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miércoles, 18 de septiembre de 2019

Tinto de Verano (Folletín ecológico canicular) Capítulo 7. El mapa y el territorio

Michel Houellebecq
 

Jean Juan Palette-Cazajus

Hace tiempo que prácticamente he dejado de leer novelas. Josep Pla decía que aquél que sigue leyendo novelas pasados los cuarenta años demuestra que tiene mucho tiempo que perder. No pretendo ampararme en la legendaria socarronería del ampurdanés. Sin duda por culpa de ciertas insuficiencias cerebrales, mis lecturas habituales requieren tanto tiempo y esfuerzo que sólo puedo asomarme a la narrativa de Pascuas a Ramos. Y el placer que saco de aquellos momentos le debe a veces más a la facilidad de la lectura que a la calidad de la obra. Nadie vea aquí desprecio por el género. Reverencio aquellos contadísimos autores capaces de aprehender la globalidad del mundo con una facilidad y una lucidez desesperantes para todos aquellos que intentamos diseccionarlo y desmenuzarlo y lo único que conseguimos es contribuir a la confusión general. El hecho de que el premio Nobel de literatura haya sido atribuido al señor Dylan pero nunca a Philip Roth o a Milan Kundera demuestra, si todavía fuese necesario, la infumable cutrez -“socialdemócrata”, puntualizaría alguno que me conozco- del jurado escandinavo. Para mí Michel Houellebecq forma parte de aquellos privilegiados. No me pidan objetividad. Desde sus primeras producciones experimenté un sentimiento de absoluta connivencia con su particular percepción de nuestro momento histórico.

“Stimmung” es palabra alemana que evoca un original tipo de sensibilidad, inasequible a una definición rotunda. Algo que podrá sugerirse con palabras como tonalidad, consonancia, atmósfera y que permitirán definir el momento vivencial de una colectividad histórica, de una cultura. El tipo de intuición abarcado por la “stimmung” ha sido poco o nada cultivado por las culturas latinas cuya racionalidad analítica tiende a moverse excesivamente entre sol y sombra, entre el ser y la nada. 

Mapa de 1593

Michel Houellebecq ha sabido percibir como nadie la “stimmung” particular de la actual desconstrucción de Occidente, el desajuste fundamental de sus moradores con el mundo que ellos mismos se habían forjado. La banalización, la artificialización y la frustración que caracterizan la globalidad de las relaciones del individuo tardo/occidental con sus semejantes y con la generalidad de sus entornos, sociales, sexuales, también nacionales y, por supuesto, naturales. Cualquier página de este autor musita una melodía inmediatamente reconocible, la del clima general de una época. Y así, titular la novela que le valiera el Goncourt de 2010, “El mapa y el territorio” iba a permitirle a Houllebecq seguir explorando las veredas extraviadas que la posmodernidad abrió entre nuestros mapas mentales y los territorios de la existencia real. Es una novela sin duda tan ecológica como desengañada. Un ecologismo desengañado bien podría ser hoy la única forma posible de la lucidez.

La aparición de los primeros mapas geográficos señaló el momento fatídico en que la capacidad técnica e intelectual del individuo premoderno empezó a permitirle abstraerse y distanciarse de la realidad de un mundo físico que hasta entonces había sido una modalidad del líquido amniótico. Los humanos sabían de sus entornos lo que los peces saben del agua. Hasta hace poco más de un siglo, subsistían manchas blancas en algunos mapas. Aún existían tierras incógnitas. Debemos considerar como uno de los momentos más exaltantes y grandiosos de la historia del conocimiento aquél en que demostramos ser capaces de adoptar el punto de vista de Dios, aquél en que las primeras fotos de la Tierra ofrecidas por los satélites artificiales confirmaron la absoluta conformidad del mundo físico con la imagen que de él habían venido fabricando durante siglos los cartógrafos. No tenía por qué ser evidente. Empezar a dibujar con fidelidad los mapas de los territorios fue una manifestación muy significativa del principio de la “hibris” moderna. Trazar los mapas permitió progresiva y sucesivamente transformar el entorno natural en “ecúmene”, como recordábamos en capítulos anteriores, pero también conquistar los territorios, poblarlos, transformarlos hasta agotarlos y destrozarlos. El mapa invirtió nuestra relación de pertenencia con los territorios, como todavía nos lo advertía la actualidad reciente al mostrar el abismo existente entre dos conceptos antagónicos, el depredador, encarnado por Bolsonaro, y el de las comunidades indias. Éstas no pretenden que un territorio les pertenezca. Al revés, consideran que son ellas las que pertenecen a su territorio. La disonancia cognitiva es fundamental.

