiche por el Barcelona en plena Eurocopa. El caso daría para un tratado sobre ética de la situación.


¿Es ético que Yamal diga en el Combinado Federalista, antes Autonómico, que él nunca jugaría en el Real Madrid? Sí, porque en el Real Madrid Yamal sólo sería otro Andrés Alonso García, Ito, aquel regateador ochentero, sólo que con mejor márketing. ¿Es ético que Rudiger reparta pellizcos de monja entre sus adversarios? Sí, porque esos pellizcos obedecen a una buena voluntad kantiana, pero Pedri, criado en el mismo equipo que el uruguayo Suárez, señalado en su día por los ingleses por pretender eliminar al Chelsea sólo a fuerza de pellizcos… ¡a Rudiger!, los considera “falta de respeto”. El respetín. ¡Ay, es que nos pellizcan! Y luego que si no ganamos Champions.


[Sábado, 6 de Julio]

Lunes, 15 de Julio

 


Juramento de Hipócrates

domingo, 14 de julio de 2024

Trump vive, la lucha empieza


El Iwo Jima de Trump


Hughes


LA SEGURIDAD. Podría ser el día para criticar a la prensa (lo será) pero quedémonos con un periodista. Minutos después del atentado («intento de atentado», «aparente atentado», «evacuación de Trump tras ruido», «caída» o simple «confusión en tiroteo») Gary O’Donoghue, un veterano reportero ciego de la BBC, entrevistaba a un testigo que afirmaba haber visto algo sospechoso minutos antes del mitin. Alguien armado trepaba por un edificio. Trump empezó a hablar cuando nunca debió subir a ese estrado. La seguridad fue avisada, pero reaccionó tarde. Voló la cabeza del tirador después de los disparos.


LA BALA. Porque fue un tirador y su bala rozó la oreja de Trump, que recibió el impacto en el mismo momento en el que giraba su rostro. Ese típico gesto suyo en el que mira a un lado mientras habla le salvó la vida. La bala iba dirigida a la base de su cráneo pero sólo pudo rozar su oreja.


Fue un tirador preciso, hubo una víctima al menos entre el público (un deplorable, casi con total seguridad) y es seguro que como mínimo se puede hablar de negligencia policial. Del tirador se sabrán cosas pero ya nunca podrá hablar. Algo quedará en el misterio, como tantas veces antes.


LUCHAD. Trump sintió el disparo, palpó su sangre, se agachó y fue rodeado como un biombo por el servicio secreto. Salió de la consternación muy rápidamente para sacar su puño y repetir al público: «Fight! Fight!«. «Luchad, luchad». Se fue agitando el puño con una euforia que no conocíamos: la de quien sale de un atentado. Ha habido muchos magnicidios, pero de la persona que se salvaba sólo conocíamos una figura tambaleándose, alguien temblando siendo retirado. Trump se rehízo, pidió hablar, pudo dirigirse al público, lanzar un mensaje y mover con rabia su puño. Su energía era una mezcla de euforia, rabia, alivio y pasión. Era un gesto casi deportivo, como si hubiera embocado en el campo de golf. Celebraba haber ganado un combate a la muerte y animaba a otro combate. De verdad, ¿conocemos el gesto de alguien en una circunstancia así? ¿No es, en cierto modo, un gesto nuevo en la historia que a la vez declara el final de algo? Había en él, ensangrentada su cara, una grandeza de ileso Julio César.


LA POLARIZACIÓN. Será la culpable oficial. Los medios tardaron horas en hablar de atentado. No era suficiente con los antecedentes históricos, la sangre, la evidencia de los disparos, tampoco las palabras recientes de Biden sobre Trump, ni la década de estigmatización de los medios. Tampoco las voces de quienes pensaban que esto pasaría porque la escalada anti-Trump ya había agotado sus posibilidades periodísticas, políticas, institucionales y judiciales. En los Estados Unidos y en sus correas de transmisión europeas, los titulares se iban formando muy poco a poco, como si evolucionaran celularmente, como lentas conjeturas de espaldas a la realidad: Trump cae, aparente atentado, ruidos alarmantes… Reconocer el intento de magnicidio será algo que cueste, y cuando suceda, la culpable será la polarización. Trump será un poco culpable de haber calentado la bala que rozó su cráneo.


