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martes, 30 de septiembre de 2014

De la ley a su ley



Hughes
Abc
 
No era de esperar que Ana Pastor consiguiera lo que Amanpour en su entrevista a Mas en la CNN. Y no tanto por la periodista como por el propio Mas, que como todo nacionalista cuando brilla es hablándole a Madrid. El domingo dejó una sensación de pesadilla lógica, Groucho Marx vacilando a la señora Dumont:

¿Pero cómo no va a ser legal si tengo una ley?
 
Piensa que por haber aprobado una Ley es legal. Y que por salir gente a votar ya es democrático (cuánta democracia y qué poquito Estado de Derecho). Las palabras no significan nada y llamó lo mismo («consulta») a un referéndum que a un trámite de alegaciones. Lo intentaba Pastor, pero es más fácil entenderse con Ahmadineyad que con Mas cuando enciende la máquina del «perezroyismo». Yo hasta me acordé de Hegel cuando empezaron a crujirme las meninges. Lo de Mas, a la luz del filósoso, parece a la vez fraude («la apariencia del derecho como tal está querida contra el derecho en sí»), delito («la voluntad particular entra en colisión con el derecho en sí y niega su reconocimiento») y hasta venganza («se coloca una ley formal que no está reconocida más que por él»).

Unamuno contaba que España era el país con más publicaciones dedicadas a la cuadratura del círculo. La moderna cuadratura del círculo es el encaje catalán y lo del Parlament (hereu del hereu Pujol) se parece al Ateneo votando la existencia de Dios. Santayana decía que por católico, el español nacía con la claridad encima y no tenía que buscarla. Eso sería antes, ahora todo es un galimatías; y no es que esté en crisis la Nación, que por supuesto, es que ya peligra el entendimiento. Como una crisis del positivismo, un vacío de los conceptos por abuso de escolástica jurídica.

Impotente, Pastor al menos inventó el pecado laico («Sólo creo en el pecado si es laico»), que debe de ser aburridísimo. Antes hubo un incomprensible preámbulo en el que Sardá («Quiero vivir como un portugués»), Otero («Mi patria son las personas que quiero») y la propia Pastor («Yo al que quiero es a mi hijo») nos contaron su idea de patria, como si le importara a alguien. El pirata de Espronceda, el de la patria en la mar, lo tenía más claro. ¡Y qué moderno era!