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domingo, 28 de septiembre de 2014

Los pablorromeros de Corella y por partes, como manda Jack el Destripador

 A los toros

José Ramón Márquez

Como es natural había que poner tierra de por medio con la mamarrachada ésa de The Maestros, que ahí sólo faltaba el Fool on the Hill de Galapagar,  y qué cosa mejor que irse en pos del toro, que lo quieran o no The Maestros y los que les hacen los sahumerios, es lo que da sentido a un espectáculo que, por el momento, se sigue llamando “Los Toros”.

Después de la interesantísima corrida de Partido de Resina (antes Pablo Romero) que se dio en Madrid el pasado domingo, irse a Corella a ver otra entrega de la misma vacada era una tentación de lo más interesante. Y la verdad es que la cosa no defraudó. Corella tiene una coqueta Plaza clasificada como de tercera categoría, que hace unas cuatro mil localidades, sin contar las que aportan las fincas colindantes, y que tiene todo el sabor y el encanto de las Plazas antiguas, o sea lo contrario de la espantosa arquitectura del Palacio Vista Alegre en particular y de las espantosas Plazas con techo en general.

Toros de Pablo Romero en Corella. Toros en puntas, bien armados y bien criados, de presentación muy por encima de lo que se suele esperar en cosos de tercera, de variados comportamientos y tamaño entre los que ha brillado con luz propia la bravura del quinto, número 32, toro de una extraordinaria bravura con una embestida vibrante, irreductible, un toro para un torero. Pero vayamos por partes, como decía Jack el Destripador.

El primero es un toro terciado de tamaño, muy serio, algo remiso en varas, aunque una vez arrancado se encela con el caballo empujando con fuerza y fijeza y cobrando bastante de parte del hombre tocado con el castoreño. Pronto en banderillas, llega al tercio de muerte desafiante y enterándose. Su matador, Rafaelillo, se da cuenta de que el bicho es exigente y que demanda que el torero pise el terreno adecuado para responderle. Rafaelillo plantea con este toro la faena más seria de la tarde, buscando la rectitud, mandando sobre la embestida del toro y aguantando las miradas del de negro. Construye Rafaelillo su faena con ciertos altibajos y cuando se echa la muleta a la izquierda, rompe al toro en un espléndido natural largo, templado y mandón que habrá hecho las delicias de los que se hayan enterado, que me temo que no habrán sido muchos.

El segundo es un tío. Derrota con sequedad en el burladero una, dos, tres veces sacando astillas. En varas demuestra su condición blanda en la única que recibe, cayendo al piso de esa manera que caían los de esta ganadería hace años. Su matador es Sánchez Vara. Constantemente estorbado por la cháchara de su apoderado y de sus peones, nunca sabremos si el planteamiento de su faena es cosa suya o del sanedrín de consultores que no cesan de darle la murga. El torero da tiempo al toro para que se reponga y comienza a torearle a media altura; el toro empieza a regalar unas embestidas suaves y humilladas, tipo toro artista, sin molestar al torero, sin una mirada de aviso, sin un cabezazo o derrote: pura embestida para hacer el toreo de carretón. El torero, sin embargo, no acaba de fiarse y está todo el rato por afuera, carrerita va, carrerita viene, para ponerse otra vez por fuera, toreando al toro bien por fuera para no desentonar y así se le van las bondadosas embestidas del número 28 sin que le sirvan de gran cosa a su matador. Lo de matador es por decir algo.

El tercero, un cárdeno herrado con el número 21, le corresponde a Alberto Álvarez que pide el cambio con el primer puyazo y lo vuelve a pedir con dos pares de banderillas. En este toro Álvarez ha manejado todos los resortes de espectáculo que tiene la tauromaquia, desde el pase cambiado al principio de la faena hasta el invertido circular y las ya imprescindibles manoletinas, llevándose al público de calle. El toro no ha cesado de embestir y, en ocasiones, ha puesto la emoción que acaso le faltaba al matador. Toro hondo y bien hecho, de gran seriedad que perfectamente podría haber salido en cualquier Plaza de primera categoría.

El cuarto, número 11, fue un toro agresivo, también de gran exigencia. Da la impresión de que Rafaelillo decidió que ya había hecho el esfuerzo en su primero y que en este segundo no estaba mucho por la labor. El toro tenía bastante que torear y la misión del matador habría sido someter y doblegar las condiciones del de Partido de Resina, que al darse cuenta de que el matador no tomaba las medidas que el bicho demandaba, se fue viniendo arriba y haciéndose el amo del cotarro, con unos derrotes de gran fiereza buscando directamente el pecho del matador, y menos mal que Rafaelillo es torero placeado, que no se aflige por eso.

El quinto es el toro de la tarde, y acaso de muchas tardes. Desde que pisó la arena y se fue al burladero a derrotar, que casi lo arranca de cuajo, se fue enseñoreando del ruedo, haciendo lo que le daba la gana  y poniendo en aprietos a los peones, especialmente cuando querían prepararlo para un salto de la garrocha de Raúl Ramírez rematado con un par de banderillas del matador, cosa de gran lucimiento por cierto. Después, en la muleta, demostró la entereza de su vibrante embestida, de su brava violencia de toro macho que demandaba a gritos frente a él a un torero de muchas tardes y de muchos recursos. Como la gente andaba en otros asuntos se les olvidó pedirle la vuelta al ruedo y el animal se fue al desolladero arropado por  los aplausos de veintitrés aficionados que andaban desperdigados por aquí y por allá.

El sexto negro y gordo como un morante, número 30, se desplomó lo mismo que las torres gemelas y el usía le sacó el moquero verde. Le sustituyó otro de Partido de Resina, negro, número 53, muy terciado, algo anovillado, que tuvo una espectacular salida hacia el capote de Alberto Álvarez, quien se fue a la vera de las peñas a darle muchos pases y ninguno bueno en una faena bullidora y de poca enjundia, y pasó las de Caín hasta que consiguió tumbarle después de un buen puñado de intentonas.

Fiesta del toro en un pueblo, en una Plaza de pueblo, mientras a cientos de kilómetros de allí manaba el arte de un mofletudo lidiador, bullía el poder de un pequeñín y uno de Sabadell dejaba su impronta ante unos perros amaestrados y falderos. Para gustos, los colores.

El cartel

El águila y la liebre

La calle

El boleto

Los que no pagan

Corella, Navarra, España

Todos con The Maestros

La chupa de piel cunicular

La autoridad

La terna

El primero

El segundo

Pitones

Asesores

El tercero

Vuelos

 Sol y sombra

 Luz y sombra

 El cuarto

San Miguel

Pitón

El quinto

La garrocha y las banderillas

El sexto