ESPAÑA, AY. Dos televisiones nos informan esta noche: el 24 Horas de TVE y La Sexta, que tiene como analista a Ramoncín. En semejante noche, no es posible detenerse a describir los disparates allí repetidos, pero esa televisión, con sus cosas, al menos estaba informando. No había nada más y las portadas de los periódicos repetían los titulares americanos. Intentando uno, y sin darse cuenta, El País escribió su propio epitafio: «Aparente atentado». Eran remisos a construir una frase tan sencilla como «intentan asesinar a Donald Trump». Pudo ser un accidente de caza, bien es verdad, y, en cierto modo, cuesta conceder a Trump de repente la dignidad de la víctima o la grandeza del magnicidio. ¿Cómo hacerlo después de tantos años falseando la realidad?


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Las Monarquías


Juan Carlos de Borbón en el Pegaso de Trevijano, 1957


Javier Torrox


El mismo día que Alfonso Guerra (PSOE) –que nunca ha sido un Menéndez Pelayo– se quejaba en un acto del Instituto CEU de Estudios de la Democracia acerca del escaso nivel intelectual de Sus Señorías en las Cortes, la ilustrada diputada Cayetana Álvarez de Toledo (PP) materializó el acierto de la queja del sevillano. «Sánchez pasará; la Monarquía Constitucional, perdurará», dijo desde su escaño para concluir una diatriba contra el Gobierno en vísperas de la llegada del verano.


Durante la Presidencia de turno de la UE en 2023, el Ejecutivo socialista elaboró una extensa propaganda, tan amplia y costosa como estéril. «España es una democracia parlamentaria y una monarquía constitucional», rezaba la página web creada al efecto.


El poder Judicial también entra en esta algarabía de la confusión. En referencia al golpe a la Nación de la Generalidad de Cataluña iniciado en septiembre de 2017, el Consejo General del Poder Judicial aseguró que la asamblea regional «declaraba abolida la monarquía constitucional» al aprobar la llamada Ley de Transitoriedad. Lo expresó con este tenor en su informe del pasado marzo sobre la entonces aún Proposición de Ley de Amnistía –ahora ya aprobada, sancionada, promulgada y vigente–.


En el mismo día en el que la señora Álvarez de Toledo y el señor Guerra se habían expresado como hemos apuntado, dictó el Tribunal Constitucional una sentencia –mejor ni mentamos su escandaloso fallo a favor del privilegio de robo por razón de carné–. La corte de garantías titulaba un epígrafe de sus fundamentos jurídicos con la leyenda «Características de nuestra democracia constitucional y parlamentaria».


Las personas que ocupan los poderes constituidos del 78 no distinguen la monarquía tradicional de la constitucional, ésta de la parlamentaria y ninguna de las anteriores de la realmente existente en España en la actualidad, la monarquía de partidos. La confusión babilónica entre lo que puedan parecer las cosas, lo que todos fingen que son las cosas y lo que en realidad son las cosas es un mal endémico de los tiempos que nos ha tocado vivir.


La desorientación acerca de la naturaleza de la Monarquía del 78 es de tal magnitud que alcanza a la misma Corona. «Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras –y lo celebro– que comienza el reinado de un Rey constitucional», dijo Felipe VI en su alocución a las Cortes tras ser proclamado Rey por éstas en 2014. «La Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España», afirmó poco después en este mismo discurso. En la celebración de su primera década de reinado volvió a dirigirse a las Cortes y de nuevo se refirió a sí mismo como «Rey constitucional». Curiosamente, en esta conmemoración no pronunció ni una sola vez la palabra «Monarquía».


Vivimos un renacimiento de la peste sofista. Lo adjetivo se ha convertido en lo sustantivo del discurso público porque el modo de presentar el hecho –el relato– es hoy más importante que el propio hecho –la sustancia de las cosas: la realidad–. Esto es, el envoltorio ha sustituido al contenido. En esto consiste la infantilización del siglo, el deseo de la caja unido al desdén por lo que contiene. Es el triunfo del significante sobre el significado, de la presunción sobre la realidad: la necedad como modelo de conocimiento.


