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domingo, 15 de septiembre de 2019

Bernabéu

ABC, 24 de Mayo de 2000

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Habrá quienes crean que una fiesta así es cosa de tontos, pero el caso es que hoy, en París, mayo es español, y todos los españoles, el murciano de Mihura, que se rejuvenece con esta primaveral romería futbolera al ferruginoso tótem del cosmopolitismo que es la torre Eiffel, y que, bien mirado, también tiene algo de Ninette, asediada de señoritos en calzoncillos de fútbol que comen cocido madrileño y paella valenciana.

Tampoco faltarán aquí quienes, por echárselas de más cultos, prefieran recogerse a la hora del partido en el Retiro, que estará vacío, para cortar margaritas y llorar de sensualidad y de poesía bajo los sau-ces. Pues allá los sauces. Personalmente, y en lo que vuelve el Siglo de Oro que en los cócteles ministeriales nos tienen prometido, entre el fútbol y la literatura, me quedo con el fútbol. («Balompié» fue una guasa periodística de Cavia que sólo supo hacer suya el Betis.) Después de todo, si Madrid se salvó, como ciudad, en los paletos de la pradera de San Isidro, ¿quién nos dice que España no va a salvarse, como nación, en estas verbenas de la torre Eiffel?

Decía Giménez Caballero que todos los pueblos tienen su santo que halla la fuente: «Todos los pueblos tienen su San Isidro o su Moisés, que en la peña de Horeb pega el aguijón afortunado.» El  fútbol europeo tiene su peña de Horeb en la torre Eiffel, y en Bernabéu, naturalmente, al santo del aguijón afortunado, quién sabe si por venir de una tierra donde el agua era más cara que el vino y los niños se destetaban con Valdepeñas. En una primavera parisina, y sobre una idea periodística de «L'Equipe» y «France Football», dieciséis caballeros apadrinados por Bernabéu pusieron en marcha en menos de tres horas la Copa de Europa en que el Real Madrid reina como Rey de Reyes del continente.

Bernabéu fue un manchego ancho, ingenioso, sabio, agnóstico y sentimental, y por consiguiente, un madrileñazo madridista, verbalista, casticista, ateneísta y liberalón que en su vida sólo se arrepintió  de no haber ido más a los toros y que hacía greguerías como si fueran rosquillas de Fuenlabrada, pero tan deliciosas como aquélla de que «los penaltis son las leches que mamaron las becerras de doña  Carlota», bien aclarado que la tía Carlota era una señora de sus tiempos que se diferenciaba de las de ahora en que sabía lo que les gustaba a los hombres y no le importaba. «Yo nací en  el siglo XIX —le dijo a Martín Semprún, su biógrafo—. En Madrid cada vez había menos gente, y Luis CandelasRamón y Cajal se repartían el prestigio, cada uno por su banda, como los buenos extremos.» Su estilo era el ataque, y construyó el equipo más atacante del mundo. Al fin y al cabo, atacar sin tener en cuenta el coste es expresión afín del espíritu aristocrático, y a Bernabéu, hombre de habano —«de una  hoja, hechos a mano y, si puede ser, con un bombero dentro para que se me apague lo más posible»—, le parecían imbéciles los que buscan igualarse por abajo en vez de hacerlo por arriba.  «En el club, lo barato siempre nos ha costado un huevo. A los jugadores-gangas no les miro ni la jeta.»

Para él, que rezar y pecar era empatar, entre las molestias del trato humano las de los tontos y las de  los aduladores siempre se le hicieron insufribles, siendo probablemente el único español que, teniéndolo delante, nunca aduló a Franco. También probablemente fue durante décadas la figura más  interesante de la Península Ibérica. Lo inquietaba, por ejemplo, la injusta preeminencia de los caballos y las vacas sobre los asnos y las cabras, y en sus dichos, como en  sus hechos, pareció imitar siempre el golpeo de Pancho Puskas en los golpes francos. Así: «Nadie es más engreído que un necio bien vestido.» «La rutina es una  invitación al error.»  «La tolerancia es  algo que falta en los Diez  Mandamientos.»  Etcétera. Sólo un hombre así podía hacer que los madrileños cambiaran las pri-maveras de la pradera de San Isidro por las primaveras de la Copa de Europa.

 
«En el club, lo barato siempre nos ha costado
 un huevo. A los jugadores-gangas
 no les miro ni la jeta.»