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lunes, 15 de septiembre de 2014

Apocalípticos e integrados


Brazos cruzados

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Se lo cuenta Darío Silva (“un bailador de samba entrometido en una liga de tango”) al colombiano Alberto Salcedo Ramos.
    
Darío Silva es hoy, como Blas de Lezo, un Patapalo (por un accidente de camioneta), mas no por ello ha dejado de ser el tipo “festivo, saltarín, desabrochado” que, cumplidos los treinta años, llegó al Sevilla, donde coincidió con Sergio Ramos, que tenía diecisiete y se le arrimaba, aunque Darío Silva lo ahuyentaba.

    –Pero es que tú me caes bien –decía Ramos.
    
Bueno, hagamos algo –propuso Silva–: al andar conmigo vas a ver que yo digo cosas lindas, como que hay que portarse bien, y también hago cosas malas, como salir de farra la noche antes del partido. Bueno, fijáte en lo que yo digo, no en lo que yo hago.
    
Sergio Ramos, por cuya cabeza el Madrid salvó la Décima en Lisboa, es hoy el cerebro del equipo en el campo, con la ayuda mediática de Casillas, y Pepe para los recados.
    
Pepe, Casillas y Ramos. Ganaron la guerra al mourinhismo, que ahora anda por Londres haciendo de Diego Costa un Romario, y por ellos, con ellos y en ellos nace y muere el fútbol blanco, donde Kroos es un tiralíneas sin pizarra; Modric, un paje sin amo; James (¡mi James!), un cisne en un pantano; Bale, un Pegaso atado al arado; Benzemá, un rabel sin músico que le frote; Cristiano, un David condenado a marmolillo peatonal; y Matic, un medio centro formidable por el que resbalan los rivales como la lluvia por un edificio, pero que juega en el Chelsea.

    El sábado, tras los partidos de Londres y Madrid, uno tendía a dar vueltas con lo que sería de este Madrid con Courtois donde Casillas, Matic en el hueco de Alonso, Cristiano de delantero centro y Bale (sin diadema, para que no me recuerde a la chica –Claudine Longet– que se enamora de Peter Sellers en “El guateque”) en el carril de Cristiano.

  Apocalípticos e integrados estamos.

    En el 65, cuando el Madrid ya llevaba cinco Copas de Europa, Umberto Eco se sentó a estudiar el problema de la cultura popular y los medios de comunicación y vio que sólo había dos formas de verlo: la apocalíptica (pesimista) y la integrada (optimista). Como ahora en el Bernabéu, donde la mitad pita y la otra mitad aplaude.

El caso es que contra el Atlético se ha perdido hasta en la propaganda, con Simeone introduciendo serpientes en el jardín blanco: la primera, Di María, y la segunda, Casillas, mientras que a Carletto, por decir que el fútbol no es juego de señoritas, le han pegado hasta las señoritas de Izquierda Unida, que son todavía más cursis que Valdano.

    –Ahora el que más me gusta del Madrid es Casillas –dijo Simeone, y el periodismo deportivo, que es como el campanario de Manganeses de la Polvorosa en día de lanzamiento de cabra, le compró la gracia.

    Simeone es la resaca de Mourinho y Valdano es la resaca de la doctora Melfi que ameniza para los piperos el congreso mundial de psiquiatría con una proposición indecente:
    
Inteligencia (yo, Valdano) y ego (él, Mourinho) son enemigos. Y cuando chocan, gana el ego.
    
Dicen los gitanos que cuando uno dice yo soy es porque no hay nadie que le diga tú eres, y ahí tenemos a Valdano (sin Ego, que siempre fue Cappa), descendiendo por debajo de sí mismo para estar encima de Mourinho.

    Dios nos asista.

 Claudine Longet

PITOS Y FLAUTAS
    Lo malo de ganar la Décima en un golpe de fortuna es que ahora en el campo todo parece fiado, en vez de al trabajo, a la superstición. De portero, entre el peor y el mejor del último Mundial, juega el peor… “por la suerte que nos trae”. En el número del córner (el córner es a Casillas lo que el arpa a Harpo Marx), medio Bernabéu (el público) pita, y el otro medio (el periodismo), toca la flauta, baja el sonido, señala a Londres (Mourinho) y a Milán (Diego López) o tira de trigonometría para demostrar que los balones colgados sobre el área pequeña no figuran en el convenio colectivo del portero.

Harpo Marx