Esta es la razón de la actual fortuna de las expresiones «Rey constitucional» o «Monarquía constitucional». Lo relevante de estos sintagmas está en el adjetivo, que es la razón por la que son utilizados con tanto éxito como equivocación. El calificativo de lo que es «constitucional» no es aplicado por la relación política con este ordenamiento jurídico, sino por su coincidencia en el tiempo con la vigencia de esta norma. Esto es una fuente de errores, enredos y malentendidos que imposibilitan la inteligibilidad de cualquier diálogo. Felipe no es un «Rey constitucional». Nunca lo ha sido –como tampoco lo fue su padre, Juan Carlos–.


Veamos, sin afán de hacer un examen integral de la institución, cuáles son los principales tipos de Monarquía –occidental– que ha habido y cuáles son sus características hasta llegar a la presente.


En el pasado remoto, el Trono y el Altar eran una misma cosa. Las primeras sociedades sedentarias necesitaban una dirección política que dirimiera los conflictos internos y bregara con las amenazas exteriores de otros grupos humanos. Las normas de conducta y el Gobierno procedían de los dioses nacionales –esto es, de los de cada comunidad–. El primer Rey de Roma, Rómulo, tenía contacto directo con los dioses, acabó reunido con ellos y fue elevado a deidad por los romanos. Numa Pumpilio sucedió a Rómulo y fue el modelo de unión de Trono y Altar. Este segundo Rey de la ciudad organizó sus creencias, creó las instituciones religiosas –que posteriormente guardaron una estrecha relación con el cursus honorum político romano– y construyó los primeros templos.


Esta tradición tuvo continuidad con el cristianismo, que la bebió de los reyes de la antigua Alianza del pueblo judío y la combinó con Roma para cristianizar sus ritos paganos. «No hay poder que no provenga de Dios» –Non est potestas nisi a Deo– son palabras de San Pablo (Epístola a los Romanos 13:1). Esta sentencia en tiempos de Nerón –poco amigo de la nueva religión– del llamado Apóstol de las naciones sentó una duradera cátedra en su ámbito de influencia sobre el carácter divino del Poder. Dejó su impronta en el rito de la unción de los reyes de la Spania visigoda. El célebre Canon 75 del IV Concilio de Toledo (633 d.C.) no sólo se hizo eco de la intangibilidad de los ungidos que ya había establecido el Antiguo Testamento en sus Crónicas y en uno de sus Salmos. En estas protocortes españolas dirigidas por San Isidoro de Sevilla se oía aún el eco de la más remota antigüedad y establecieron que atentar contra el Rey era hacerlo contra Dios mismo.


La Monarquía tradicional evolucionó con sus particularidades y características locales en cada uno de los reinos y de las comunidades políticas que surgieron en la Cristiandad tras la caída del Imperio Romano y que, con el devenir de los siglos, sobrevivieron a la implacable Historia.


Los reyes y la Iglesia se disputaron la supremacía última del poder terrenal. Durante cientos de años, los monarcas cristianos gobernaron, impartieron justicia y crearon leyes en armonía con la Ley de Dios –la norma divina era un límite que moderaba el Poder real y lo limitaba–.


Acotado por la divinidad, el Poder encontró nuevos medios para crecer. Surgieron las Cortes de León –y sucesivamente en Castilla, Aragón y Navarra–, el Parlamento de Londres y otras instituciones análogas en el resto de las naciones de la Cristiandad. Cada una tenía sus matices y evolucionaron según éstos y en función de los incentivos que creaban o dejaban de crear en quienes se veían beneficiados o perjudicados por su acción. En síntesis, estas asambleas asumieron con el tiempo la potestad de crear nuevas leyes.


