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miércoles, 16 de octubre de 2019

La alfombra del Consenso



Hughes
Abc

En su artículo de ayer, Ignacio Ruiz-Quintano recordaba las palabras con las que Emilio Romero describía la Constitución del 78 (la-que-entre-todos-nos-dimos): un batido punk. Recetas marxistas, monárquicas, republicanas aptas para izquierdistas, fascistas, socialdemócratas, leninistas, democristianos… Todo cabría allí.

Por eso una “república catalana” es admisible en el orden constitucional para el Supremo (cómicamente, nos dice ahora el marianismo que había lagunas en el código penal -después, por cierto, de judicializar la respuesta, lo que plantea la pregunta siguiente: ¿lo dejaron a la justicia sabiendo que la justicia no tenía “herramientas”? ¿Lo hicieron a conciencia? ¿Lo sabían entonces o lo saben ahora?).

Pero más allá de lo que la Constitución admite o lo que a la Constitución “le cabe”, esto ilustra sobre un rasgo del modo de funcionamiento español desde entonces, el consenso. Ese gran batido punk de elementos cabe en una Constitución a condición de que no se cumpla. Por lo mismo, la manera idónea para formularlos es el consenso, la forma de que ideas contradictorias puedan ser proclamadas sin revelarse ese conflicto, o poponiéndose.
 
El consenso admite ideas contrarias en una falsa convivencia. La dialéctica las sintetiza, las transforma: el uno y su contrario en otra cosa. El consenso no, el consenso no hace ese trabajo “historico”. Así, se afirma la unidad de España y las nacionalidades proyectadas. Lo uno y su contrario, y pasan los años y ahí sigue la cuestión, agrandada.
 
El consenso además no jerarquiza nada. No hay valores más altos y otros menos. Es un acuerdo que consiste en estar de acuerdo y en soluciones provisionales. Por eso lo propio del consenso es el asenso (asentir) y no el disenso (palabra cuya frecuencia fue cayendo a lo largo de la Transición). No hay ni transformación superadora ni hay jerarquía, el consenso no jerarquiza.

El consenso se interpreta también como forma de concordia, aunque con fecha de caducidad (exige realimentación) y demasiado vaga. ¿Es consenso lo mismo que compromiso, que la aceptación concreta de acuerdos que incorporan la palabra dada, una obligación que se contrae? El compromiso acepta que puede darse no entre “amigos”, sino entre enemigos, entre personas con intereses contrapuestos. El compromiso exige un contrato, luz y taquígrafos, exigencias verificables… formaliza el resultado de un conflicto. El consenso lo ocultaría, como cuando se meten las cosas debajo de una alfombra. Alfombra de la mejor calidad, por supuesto.