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viernes, 27 de septiembre de 2019

Necromancia

Lucano


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El pueblo que a su amo da vivas en vida y mueras en muerte es un pueblo pendejo y moralmente pequeñín.

    –¿Pero estos no son los que matan toros? –preguntó Bush ante la estampida española en Mesopotamia.

    Quizás porque lo mejor de nosotros se quedó en las trincheras (en las dos trincheras) de la guerra civil, como sociedad (una sociedad liminal, hecha en retaguardia) nos llevan como a un bichón frisé de su correa, y seguimos siempre el tirón más fuerte.

    El primer tirón fue de la dictadura a la democracia, lo nunca visto (ni Aristóteles ni Polibio podían meterse en las cabezas de Suárez y Carrillo), y el nuevo tirón es de la democracia a la necromancia, que sí está en los clásicos, aunque perseguida por sus leyes (nuestros jurisperitos, eso sí, al ser del cuarto turno, pueden ignorar el Derecho romano).

    La Circe de Homero y su sobrina, Medea. La Conidia de Horacio y la Ericto de Lucano, el cordobés que versificó las guerras civiles de César y Pompeyo en la “Farsalia”.
    
En el libro sexto, Sexto Pompeyo, hijo menor del general, recurre a la bruja Ericto para que le diga el futuro haciendo hablar a un cadáver, que es en lo que andamos, pues no es difícil ver al narciso Sánchez en el apuesto Sexto, y dejamos a la imaginación del lector el nombre de quien en la “farsaleta” comprada en el chino de esa Tesalia de magos que es La Moncloa hace de bruja Ericto (Lucano es duro: escribe en el reinado gore de Nerón).
    
Ericto vive de “okupa” en los cementerios y su manjar son los ojos de los muertos, que disputa a los lobos. Ella arrastra con un gancho el cadáver, lo abre en canal, lo macera con sangre caliente y un rocío que el poeta llama “spumam lunae” y le predice a Sexto Pompeyo, su empleador, tres cosas: la derrota en Farsalia, la muerte de su padre en Egipto y la suerte de Catón en África, resumida en los inmortales versos de Lucano:

    –Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni.
    
Que postulan, dice Borges, que un hombre puede tener razón contra el universo.