Alfonso X dejó dicho en la segunda de sus Siete Partidas que «en el rey yace la justicia», pero el crecimiento en extensión de los reinos imposibilitaba que la Corona atendiese personalmente su impartición. Delegada en la nobleza local o en jueces, también ésta anduvo su propio camino hasta el presente. Aún hoy, el 78 establece que la justicia «se administra en nombre del Rey».


Sobrevivió varias centurias la Monarquía tradicional, que era hereditaria en una familia. Su finalidad política consistía esencialmente en el Gobierno del reino para el aseguramiento de la paz y la libertad dentro de sus fronteras; para mantener la integridad de su territorio o, a ser posible, aumentarlo en lo que le conviniere; y, en último término, para dar ventaja a su reino en sus relaciones con las demás potencias.


Mientras cumplía con estas obligaciones inherentes a la propia Corona, ésta se disputaba el Poder con los brazos que le crecieron en las Cortes y en las Audiencias, por un lado; y con colectivos adicionales como la nobleza y los gremios, que limitaban la capacidad de acción del Rey y moderaban su autoridad mediante el ejercicio de sus privilegios frente a la Corona, por el otro.


Todo éxito político es efímero y la llama que resplandece en los grandes reyes y príncipes acaba en humo al cabo de unas pocas generaciones. Las costumbres se relajan con la creencia de que la Corona llega acompañada de la grandeza de quienes la ciñeron en el pasado, como si el hijo pudiera estar blasonado de las hazañas del padre y adoptarlas como propias. El tiempo traía monarcas humosos que preferían los entretenimientos a las fatigas del Gobierno. De este modo se hicieron los eunucos con el Poder en el Imperio Romano, así también validos y cancilleres a partir de la modernidad renancentista.


Fue en los tiempos de las revoluciones que comenzaron en Inglaterra en el siglo XVII cuando la Monarquía tradicional retrocedió junto con el mundo que le era afín. Por mor de la claridad y para evitar una extensión que comienza a ser excesiva, veamos una a una y cronológicamente las distintas monarquías que han dejado tras sí los últimos trescientos años.


Monarquía Parlamentaria. Tuvo su principio en Inglaterra tras la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Conjurada con el Parlamento y su marido Guillermo de Orange, María Estuardo arrebató la Corona a su católico padre Jacobo II. Las causas de la rebelión fueron religiosas. El objetivo era impedir que un católico ocupara el trono inglés. Tras invadir el sur de la isla con un ejército, el holandés y la hija traidora fueron proclamados Reyes. Al año siguiente, Guillermo fue obligado por la Cámara de los Comunes a suscribir la Declaración de Derechos de 1689. Esta carta imponía una serie de nuevas limitaciones al poder real en favor del Parlamento.


Según el historiador británico George Trevelyan, la suma de la Revolución y la Declaración de Derechos «decidió el equilibrio entre el poder del Parlamento y el del Rey en favor del primero y, de ese modo, dio a Inglaterra un Ejecutivo en armonía con un Legislativo soberano». Para lo que nos ocupa, confirió al Parlamento –entre otras potestades más– la regularidad en sus sesiones, la aprobación de los impuestos, la libertad de expresión en sus debates y la libertad de elección de sus miembros, que se realizaba del modo tradicional: mediante elección nominal directa de cada miembro del Parlamento por su propio distrito (constituency, lo llaman). Aún así, el Rey mantenía el poder Ejecutivo. Todo ello son los elementos constitutivos de la Monarquía Parlamentaria.


Las monarquías continentales aún existentes cumplen muchos de estos requisitos, pero no todos. Ninguna satisface, por ejemplo, el de la elección nominal directa de sus parlamentarios. Y en todas ellas, adicionalmente, el Ejecutivo es elegido por el Legislativo.


No hay ninguna Monarquía Parlamentaria en Europa.


