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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Sierra de Las Quilamas


Vicente Llorca

Atravesando la sierra de Las Quilamas, a la entrada del pueblo de Linares, cruzamos por un polígono industrial medio abandonado y ruinoso. Se llama, leemos, “Aguas Malas”.

El rótulo nos reconforta. No debían de ser ciertamente muy buenas las aguas del lugar. Pero en esta época de cursilería aplastante es un consuelo leerlo. Sólo el miedo a la lengua llana debió de llevar un día al profeta de turno a cambiar el hermoso nombre de Porquerizas de la Sierra por el ominoso “Miraflores”. O Chozas de la Sierra por “Soto del Real”, Arroyo del Puerco por “Arroyo de la Luz”, Pocilgas por “Buenavista”, Matajudíos por “Mota de Judíos”, Bellacos por “Flores de Ávila”… El que convirtió la sonora Mazcuerras en “Luzmela” yace hoy en el infierno, estamos seguros, al lado del autor del “Todos y todas”.

El lugar en el que nos esperan, San Esteban de la Sierra, está perdido en un recodo de la tortuosa carretera. En las calles están preparando los tablados para la fiesta. La plaza, irregular, tiene un viejo olmo en la mitad del adoquinado y una abrupta escalera que asciende desde la puerta del ayuntamiento hasta la más profunda oscuridad.


San Esteban de la Sierra


¿Por dónde sacan los toros para la fiesta? – le preguntamos a uno de la cuadrilla.

Por dónde va a ser. Por las escaleras.

Estos toros surgen del Averno, pensamos. El mozo al que hemos requerido nos lleva entonces escaleras arriba, ascendiendo hacia las sombras. Todo parece estar tranquilo aún, en estos días de vísperas. Pero subimos por la angosta cuesta intuyendo que de un momento a otro pueda surgir el Minotauro, al que vamos a despertar.

Hay un oscuro chiquero en lo alto, una puerta estrecha entre dos casas de piedra. El toro, como mensajero infernal, surge en efecto de la oscuridad del pasaje, nos cuentan, irrumpiendo como furia del Hades en la plaza con talanqueras.

¿Y aquí torean?

Aquí. La tradición es que los hombres del pueblo esperen en fila al animal. Luego se torea.

¿ Y cómo se libran del toro?

Nuestro interlocutor se encoge de hombros. No hay respuesta para ello.
En un almacén habilitado como bodega el fotógrafo del pueblo nos enseña la exposición de imágenes de las fiestas que ha preparado. Nos invitan a un vino local, sombrío y áspero, como las quebradas que rodean las casas.

El antiguo reportero está empeñado en que apreciemos unas fotografías clásicas, un tanto tópicas, en las que aparecen unos cinqueños de ganaderías famosas a contraluz sobre la dehesa. No le hacemos mucho caso. A mí la que me gusta es una copia gastada en la que un ignoto novillero aparece toreando por abajo a un morlaco con greñas. El ruedo es de piedra, los del pueblo andan alrededor, un viejo fuma sobre una escalera, el olmo se erige, antiguo, detrás del heroico oficiante.

Pienso en un heroísmo anónimo, serrano, que se repite tantas veces en estas fechas de septiembre.

¿ No le echan arena a la plaza? – pregunto a la salida.

No. Aquí nos gusta mantener la tradición – afirma rotundo el que parece ser el jefe de la cuadrilla, que se ha sentado en la puerta del ayuntamiento.

Invita a fumar y nos cuenta después.

Aquí a la gente le gusta respetar sus costumbres. Los ayuntamientos han mantenido desde siempre la fiesta. Todo el pueblo baja a la plaza. Y todos los hombres esperan al toro en la puerta. Pues luego...

Este pueblo está cuidado. Los únicos que han estado a punto de acabar con las fiestas han sido los políticos –replica otro, que está levantando un tablón. -Con las contribuciones y los decretos nos están dejando sin nada.

No hacían falta entonces los antitaurinos – le decimos.

No, señor. Para terminar con esto no hacen falta.

Las calles del caserío, en la ladera de un risco, están en cuesta. Las casas tienen muros de adobe y piedra entre un entramado de madera, a la manera tradicional de la sierra. Las puertas, debajo del nivel de la calzada, son de hoja doble. Todas cuentan con un pronunciado alero, de castaño intuyo, que da sombra a la calle y protección frente al hostigo. Los inviernos aquí deben de ser muy largos.

Aquí oscurece mucho antes que abajo, en las Hurdes.

Normal. En estas sierras…

Comemos en una casa vieja sobre los chiqueros del ayuntamiento. Por la áspera cuesta suben los mozos, nos han contado, para abrir los toros el domingo de la fiesta. Con el vino de la zona da más vértigo todavía.

Al café ha venido entre otros Jesús, un viejo menudo y nervioso, que había vivido siempre en el pueblo, hasta que tuvo que marchar a Suiza. Regresó hace unos años. Todas las fiestas se coloca en la fila de los mozos, frente a la puerta de chiqueros.

¿ Y cuando sale el toro qué hacen?

Me mira. Se encoge de hombros, él también. Luego nos cuenta de una vendimia que tiene que subir a las escarpadas y estrechas viñas, en terrazas en lo alto del monte. Suben y bajan la uva en carretillas, desde la cooperativa a la entrada de la carretera. Antes cargábamos los serones en los burros. Todo el día las caballerías arriba y abajo.

¿ Y ahora?

Ahora ya no quedan burros.

En el verano, nos cuenta luego, formaban los serranos las cuadrillas. Bajaban a las fincas del valle, se contrataban para la siega. Llevaban con ellos la herramienta, dormían en los pajares. Al terminar la cosecha volvían con algo de dinero al pueblo. Luego, pronto, empezaba el invierno.

En Miranda del Castañar, a veinte minutos, se celebra una novillada en la plaza de piedra bajo el castillo y allí vamos luego. Las bandas de música atruenan la calle y, cuando callan, comienza a tocar el tamborilero. Los mozos, en el centro del ruedo, llevan vasos en la mano. Esperan a que suenen los clarines para retirarse. Van a lidiar una novillada áspera, antigua. Los utreros al salir ocupan toda la plaza.

Hay una suerte de necesidad, pienso un momento, entre la fiesta, los tambores, el vino de la sierra, la verbena y la sangre, que va a saltar en algún momento u otro de la corrida. Es necesaria, siento luego.

 Pero no sé explicarlo más.

En otro momento surge el toro, berrendo y astifino, de debajo de los corrales de la muralla. Los que decidieron llamar “Valderrubio” al célebre lugar de Asquerosa, en la Vega de Granada, aquí están muy lejos, también.