Follow by Email

jueves, 28 de junio de 2012

España, 0; Portugal, 0. Mi verdad

"La forma en que Ramos se salió de ser un Cardeñosa para los restos 
con la chulería del Panenka (que es como la puntita)"

El centro del campo español, tricotoso, seguía hilvanando lo que luego se deshilachaba y de repente: -¡Pepe se ha chivado! Las cosas de los comentaristas.

Hughes

Se enfrentaba España a una difícil Portugal, mejorada respecto a la del Mundial. La entrena Paulo Bento, que hace poco jugaba al fútbol. Cuando uno ha visto jugar a los entrenadores, malo.
Yo nunca he visto reír a un portugués. Todo lo más a sonreír con la boca, en mueca que al final se amarga. Su himno, por otro lado, mueve a poco ardor bélico y es para que estemos muy tranquilos respecto a la españolidad de Ayamonte.

Eso sí, esta selección de la Portugal aplicada al rescate es un conjunto sólido en lo táctico, lo físico y lo estético. El capitán es Cristiano en lo técnico, en lo táctico es Pepe y en lo estético es Meirelles, que es como un Movilla pintón al que no le falta un estilismo. Todos los que nos preguntábamos de qué coño iba Ramos este verano ya lo tenemos claro: de Meirelles.

El resto de Portugal tenía a tíos peinados como Ricky Martin, pero luego defendían con alevosía, soliviantando a los comentaristas de telecinco.

Luis Aragonés tenía la teoría de los pasillos de seguridad, que venían a ser las líneas de fuerza tácticas de un equipo. Sus vigas. Del Bosque ha tirado tabiques y se ha hecho un loft de seguridad. Todo el puto equipo, con perdón, es una organismo flotante y controlador. Hoy, sin embargo, y como en el fondo es un vanidoso, le dio el ataque de entrenador y a modo de flor amarilla en el ojal salió con Negredo de delantero, cuyos andares y pataje zurdo me recordaron al entrañable Salva Ballesta, uno de los últimos representantes de La Furia. Me imaginé a Salva pilotando un reactor, mitad Torrente, mitad Cruise, sonriendo desde lo alto con su casco rojigualda.

Como enfrente estaba Cristiano, había muchas animosidades inexplicables. Lo que antes fue el mourinhismo, luego convertido en maurinhismo, ha devenido en esta eurocopa en moutinhismo, por agarrarse a algún clavo, y los antimadridistas exagerados la han tomado con esta estupenda Portugal, que ha hecho un fútbol la mar de digno.

Además de los madridistas, Portugal tiene un equipo muy estimable. Un portero de nombre impresionante, Rui Patricio, centrocampistas versátiles y modernos, un nueve de un clasicismo irreprochable y cosas como la primera zancada de Nani, tranco caballuno de perturbador efecto, un reserva llamado Custodio o una especie de nuevo e incontenible Geremi apellidado Varela.

La primera parte se desarrolló con poco fútbol. La espesura española. La decadencia de Xavi, la inadvertencia de Xavi. Le estoy descubriendo a estas alturas. Juega con el culo bajo y el cuello alto, como el avestruz. Con su paso de avestruz va girando respondón sobre sus pasos. Tras él, “de líbero alemán” (¡lo que le faltaba, el rollo berlinés!), Xavi Alonso, y muy cerca Iniesta y Silva. Entre líneas, como un la, y los tres juntos un lalalá. Pero Xavi no es lo que fue y su fútbol parece apagarse. Aún juega de primeras para Iniesta (como en la canción: un audífono yo, un audífono tú, para escuchar toda la música de su fútbol), pero a veces, entre las embestidas de los Meirelles, Xavi parecía desconcertado, como un perro al que alumbrasen los faros de un coche en medio de una carretera nocturna.

El centro del campo español, tricotoso, seguía hilvanando lo que luego se deshilachaba y de repente:

-¡Pepe se ha chivado!

Las cosas de los comentaristas. Portugal, claro, quería ganar y parece que se criminalizaba su empuje. En medio de unos dimes y diretes, Coentrao, con mechas rubias y botas rosas, se echó la mano al paquete mirando a Reina, el speaker, que se encorajinó:

-Coentrao tiene picores en sus partes.

¡Le habían sacado ladillas a Coentrao!

Se iniciaba la segunda parte y las cámaras enfocaban a Del Bosque, que se hacía una mascarilla con las manos. Al lado, Toni Grande, alopécico frontal (esa calva es como una trepanación capilar), que nos permite fantasear con que a Don Vicente le entrase un berrinche y nos lo pudiese mandar a hacer de Karanka el resto de la eurocopa.

Morientes insistía con sus comentarios en “ganar la superioridad” y a mí eso me parecía muy triste, pues qué pena que el fútbol (este fútbol bueno del tiquitaca) sea como todo en la vida: acoso de una mayoría circunstancial, rito de manada. Pero sí, a lo que parece, el fútbol es que uno se quede en inferioridad, como en los atracos.

A Alba, lateral chispeante, le seguían pegando en semifinales. Tiene este jugador unos mofletes y un algo que provoca el deseo de agresión en el rival.

El falso nueve es que todos sean el nueve, acabar con la unicidad del nueve. Por eso, fue salir Cesc y sentirse amenazado Almeida, que empezó a chutar desde cualquier sitio. El tiquitaca ha democratizado el gol y el nueve ya es como un Victor Mature en el cine, una cosa antigua y como para señoras mayores. El gol ya no es un personalismo, es una obra conjunta, de un coro cogido de la mano y avanzando entre hosannas

Entrada la segunda parte, Del Bosque movía el banquillo y sacaba a Cesc del brazo, arengándolo como si le estuviese cantando una romanza. Se iba un nueve, Negredo, y entraba un falso nueve y ya la gente se iba sugestionando:

-Oye, ojo, que estamos con falso nueve.