Monarquía Parlamentaria de Gabinete. También nació en Inglaterra y lo hizo muy poco después como evolución de la que le precedió. Su génesis fue la siguiente. Guillermo de Orange y María Estuardo murieron sin descendencia. Les sucedió Ana Estuardo, hermana de María y también hija de Jacobo II. Tampoco ella tuvo hijos. Fue la última de su estirpe. Aun antes de su ascenso al trono y en previsión de ello, Westminster aprobó en 1701 la Ley de Instauración. Este ordenamiento, unido al Tratado de la Unión –con Escocia– del mismo año, convertía en heredera de la Corona inglesa y escocesa a una familia alemana protestante, los Hannover, que había emparentado con los Estuardo un siglo atrás. Esta legislación estableció la obligatoriedad de ser protestante para ser Rey de Gran Bretaña. Por añadidura, permitió un nuevo crecimiento del Poder del Parlamento en detrimento del Rey en diversos ámbitos. Fallecida Ana en 1714, le sucedió su primo alemán, que reinó como Jorge I de Hannover.


Los monarcas británicos contaban con un órgano consultivo denominado Consejo Privado. Su pertenencia se convirtió en un galardón que los reyes daban para premiar las lealtades de sus cortesanos. Cuando dejó de ser operativo por su excesivo tamaño, Carlos II (1660-1685) comenzó a reunirse con tan sólo la media docena de miembros más influyentes y destacados. Este Consejo Privado restringido recibió el nombre de Gabinete.


La Reina Ana solía integrar su Gabinete de forma alterna con miembros de los dos partidos mayoritarios del momento, los whigs y los tories. Los whigs eran así descalificados por sus oponentes, pues ese nombre respondía a la denominación de unos bandidos escoceses de la época; esta formación era partidaria de ampliar el poder del Parlamento a costa de las atribuciones del Rey; andando el tiempo adoptaron el nombre de liberales. Del mismo modo, los tories recibían este apelativo despectivo de sus adversarios, pues se correspondía con el nombre de otro conocido grupo de bandidos, éstos irlandeses; el partido tory era defensor de las prerrogativas reales frente al Parlamento; en la actualidad son conocidos como conservadores.


Jorge I pretendió mantener la costumbre de su antecesora. Sin embargo, el whig Robert Walpole –al que la tradición reconoce como el primer Primer Ministro británico– le convenció para que el Gabinete estuviera formado exclusivamente por integrantes del partido mayoritario en cada momento en el Parlamento –cuyos miembros eran y aún son elegidos de forma nominal y directa en sus respectivos distritos–.


El hecho esencial para la transformación de la Monarquía Parlamentaria fue que el primer Hannover no sabía hablar inglés. El Gabinete se reunía sin el Rey, al que le pasaban a firma las decisiones que habían sido tomadas sin su presencia ni conocimiento. De este modo, el poder Ejecutivo fue ejercido por el Gabinete, que era un órgano que no existía en la Constitución inglesa. «Los detalles de este nuevo equilibrio se formularon a través de los años mediante el desarrollo del sistema de Gabinete y el cargo de Primer Ministro», anotó mister Trevelyan.


Este fue el proceso de transformación de la Monarquía Parlamentaria inglesa en Monarquía Parlamentaria de Gabinete, que ha sobrevivido hasta el presente unida a los medios tradicionales de elección nominal directa de los miembros del Parlamento.


Esta forma monárquica es exclusiva del Reino Unido.


Monarquía Constitucional. La Monarquía Constitucional y la Parlamentaria son excluyentes entre sí. La Monarquía Constitucional es aquella en la que el poder Ejecutivo es privativo del Rey al tiempo que el Legislativo es potestad exclusiva de una asamblea integrada por diputados elegidos de forma nominal y directa por sus diputantes –que es la forma tradicional del procedimiento electoral–. Esto es, un monarca que gobierna y un parlamento que legisla.


Este modelo político requiere el cumplimiento de cuatro formalidades. La primera es que sea una Constitución la que establezca esta separación de poderes entre el Rey –poder Ejecutivo– y la asamblea –poder Legislativo–. La segunda son los medios de elección de los representantes que integran la cámara, que han de ser elegidos de forma nominal, directa y mediante mayoría absoluta por sus representados. La tercera, el aseguramiento de la reunión regular y continua de la asamblea. Y la cuarta, que prohíbe a los legisladores deliberar en presencia del poder Ejecutivo, del Rey.


