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martes, 27 de noviembre de 2012

Tony Leblanc

 
Subrayaba la comicidad condenatoria del oficio elegido, que era el disfraz que tenía el español cuando aún se trabajaba. El pícaro emergía del tipo-disfraz del oficio o se subsumía en él. En esas películas de los cincuenta Tony Leblanc era el español adaptándose a la modernidad urbana

Hughes

 -Mira qué chavala, ¡menuda pantera!

-Primero a merendar, así que a por las feas, que son las que convidan.

Esta achulapada réplica de Tony Leblanc resume su talento para ser castizo, chuleta, pícaro, tonto del bote y hasta un poquito galán, todo a la vez. Leblanc hacía de español proteico. Escribió una película, “El pobre García”, apellido de español representativo, donde decía: “Siento la publicidad en mí. Soy un publicista sui géneris” (¡el primer madmen!). El narrador sentenciaba con dulce amargura que la lucha eterna del hombre eran sus trabajos. Si en su vida llegó incluso a campeón de claqué, en el cine representó otras tantas ocupaciones y la fuente de la comicidad estaba en la gremialización de profesiones disparatadas como ser jefe de banda de atracadores o astronauta que aterrizaba en medio de un spaghetti western (“¡Pero si esto es Almería, chalao!”). Leblanc fue timador con Ozores y formó pareja de entrenadores (otra forma de tocomocho) en una de mis preferidas, “Los económicamente débiles”. Subrayaba la comicidad condenatoria del oficio elegido, que era el disfraz que tenía el español cuando aún se trabajaba. El pícaro emergía del tipo-disfraz del oficio o se subsumía en él. En esas películas de los cincuenta Tony Leblanc era el español adaptándose a la modernidad urbana.

En la tele es memorable el gag de la manzana en el programa de Íñigo. También fue algo modernísimo. Se sentaba ante el espectador y le devolvía su circunspecto mutismo en el acto simbólico, un poco hamletiano y difícil de comerse una manzana. Ese gag está lastrado quizás por los estertores de tonto o gangoso con los que aligeraba su rompedora modernidad. El gangoseo aún lo hereda Millán de Martes y Trece en forma de tic exagerado y chufletero. El tonto, la burla del tonto en nosotros mismos, pero también una forma de dar ritmo al número que tenían los cómicos. Esa intervención debió de ser sin duda uno de los primeros juegos de la televisión española con su televidente. Un juego de espejos. El español se encontraba a sí mismo en la pantalla.