El cacique Raoni

El mapa ha sido para nosotros el símbolo de aquella inversión de la pertenencia a partir de la cual hemos construido nuestro espejismo de omnipotencia sobre el territorio. A través del mapa, la “hibris” de la racionalidad instrumental nos ha llevado al olvido desastroso de que la continuidad del sentimiento de pertenencia a los territorios, pertenencia orgánica, estética y vivencial, seguía siendo tan primordial para nosotros como para los Kayapó del mediatizado cacique Raoni. Nada más ilustrativo de la sabiduría profunda generada por el sentimiento de pertenencia vital a un territorio como el equilibrio demográfico habitualmente conseguido por las comunidades de cazadores recolectores. Toda explosión demográfica sólo puede interpretarse en este sentido como una manifestación de analfabetismo ontológico que desanda el camino de la hominización.  Supone irresponsabilidad y depredación contra los territorios de todos y una declaración de guerra contra las sociedades del equilibrio. 

Claro que llegados a este punto es imposible no recordar la siempre actual distinción entre sociedades, operada por Lévi-Strauss hace ya setenta años: «Yo diría que las sociedades estudiadas por el etnólogo, comparadas […] con nuestras sociedades modernas, son un poco como sociedades “frías” frente a sociedades “calientes”, como relojes frente a máquinas de vapor. Las primeras son sociedades que producen muy poco desorden, muy poca “entropía” como la llaman los físicos, que tienen una tendencia a mantenerse en su estado inicial […]. Mientras nuestras sociedades […], desde el punto de vista de su estructura, se parecen a las máquinas de vapor. Utilizan para su funcionamiento una diferencia de potencial alcanzada mediante diferentes formas de jerarquía social, llámese esclavitud…o trátese de la división en clases». Tal vez podría hablarse también de sociedades pedestres comparadas con sociedades “tentenelaire”. Las primeras, conectadas por los pies a sus territorios, las otras, “aéreas”, condenadas a no dejar nunca de volar y de cambiar so pena de estrellarse, necesitadas del arrastre de un motor alimentado por dos formas de combustión, la térmica y la social.

Claude Lévi-Strauss (1908-2009)

Ya no queda en el mundo ningún tipo de territorios ni espacios, incluidos los marítimos, que sean autónomos, susceptibles de funcionar sin la necesidad de un sistema normativo y prescriptivo. Normas para usar, normas para preservar. Porque los territorios se han vuelto tan transitorios como sus moradores. Todo cómputo es un cómputo de los límites. Todo territorio tiene ya fecha de caducidad. Los territorios nos tutelaban, hoy debemos tutelarlos todos en condiciones de emergencia. Basta abrir el periódico de cada día ¿Qué dice el de hoy? Leemos que en Accra, capital de Ghana, los pescadores son cada vez más numerosos, sus capturas cada vez más escasas. ¡Naturaca! La población mundial es ahora 20 veces superior a lo que era al principio de la era cristiana, mientras los océanos siguen siendo los mismos y además llenos de porquerías. Las noticias también son siempre las mismas, lo único que cambia es el territorio afectado. Seguimos leyendo: el estado canadiense de Saskatchewan mide 651 000 km2. Nos cuentan que grandes partes meridionales de sus inmensas extensiones vienen dedicadas últimamente al cultivo de la lenteja. Ya se sabe, las tierras arables son cada vez más insuficientes en muchos países. La lenteja canadiense abastece en particular el mercado indio (de momento 1380 millones de habitantes). Los horizontes del monocultivo son inabarcables, literalmente monótonos, dependientes del uso masivo de pesticidas si se quiere mantener el rendimiento. En esta otra página se dice que en Túnez los desaprensivos privatizan impunemente playas y calas para instalar sus negocios y chiringuitos. El estado no se atreve a reaccionar por no secar una fuente importante de empleo subterráneo. Acabar con los abusos prendería otra mecha social. Y al final tenemos una noticia local, o sea típicamente europea, por no decir típicamente francesa: el periódico nos informa de que los tribunales autorizan el gallo Mauricio a seguir cantando.