Recibe el nombre de «Monarquía Constitucional» porque fue la carta francesa de 1791 –la segunda moderna tras la de los EEUU– la primera que creó esta distribución de los poderes del Estado. Fue aprobada al cabo de dos años desde el inicio de la Revolución Francesa. La Constitución española de 1812 –que fue la tercera moderna tras la francesa– también instituyó una Monarquía Constitucional que atribuía el poder Ejecutivo al Rey y el Legislativo a las Cortes. La del Doce cumplía las cuatro formalidades arriba descritas.


En la actualidad no existe ninguna Monarquía Constitucional en el mundo.


Monarquía de Partidos. La Monarquía de Partidos es la monarquía de la postmodernidad. Surgió al término de la II Guerra Mundial. Los vencedores de la contienda decidieron la forma política de la vencida Alemania para tenerla bajo control: una República de Partidos con sistema electoral proporcional. Italia –que había sido beligerante en los dos bandos de la guerra y hasta vio quebrada su unidad resultando de ello una guerra civil paralela– adoptó el mismo sistema. Esta fórmula fue descrita como «Estado de partidos» por el jurista alemán Gerhard Leibholz, que afirmó que esta forma política integraba a las masas en el Estado a través de la erradicación de la representación política en los parlamentos. Esto se traduce en la descivilización de la sociedad mediante su estatalización.


Concluida la guerra, los reinos europeos continentales también adoptaron este artificio político. La sustancia de la Monarquía de Partidos es la transformación de la Corona en una magistratura honorífica que sanciona como propias las decisiones tomadas por terceros sin su concurso. Hace del Rey un espectador del consenso apandador de los partidos, que están asalariados por el Estado con cargo a todos los contribuyentes.


Esta forma política ha dado lugar a que los partidos hayan expropiado y privatizado de facto el Estado y sus poderes como su patrimonio particular. El Gobierno y las asambleas legislativas han sido transformados en salones en los que escenifican –mediante las formas a las que les obliga el ordenamiento– las decisiones que han tomado fuera de su ámbito.


El encargado de la separación de los poderes Ejecutivo y Legislativo español es el tapicero que viste de color distinto los asientos de uno y otro poder en la misma cámara. El primero es elegido por el segundo y –como los reyes absolutos– tiene capacidad para disolver –a su arbitrio– al cuerpo legislador, que –además– delibera en presencia del Ejecutivo.


Por si lo anterior fuera poco, la elección de la cámara se realiza mediante votaciones de listas que son confeccionadas por el jefe de cada partido. El recuento electoral aplica criterios proporcionales a través de una compleja ecuación de la que nada saben los votantes y que otorga a cada voto un valor distinto en función de diversas variables que son ajenas al acto de votar. Todo esto impide la representación de los legislados. Sólo los partidos tienen representación en las asambleas.


La instaurada en España con la Constitución de 1978 es una Monarquía de Partidos, que es la antítesis de la Monarquía Constitucional y tampoco es una Monarquía Parlamentaria por más que el propio 78 así lo afirme en su primer artículo.


El lugar al que hay que dirigir la mirada para distinguir todas estas formas monárquicas es a la relación de la Corona con los poderes Ejecutivo y Legislativo. Todo lo que no sea llamar a las cosas por su nombre es ruido y confusión. El pensador político Antonio García-Trevijano argumentaba que detrás de toda corrupción del lenguaje se esconde un objetivo político. Esta opinión ya había cuajado en la antigua cultura china, que la plasmó en la obra Lüshi Chunqiu antes del inicio de nuestra era cristiana. De ella se hizo eco Julio Camba, según recogió Ignacio Ruiz-Quintano hace años:


«Si las designaciones son justas, el orden reina; si son equívocas, reina el desorden. El que confunde las designaciones, corrompe el lenguaje. Las cosas prohibidas sustituyen entonces a las permitidas. La inexactitud toma el lugar de la exactitud y lo falso ocupa el sitio de lo verdadero. El hombre noble escoge sus designaciones de tal modo que puedan ser empleadas sin equívoco en el discurso y compone sus discursos de tal suerte que puedan, sin equívoco, transformarse en actos».


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