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miércoles, 18 de septiembre de 2019

Apocalipsis



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Estamos aquí pasando las de Caín para componer un gobierno (un pastel de liebre sin liebre) que, teniendo en cuenta la deuda nacional, nunca sería otra cosa que una oficina de intereses alemanes en La Moncloa, y en Alemania el Frankfurter Allgemeine Zeitung, santa Faz del periodismo liberal, sugiere una dictadura mundial (¿comisaria o soberana?) que nos salve del apocalipsis climático, más próximo, al parecer, que el apocalipsis persa, cultura de la que nunca hemos entendido nada, ni siquiera cuando el Sha se planteó reconstruir la Torre de Babel para fomento del turismo.

    ¿Y quién sería el dictador de tamaño Leviatán? ¿Soros, que tiene algo del rape inmortalizado por Hobbes? El experto en Hobbes es Aguado, el Pou Pou (de Poulidor, eterno segundón) de la Comunidad de Madrid, que no nos desmentirá si contamos que la tremenda metáfora de Hobbes (¡el Leviatán! ¡el Estado!) fue inspirada por el pánico de su madre (se le adelantó el parto) por la amenaza de la Armada Invencible, que al final no llegó por culpa, a falta de Trump, de los elementos. ¡El cambio climático!
    
Ante el supermonstruo de Hobbes que agita el periodismo alemán, retrocede el monstruo de Horacio (modelo del Frankestein de Mary Shelley) con que el periodismo español (trasnochador y bachiller) pintaba los gobiernos a lo Sánchez de la Segunda Restauración, sólo queridos, decía “El Sol”, por “algunos rentistas, los jugadores de golf, un tercio de los cuartos de banderas y todas las sacristías”…

    –España avizora el horizonte político arisca y celosa.
    
Bueno, lo que uno avizora es apertura de sellos, galope de caballos, trompetas… Del Apocalipsis del odio a Roma (la primera bestia era el imperio romano) al Apocalipsis del odio a Washington, y sobre la nueva Jerusalén celeste, con sede en Cuba, a “la sombra del plátano sonante”, un Dictador Supremo cuya hada (“El Buen Pueblo”), Greta, transformará con su varita la gota fría de Arganda en puro “orbayu” de Careñes.

    ¿No subimos acaso para abajo?