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miércoles, 27 de junio de 2012

Primer día de boxeo


 La resistencia al dolor en la lona y el aguante de los lóbulos auriculares sometidos a la caída maciza de unos aros de oro donde Gervasio Deferr podría perfectamente hacer el cristo

Jorge Bustos

No creo que sea casualidad. Que llegue a mi buzón la nueva tarjeta sanitaria el mismo día que comienzo mis clases de boxeo. Quien no atisbe ahí el sarcasmo anticipatorio de lo providencial nunca se ganará la vida con el tarot ni vale tampoco para manufacturar en la tele esa risa en lata que hace llorar a los payasos genuinos.

¿Cómo llega un hombre a la decisión de aprender a boxear? Y bien mirado, ¿cómo no hacerlo? Todo varón civilizado debería revolotoear como las mariposas y picar como las avispas, en palabras de Alí. El boxeo era el deporte preferido por los focos clásicos y modernos de la civilización –Grecia e Inglaterra–, pero en España hace tiempo que Prisa separó lo civilizado de lo tribal, y si los toros han caído en el primer cedazo –Dios sabrá por qué–, el boxeo fue arrojado extramuros de la ciudadela cultural del Plus, donde es el llanto y el rechinar de dientes, pese a que España acumula muchos más cinturones de gloria púgil que anillos de la NBA. A uno lo llevaron a ver su primer combate Ignacio y Gistau, que también boxea, quizá porque el pugilato comparte los códigos del buen columnismo. Una velada en la Cubierta de Leganés te descubre un inframundo fascinante –a mí me recordó a la lonja de bajura de Vigo cuando los marineros vuelven de faenar a las tres de la madrugada– donde la valía humana se mide sencillamente por la abultada tensión de unos bíceps, la turgencia agresiva de un escote, la resistencia al dolor en la lona y el aguante de los lóbulos auriculares sometidos a la caída maciza de unos aros de oro donde Gervasio Deferr podría perfectamente hacer el cristo.

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