El falso nueve genera una expectativa, invoca la aparición de un nueve fantasmal, es la ouija del nueve, el gran anhelo del nueve incorpóreo. El falso nueve es que todos sean el nueve, acabar con la unicidad del nueve. Por eso, fue salir Cesc y sentirse amenazado Almeida, que empezó a chutar desde cualquier sitio. El tiquitaca ha democratizado el gol y el nueve ya es como un Victor Mature en el cine, una cosa antigua y como para señoras mayores. El gol ya no es un personalismo, es una obra conjunta, de un coro cogido de la mano y avanzando entre hosannas.

En ese nerviosismo de Almeida vi yo claro que ganábamos.

Iniesta empezaba a sacar su molinillo y con Cesc formaban un lío. Soberbio, Pepe, lo atajaba y estiraba los brazos con las palmas abiertas, con desesperación de cantaor. Pepe, cuando ordena la defensa, tiene lo de Hierro: gesto de bulería.

Xabi Alonso intentó el gol de Pelé (¡y menos mal que no lo metió! ¡nos miraría aún más!) y Xavi chutó desde fuera del área. España se estaba desmelenando. Morientes apuntaba técnicamente que cuando se chuta con el empeine el balón, como un loco, “puede salir por cualquier sitio”. ¿No será el tiquitaca la racionalización de ese balón imprevisible?

A Cristiano, que había salido repeinadísimo, se le caía un rizo. Ese rizo perfecto descolgado, media luna renuente en el alba de su frente enjoyada, era el triunfo de la defensa española, pero también embellecía su rostro aceituno. Qué duda cabe.

Cuando el rizo de Cristiano era ya un alfanje, España tenía en las alas a Pedrito y a Navas, gaviota al viento.

Portugal tuvo alguna contra, pero el partido tenía demasiada consistencia todavía y la prórroga parecía inevitable. Quizás si España hubiera salido con las bandas -Arbeloa al llegar arriba se enreda en los rivales como en la puerta giratoria del hotel- el partido se hubiera resuelto antes. España no pudo marcar, pero generó su mejor fútbol al final, no sé si por cansancio del rival o por ese desapasionamiento que tienen ahora las prórrogas (ya no tienen el patetismo de las rampas y los correcalles), que España acrecienta con su fútbol aplomado, pero lo más intenso y hermoso lo hizo España al final. Pedro volaba, los jugadores se doblaban e Iniesta buscaba espacios con su pierna derecha como un maestro de esgrima que diese el toque mortífero al rival. Aún entonces, Morientes no pedía el gol, sino el último pase -que así llamaba Menotti al gol: pase a la red- y en los futbolistas la cercanía del final parecía reforzar la fe en darse pases. Ahí ya ve uno el delirio fanático, pero también la convicción emocionante. El rondo en la propia área en el minuto 110 levantó el rugido de la pantalla gigante de mi barrio. Éramos un algo desatado alrededor de la fe de tocarla mucho. El tiquitaca agónico de las prórrogas es lo mejor de esta España, su arrebatada frialdad, su tiquitaca postrero cuando el rival está desencajado. No he visto nunca un equipo que se sistematice y ordene tan impecablemente cuando los periodistas gritan como urracas castellanas la palabra épica, épica, épica.

Pero al final faltó el remate y llegaron los penaltis, que ya de mucho antes preocupaban a Sara, haciendo que por primera vez preguntara ella:

-¿Cómo tiran los penaltis los portugueses?

Esa pregunta es el gran triunfo de la Calaf, el predominio del interés de novia al interés de periodista, pues la noticia estaba muy lejos de ser aún los penaltis.

A Cristiano, que había salido repeinadísimo, se le caía un rizo. Ese rizo perfecto descolgado, media luna renuente en el alba de su frente enjoyada, era el triunfo de la defensa española, pero también embellecía su rostro aceituno. Qué duda cabe

En el sorteo, Cristiano e Íker. El moutinhismo implacable con su líder luso (luso, mas no lúser) y de repente un estruendo en el público español. Nadie sabía por qué, y era que el árbitro había sacado un euro y claro…

En el público, un español repetía el gesto de Del Bosque de hacer con las manos una mascarilla de oxígeno. ¿Por qué no lo intenta Rajoy en un G20?

De los penaltis, por no extenderme, la forma en que Ramos se salió de ser un Cardeñosa para los restos con la chulería del Panenka (que es como la puntita). Antes del penalti,  justo antes, Castaño daba el concreto enunciado de periodismo que sabe de qué está hablando:

-Los tiene bien puestos Ramos, eh.

Y la seguridad que teníamos todos de que Íker, con su inexplicable predestinación de ungido, nos ganaría la tanda. La tranquilidad en el semblante de este chico es algo que ni Michael Jordan, que necesitaba un chicle. ¿Qué hace con sus pulsaciones Casillas? ¿Dónde las mete?

Creo que la miradade Casillas de esta noche es historia del deporte. La tranquilidad desarmante del pistolero. A veces esa serenidad se imposta, pero hoy no. El rival se acercaba y al levantar la cabeza se encontraba con un Doc Hollyday, un Wyatt Earp en pijama amarillo que le hacía desear salir corriendo.