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sábado, 22 de mayo de 2010

Decimosexta de feria. Sólo puede cambiar la moneda el que la tiene

El oasis venteño en la tarde del 21 de mayo

José Ramón Márquez

De nuevo ante nosotros el glorioso hierro de Veragua volvió a ser mancillado. De nuevo por la plaza la peste que nos persigue, torillos impresentables, ánimas en pena que nos llevan colocando desde hace lustros como si fuesen buenos; despropósito del toro colaboracionista ése, que hace más por la causa antitaurina que todas las iniciativas juntas de los ecologistas y del Dalai Lama. Todo es ridículo en estos torillos de juampedro salvo la pena que da ver el hierro que ostentan en su anca, por más que su ganadero se lo ponga también a los marrranos, que, bien pensado, no están tan lejos en la escala evolutiva de los torillos que cría.


Las birrias que incomprensiblemente fueron aprobadas por los veterinarios para la corrida de hoy eran ridículas hasta en los nombres; se llamaban Opíparo, Alucina, Hastiado, Disparado, Nublado y Demagogo. Cada cuál puede elegir el que le plazca como el toro más deplorable del encierro; yo me quedo con el tal Nublado, toro de minúsculos bracitos que fue expulsado del ruedo por Manolo, que hoy presidía, tras caerse varias veces y por temor a un conflicto de Orden Público, que, como se sabe, es la gran obsesión del funcionario.


Julio Aparicio sufrió una tremenda cornada. Antes hizo unas suaves verónicas con su sello tan personal e inició una faena en su línea heterodoxa en la que, en algunos muletazos, brilló su peculiar estética. Tropezó, cayó al suelo y lo llevaron a la enfermería mientras Morante remataba el toro dándole un par de series.


Morante tiene el pescado vendido de antemano. No es nada nuevo el amor que le profesan sus devotos y lo dispuestos que están permanentemente a aplaudirle lo óptimo, lo bueno, lo malo y lo peor como si todo fuese excelso. De las innumerables ocasiones de parar a diversos toros que se ofrecieron hoy, por irse al corral hasta tres toros, hizo Morante verónicas en las que esperaba al toro junto a otras de delicado trazo, aunque todas fueron jaleadas como si fuesen extraordinarias. No obstante, creo que el mejor capote que se vio hoy fue el de El Cid en el sexto toro. Fueron unas magníficas verónicas en las que se traía el toro toreado desde bien adelante, meciéndole suavemente y haciéndole pivotar sobre la pierna hasta darle la salida. Remató con dos medias: la primera de un clasicismo y una belleza que no es de esta época, y, como pareció que nadie se había enterado de tal prodigio, dio otra también magnífica, de tipo más abelmontado.


Con la muleta, hoy no era el día de Morante y no pasó nada porque este torero se ha ganado una bula que le hace inmune al fracaso.


La tarde se arregló con el sexto toro, al que Boni lidió con primor como el gran torero que es, enseñándole sólo cosas buenas y mostrando bien a las claras las condiciones del bóvido. El Cid se había enterado muy bien de esas condiciones desde que lo recibió de capa, y le dio la faena que el bichejo precisaba, a base de series cortas sin romper al toro y que finalizaban con unos pases de pecho de pitón a rabo. En la serie que Cid tomó la mano izquierda se amontonó un poco con el torillo, pues en vez de plantear el cite a la distancia que lo había hecho en los derechazos, acortó las distancias y el torete eso lo protestó; volvió a coger la muleta con la derecha y remató un par de series de mucho gusto y ligazón antes de cobrar un certero espadazo arriba que tumbó al toro con rapidez. La faena se planteó a la media altura y al hilo del pitón, no había más remedio; a veces ganando el terreno al toro y a veces cediéndolo por la sencilla razón de que el torillo, que no tenía ni media leche, no hubiese admitido un toreo de mayor dominio sin desplomarse. No obstante, la faena no queda en el recuerdo como de ‘enfermero’, sino que tiene momentos realmente vibrantes y de gran intensidad.


Llegó felizmente El Cid a esta corrida, que no era para él, por una sustitución. Al parecer El Cid estaba en un hoyo, en el hoyo 18, en una sima, en la Sima de las Marianas, en una cueva, en un pozo, en una oquedad, en una hondonada, en un badén, en una caverna, en una mina. Eso decían algunos por ahí y ahora saldrán por otro lado, si acaso conviene seguir dándole palos y leña al mono, que es de goma; pero, como decíamos aquí el otro día, sólo puede cambiar la moneda el que la tiene. Lo siento, July.


Morante, El Cid y Aparicio

El Cid: preparados, apunten... ¡fuego!

Morante espera sentado en el estribo
la salida del enésimo ungulado

El parte de Aparicio

Final con incendio