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viernes, 23 de septiembre de 2011

Faisanalia



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Y en la grande polvareda, perdimos el faisán. Eso no es justicia poética; eso es justicia faisanada. Pero, ¿y la grande polvareda? La grande polvareda vino provocada por las gentes que corrían en pos del libro como los ñus en su migración anual para “National Geographic”, gentes del libro, el libro mariano de Rajoy, el hombre que, sin embargo, sólo leía el “Marca”. Los faisanes de Rubalcaba se esfumaron como los patos de Tony Soprano, y volar, lo que se dice volar, aquí ya sólo vuela “el mariposón” de Rodiezmo, que decía el hermano de Juan Guerra para regocijo de Zapatero, es un águila de San Juan, y el español, probablemente el encaste más adulador del planeta, corre que se las pela por un libro suyo, desoyendo la recomendación del grande Francisco de la Torre en el Madrid de Quevedo, cuando el “Marca” sólo era una cosa de Felipe IV: “Dios de los libros te libre, / dexa estudios, busca hacienda, / no tengas cuentas de libros, / sino ten libros de cuentas.” Y se lo oí, allá por el 96, a César Antonio Molina, cuando venía la derecha: “Ni los de antes eran tan buenos, ni estos son tan malos.” Los de antes eran los Gonzalones, y los de ahora, los Aznaritos. Hasta que del fogonazo de magnesio de Atocha surgió un marciano de León, y los de ahora volvían a ser los de antes: Molina, ministro de Cultura. Orgía progre. Ruina. Hora de Rajoy, a quien los enterados llaman Mariano. ¿Tienes el móvil de Mariano? No te puedo decir nada de lo de Neymar porque estoy pendiente de Mariano, que en vez de hacer, como Castelar, el Discurso del Sinaí, ha hecho el libro de Rajoy. “Cuando leo un discurso de Demóstenes me parece estar poseído de un dios –dice Dionisio de Halicarnaso, un español ‘avant la lettre’–. Corro aquí y allá transportado por pasiones opuestas…”

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