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domingo, 1 de septiembre de 2019

La pasión de mandar

ABC, 3 de Mayo de 2000

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En la política, como en el amor, la creencia en el inmenso valor de la dama debe de ser un efecto psicológico de la dificultad de conseguirla, y a lo mejor así se explica la poesía que el periodismo  viene  derramando sobre las mujeres cuando llegan a ministras aunque sea por la vía de «la cuota femenina», que, por cierto, es una idea que Groucho Marx ya desarrolló en «El Hotel de los Líos»: Groucho: «¿Quince  mil dólares para nuestra obra? Con esa cantidad, al señor Davis no le importará  escribir un papelito para esa joven». Davis: «¡No cambiaré ni una línea de la obra! Shakespeare nunca cambió ni una línea». Groucho: «Porque Shakespeare no debía mil doscientos dólares... Además, usted no tendrá que cambiar nada. Esa joven puede hacer uno de los mineros». Davis: «¡Pero cómo va a hacer de hombre una mujer!» Groucho: «Señor Davis, haga el favor de no desviar  la conversación hacia temas escabrosos! Yo sólo produzco obras morales».

Según Octavio Paz, todo chiste es ejemplar y, sea cínico o satírico, moral: su moralidad última  consiste en disiparse. Pero ahora que hemos visto el vídeo de despedida de Clinton, ¿cómo disiparemos la sospecha de que Clinton no nombró así ministra de Justicia a la famosa señora Reno? Es probable que los psicoanalistas sólo vean en ese vídeo una expresión del principio de placer, que  es explosivo, victorioso por un instante del principio de realidad, que es represivo. Al resto, sin  embargo, lo que nos admira de ese video es la falta de prejuicios de la política americana, igual a la hora de mandar que a la  hora de bromear. Ya lo decían los sofistas: contra la risa, la seriedad; pero  contra la seriedad, la risa. (El «sofista» más agudo de América, Richard Rorty, ha hecho de la filosofía un género del humor basado en el pensamiento de que los filósofos que se toman muy en serio resultan bastante graciosos.)

 Por ese lado, aquí todavía somos demasiado convencionales, y pensamos, por ejemplo, que mandar sigue siendo cosa de hombres, comenzando por las mujeres. No hay más que leerlas declaraciones de las nuevas mandamases, cuya única obsesión parece consistir en no parecer hombres. Mandar era una pasión que el doctor Marañón atribuía a Olivares, y puede haber gente que, al leer la obra del doctor Marañón, que es inmensa, acabe convencida de que con el mando sale bigote. O perilla, que es barba en la barbilla. El  caso es que, en esa línea, la presidenta del Congreso ya ha proporcionado un titular de periódico: «No soy dura, ni fría ni mandona». Y la ministra de Ciencia y Tecnología, otro: «Mandar por autoridad está fuera  de época». Y algunos dirán: «Bueno, hasta un niño de cinco años sería capaz de entender esto». Los demás, en cambio, tendríamos que recurrir otra vez a Groucho: «Rápido, busque a un niño de cinco años. A mí me parece chino». Pues, que uno sepa, sólo hay dos modos de mandar o de hacerse obedecer: por autoridad, que es el bueno, y por poder, que es el malo. La distinción jurídica entre «auctoritas» y «potestas» no la puede conocer un niño de cinco años porque en la escuela ya no se enseña en latín, pero, a poco que vaya a la catequesis, ese mismo niño sabrá que no es lo mismo estar atrito que estar contrito, y siguiendo este hilo cualquiera puede deducir que por la  autoridad uno obtiene la obediencia sin necesidad de llamar a la coacción, que siempre es una lata, motivo por el cual todo el mundo, si puede escoger, prefiere ser respetado a ser  temido.

El origen de tanta confusión está en una concepción equivocada de la respetabilidad por parte de  quienes aceptan un código de la corrección política sin más fundamento que la incorrección  lingüística. El lenguaje y el poder carecen de género, pero cierta izquierda bien tiene persuadida a  cierta derecha progre de que la serpiente reaccionaria se esconde en el lenguaje,  con lo que llamar a las cosas por su nombre es de fachas.

Clinton  & Reno

El lenguaje y el poder carecen de género, pero cierta izquierda bien tiene persuadida a  cierta derecha progre de que la serpiente reaccionaria se esconde en el lenguaje,  con lo que llamar a las cosas por su nombre es de fachas