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miércoles, 23 de octubre de 2019

Pep, pre-procés



Hughes
Abc
 
La noticia de una posible oferta a Pep Guardiola para presentarlo como candidato a la Presidencia de la Generalitat no suena extraña en absoluto. Primero, por la naturaleza política y algo mesiánica de Pep, del que, como le sucede a Piqué, ya sonaba como presidente antes que como entrenador. Pero no suena raro porque en cierto modo hay una continuidad entre Pep y el Procés. De hecho, el procés empieza cuando él se va del Barça. Por ahí andarán las fechas (¿2012?) y esa sensación da. Es más, su emigración futbolística llega después de alcanzar el clímax culé de la gloria, que en el Barça era una victoria simbólica sustituta de otra cosa, una batalla en el campo (lo que decía Vázquez Montalbán). Después de haberle dado al Barcelona primacía y gloria deportiva, ¿no quedaba ya la gloria política?
 
Su marcha se ve también como un exilio del que no está en Cataluña pero la lleva dentro y habla con autoridad. Cuando habla hace un poco de Tarradellas y da la sensación de que cuando regrese será como algo mítico, que su ausencia es un sebastianismo y su llegada será una restitución.
 
Pero es que el procés mismo tuvo algo de Pep, algo incubado en el guardiolismo. A los que lo vivimos intensamente (los aficionados al fútbol), el procés luego no nos sorprendió tanto. Cuando Guardiola dejó el Barça yo no sé la cantidad de páginas que le dedicó El País. Más que a Dalí, probablemente. Se iba un artista, un forjador de estilo. El estilo en Pep se hizo idiosincrasia. Rasgo cultural. Hecho diferencial. Él fue el niño que veía a Cruyff y al que Cruyff puso a jugar, y él lo transmitió después cerebralizado, intelectualizado. Él naturalizó el cruyffismo y lo hizo de allí, catalanizó definitivamente una influencia romántica del Norte, se hizo planta-cruyffista. Niño bautizado que lo transmitió luego como una fe almogáver hecha doctrina.
 
Él era el infantilismo infuso de la pedrera y La Masía (donde todos los niños, de arriba a abajo, jugarían a lo mismo que los mayores), y fue también la hegemonía. Todos eran guardiolistas en los medios de un modo asfixiante hasta que llegó Mourinho. Tenía la razón en el campo y fuera del campo. Los antimourinhistas madrileños, además, eran siempre cercanos temperalmente al PP o al PSOE porque Pep era una señal chic de moderación psicodeportiva y de futbolerismo fino y descastizado.
 
Pep era la modernidad europea, que es lo que se ha visto siempre, o desde hace tiempo, en el nacionalismo catalán. Imitándolo nos salvaríamos de nuestra propensión al bárbaro patadón o al cicatero contragolpe.
 
Pero en el juego, en el modo de ser, Guardiola ya anticipaba algo del Procés: la razón moral, y un dominio abusivo y tendente a lo absoluto del espacio-tiempo, que diría Xavi. El fútbol monólogo, no diálogo. Era un fútbol de idealidad que aspiraba al partido perfecto en el que el otro no tuviese la pelota. Tener la posesión completa del balón, dominar un 90% del partido y dejar al otro (el Granada, el Almería, el Valladolid…) completamente arrinconado y sin poder dar dos pases. Ganar 7-0 y aspirar al 95% de la posesión. Era esa voluntad de dominio, pocas veces vista en el fútbol, que a la vez, mágicamente, se hacía victimista (campanario, putuamu…). Esa mezcla de hegemonía y victimismo ¡ya era Procés!

Su fútbol era un asedio del otro por la vía estilosa, es decir, idiosincrásica y buenista. No el fútbol bravo de la remontada, sino un fútbol bello, bueno, cosmopolita y Disney que reducía al otro a un asedio de área, y con el que debía ganar porque era mejor. Como diría Xavi, lo otro ni siquiera era “fúpbol” y su victoria, de producirse, era intrínsecamente injusta.
 
Pep heredó el rondo de Cruyff y además de bordarlo y dinamizarlo en una especie de mínima matriz sardanesco-castellera, mónada cultural metida en el adn de la nueva catalanidad nacionalista y asimiladora (no tradicional, sino de forja reciente), además de eso cogió ese rondo y lo hizo belicoso en los inolvidables corrillos alrededor del árbitro acogotado. Pep, genial heredero de Cruyff, inventó el rondo protesta, ¡el rondo-protesta! Es decir, la belicosidad reivindicativa (acogotamiento al árbitro-juez) con un aroma protestón retro, setentero (su rebequita…)

¿No estaba en Pep ya la amistad totalizadora de Cataluña que llegaba a Lluís Llach, a los poetas como Pol, a los artistas y actores en fusión grande de pop, deporte, poesía y compromiso? Figura importantísima fue Guardiola, pre-procés, también en esa cursilería de poner a Coldplay, en esa musiquita-de-fondo, en ese tener una musiquita-de-fondo ternurizando el juego y la motivación y en el monopolio de la pelota-razón civil o en su condición de noi triomfant que había acabado ya con el fatalismo del Aquest Any si.
 
Habrá muchas razones que expliquen el procés: la crisis, el tardopujolismo, el sistema autonómico, internet, TV3… muchísimas, pero entre ésas debería estar también Pep. El ingrediente Pep.