Lentejas y Saskatchewan

Había sabido del “drama” con anterioridad: el gallo Mauricio, propiedad de una habitante de la isla francesa de Oleron, enfrente de La Rochelle, cumplía concienzudamente su rutinario cometido y cada aurora que Dios daba lanzaba sus puntuales “cocorico” que es cómo dicen “quiquiriquí” los gallos gabachos. Hasta que una familia urbanita recién instalada en el vecindario decidiese que el canto de Mauricio perturbaba su descanso. Ni cortos ni perezosos lo denunciaron ante las autoridades. El fallo del juez -tras largas deliberaciones- alivió buen número de personas entre las cuales me incluyo. En el mundo, la destrucción de los territorios suele ser causada por la economía de la miseria y del número, pero en Occidente es obra de las miserias del bienestar económico. Un tipo de humanidad vaciada de su sustancia pretende imponerle el mismo resultado a su entorno. El amor al campo presupone un campo que no lo sea demasiado y de donde hayan quedado erradicadas vacas, moscas, olores, estiércol, labradores o gallos cantores. No es la primera vez que el sonido de las campanas o el canto del gallo terminan en el banquillo, fallando con frecuencia el juez a favor de los rurbanos “perjudicados”. Los jueces suelen tener su casita en el “campo” y comparten la opinión de sus demandantes sobre el intrusismo y las vocalizaciones de Mauricio y sus congéneres. El actual “hombre sin atributos”. como rezaba el título de la gran novela de Robert Musil, segrega, naturalmente y a su propia imagen, un entorno sin atributos.

El gallo Mauricio

La diferencia existencial entre las tres primeras noticias, llamémoslas “globalizadas”, y la última, la europea, es abismal. Desde luego, de momento, “nuestros” problemas no son los mismos. Pero resulta que el sentimiento, la militancia, la conciencia y la literatura ecologistas son básicamente occidentales. Y no precisamente porque la sensibilidad ecologista y las “molestias” provocadas por los gorgoritos del gallo Mauricio sean el síntoma de una sola y misma frivolidad como se apresurarían a decir Homer Simpson y el ateneo de Casa Mou. Sino porque algo queda de aquella Europa que fue “el continente de la interrogación” como la llamaba el gran filósofo checo Jan Patocka (1907-1977). La grandeza de la civilización europea consistió en provocar los problemas, asumir su existencia y tratar de solucionarlos. Su tragedia fue comprender que si los problemas existen, no forzosamente tienen solución. La Europa que pensaba fue -en algo sigue siendo- a un tiempo Prometeo y Sísifo cargando vanamente con su pedrusco. Pero nadie olvide que hubo y sigue habiendo otra Europa, siempre de espaldas a la razón, la que vino determinada por el rechazo a “la peligrosa novedad de discurrir”.

Sin duda entre ellos se reclutan buena parte de las huestes que alimentan el llamado “turismo de masas”. Antes hubo aventureros, descubridores, exploradores, viajeros. Luego llegaron los turistas, pero sin duda la palabra ya no da cuenta de la actual situación. Sugiero: “rentabilización económica del desplazamiento festivo de poblaciones”. Es un poco largo pero quizá dé alguna idea de la nueva realidad. En el caso del turismo de masas tienden a desaparecer tanto el concepto de mapa como el de territorio. En esta breve disquisición dejaremos de lado las masas tradicionalmente desplazadas en busca de la máxima absorción de rayos UVA para interesarnos por el caso del turismo urbano. Particularmente las nuevas modalidades de acceso al patrimonio monumental que podrían resumirse como sigue: antes nadie veía nada porque casi nadie podía viajar, hoy nadie ve nada porque todo el mundo viaja: resulta difícil, cuando no imposible, cualquier posibilidad de un acceso subjetivo al arte o a la arquitectura. De modo que el viaje turístico debe definirse ahora como una peregrinación donde lo que cuenta es el rápido acceso visual o la simple proximidad con lo que ya no hay más remedio que calificar de reliquias. Peregrinación y reliquias, naturaleza y objeto de los nuevos desplazamientos masivos.

Turismo de masas

Queda el entorno urbano. En muchos barrios venecianos, o romanos, como el Trastévere, o parisinos, como la Isla San Luis, la gran mayoría de la vivienda ha sido adquirida por ricos extranjeros. Lo que queda está en trance de ser colonizado por Airbnb. El color local etnológico hace tiempo que pertenece al pasado. Si los monumentos ya son reliquias, las ciudades turísticas son cada vez más simples decorados. Las ciudades donde los turistas van siendo mucho más numerosos que los propios habitantes son como las momias egipcias que quedaban vaciadas de sus vísceras y de toda materia orgánica. Pero la mayoría de quienes las descubren lo hacen con una ilusión intacta. El territorio, en este caso el decorado, activa el mapa mental cargado de mitologías ilusorias pero gratificantes. Preguntarse hasta qué punto un mundo de formas sin contenidos puede durar sin imposturas, hasta qué punto toda nostalgia es absurda, hasta qué punto es humana o simplemente animal la inagotable capacidad de adaptación de la especie, hasta qué punto el mapa resultará siempre más ilusionante que el territorio, es práctica rutinaria para el tipo de pensamiento sin duda ecológico pero que nosotros, desde un principio, preferimos llamar ecuménico.


Venecia