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viernes, 18 de octubre de 2019

El atasco

La pobreza es una idiotez; la virtud, una torpeza;
 y todo principio, un simple expediente


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El atasco político de España es hoy el solapamiento de dos consensos. El consenso setentayochista, que no acaba de irse, en el que están Vox (de ahí su anacronismo) y los de las banderas en los balcones. Y el consenso separatista, que no acaba de llegar (pero que llegará, y para ganar, según el fatalismo histórico descrito por Ortega), en el que está la España oficial, esa España “ensoñada” del Consenso cuyos jefes se reúnen en La Moncloa, único rincón francés en este páramo madrileño, como decía Max Estrella. Francés, después de todo, es su estilo de vida, el de la Francia del Directorio que glosó Barras:
    
La pobreza es una idiotez; la virtud, una torpeza; y todo principio, un simple expediente.
    
Un ejemplo es el ministro del Interior: con la Guardia Civil (¡lo que queda del Estado!) copada en Barcelona, el tal Marlaska se va de piscolabis al “Válgame Dios” en Chueca, “el sitio más alegre y donde más se abraza de Madrid”, el consabido abrazo francés de todos a todos que clausuró en el Campo de Marte la Gran Fiesta del Ser Supremo diseñada por el pintor David en honor de Robespierre. Por diseños y abrazos no va a quedar, con tal de no caer en el abrazo español, que es el abrazo de una hora, en Pinto, de Serrano a Pavía, derrotado en Alcolea, “llorando juntos los males de la patria”, ya que, herido en la cara, Pavía no podía hablar.
    
Este consenso separatista está expuesto en un editorial del periódico de las elites de junio de 2016. Rivera, el gallo de la veleta centrista, asintió: “Somos partidarios de un modelo federal en un espacio europeo liberal-demócrata (?)”.

    Para los energúmenos de la República era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle para formar un cuadro que coger un cuadro y hacerlo añicos para crear un puzzle. Roto el cuadro por el consenso setentayochista, el consenso separatista está ya en la recogida de añicos. La inacción de Sánchez sólo es el dilema del prisionero aplicado al cálculo electoral: el miedo da votos al poder.